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 Viernes 13.01.2012, 14:41 hs l Montevideo, Uruguay
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Cultural


Ascenso y caída de Al-Qaeda

Una idea fija

Hugo Fontana

JOHN O`NEILL, jefe de la sección antiterrorismo del FBI luego del primer atentado al World Trade Center, también tenía un harén. Era un individuo especial, con gustos y hábitos más caros de los que su sueldo podía pagar -tomaba Chivas Regal, fumaba habanos, vestía trajes de marca, calzaba mocasines italianos- era arrogante y despectivo, generalmente maltrataba a sus subalternos y sus compañeros lo conocían por los apodos de "Apestoso", "Satán" o "Príncipe de las Tinieblas". Además de estar separado de su única esposa que vivía en New Jersey con los dos hijos de ambos, mantenía relaciones con tres hermosas mujeres, Mary Lynn Stevens, Anna DiBattista y Valerie James. Con ellas convivía y pasaba sus vacaciones alternadamente; a las tres les había prometido casamiento y regalado anillos de compromiso, y solía dejarse ver en sus compañías en actos y diversos salones.

Además de sus superiores inmediatos, reportaba directamente con Dick Clarke, coordinador de antiterrorismo en el Consejo de Seguridad Nacional durante la administración Clinton, pero también mantenía enconadas disputas con algunos agentes y departamentos de la CIA que no hacían llegar sus informes acerca de los movimientos terroristas investigados dentro y fuera del país. En 1997 fue nombrado agente especial a cargo de la División de Seguridad Nacional en la oficina de Nueva York. Desde ese entonces alertó acerca de la figura de Bin Laden y de su grupo.

Tras una intrincada trayectoria que lo llevó a buena parte de los países árabes, y tras adversidades administrativas que le negaron un ascenso, se jubiló del FBI el 22 de agosto de 2001 y al otro día comenzó a trabajar como jefe de seguridad de las Torres Gemelas. El atentado del 11 de setiembre lo encontró en el piso 34 de la primera torre atacada. Logró bajar, comunicarse por teléfono con varias personas, entre ellas Anna DiBattista y Valerie James, y volvió al interior del edificio intentando ofrecer ayuda.

Sus restos fueron encontrados diez días más tarde, entre escombros, a varias cuadras del lugar. Su sepelio se realizó en Atlantic City, ciudad de la que era oriundo. Entonces, su esposa y sus otras tres amantes se vieron las caras por primera vez.

PROFUNDA INVESTIGACIÓN. Descubrir que un ciudadano ejemplar como O`Neill tenía su propio harén, al igual que muchos de los terroristas musulmanes a quienes perseguía, es una de las tantas sorpresas que ofrece Lawrence Wright (Nueva Orleans, 1947), autor de La torre elevada, una de las investigaciones más minuciosas y exhaustivas de la génesis y desarrollo de Al-Qaeda y de algunos de sus principales ideólogos. Se ha desempeñado desde principios de los 90 como periodista de The New Yorker. También fue guionista de la película Contra el enemigo (1998, Bruce Willis, Denzel Washington), y ha publicado varios libros de ensayo y la novela God`s Favorite, aún sin traducción al castellano. En los 80, durante un par de años fue docente en la Universidad Norteamericana de El Cairo.

Entre 2001 y 2004 entrevistó a más de quinientas personas vinculadas con los hechos que desembocaron en el 11- S, la gran mayoría de ellas de origen árabe. Las notas y fuentes para la redacción de su libro ocupan cerca de setenta páginas, y su escritura no solo parece abarcar cada uno de los detalles en derredor del atentado, sino que nos coloca frente a un narrador con verdaderos dotes de novelista. El trabajo mereció en 2007 el premio Pulitzer y la consideración de mejor título del año según la opinión de los más reputados medios de prensa estadounidenses. A esta edición ha agregado un epílogo en el que da cuenta de la muerte, el 2 de mayo de 2011 en un escondido lugar de Pakistán, de Osama Bin Laden, el hombre más buscado del mundo.

La torre elevada se abre con la biografía del egipcio Yassid Qutb (1906-1966), quien hizo a mediados del siglo pasado una de las lecturas más radicales del Corán, para luego relatar aventuras y desventuras de Osama desde su instalación en el Afganistán ocupado por tropas soviéticas, las peripecias que lo llevaron de un lado a otro hasta sufrir la censura absoluta de la monarquía saudí, sus años de estancia en Sudán y sus inversiones en ese famélico país del que debió huir perdiendo buena parte de su fortuna, la relación que estableció con el régimen talibán una vez que sus dirigentes llegaron al poder, y la declaración de guerra total contra Estados Unidos tras el conflicto con Irak de 1991 -invasión de Kuwait-, todo lo que le llevaría a planear los atentados contra las embajadas yanquis en Nairobi (Kenia) y Dar es Salaam (Tanzania), contra el buque destructor USS Cole en aguas yemeníes y finalmente contra las Torres Gemelas.

En ningún momento Wright pierde de vista otros detalles menos explorados, más personales o íntimos y no por ello menos valiosos a la hora de comprender la psicología de un individuo que tuvo al mundo en vilo. Así lo hace también con Ayman al-Zawahiri, el médico egipcio que se supone hoy al frente de los restos de Al-Qaeda, dilucidando los mecanismos de conducta que lo acercaron a Osama tras largas negociaciones y permanentes dudas.

Capítulo aparte merece la investigación acerca de los desaciertos en el lado estadounidense: los constantes desencuentros entre los organismos de defensa -léase FBI, CIA, Consejo de Seguridad Nacional, etc.-, la absurda compartimentación de datos que uno y otro organismo fomentaban en sus investigaciones, y que provocaron, entre otras tantas cosas, que la CIA no transmitiera a sus agencias pares información sobre la presencia de algunos integrantes de Al-Qaeda en Los Ángeles desde principios de 2000.

al LADO DEL CAMINO. Cuando Qutb llegó a fines de 1948 a Estados Unidos para estudiar en el Wilson Teachers College de Washington, no era más que un profesor de poco brillo que había publicado un libro de poesía y dos novelas autobiográficas: Un niño de pueblo (1946) y Espinas (1947). El choque cultural le resultó feroz: encontró una sociedad que seguía celebrando el fin de la Segunda Guerra rodeada de una súbita prosperidad, y que revelaba esquemas de conducta nunca permitidos para un hombre que provenía de una educación enclaustrada y atávica. Su llegada coincidió además con la publicación de Conducta sexual del hombre, la emblemática investigación de Alfred Kinsey, que Qutb leyó con profunda aversión.

Dos años permaneció en uno y otro lugar, suficientes como para alimentar una férrea hostilidad hacia los valores de una sociedad y de un país que, por si fuera poco, había apoyado la creación del Estado de Israel poco tiempo antes. Y fue allí donde escribió y publicó uno de sus principales trabajos, Justicia social en el Islam. En 1952, ya de regreso en Egipto, empezó a redactar A la sombra del Corán, el que, junto a Hitos del camino, sería uno de sus títulos más radicales e influyentes. En su país fue testigo de los primeros días del gobierno nacionalista y laico de Gamal Abdel Nasser, frente al que se posicionaría como uno de sus principales críticos y ferviente partidario de su derrocamiento. Pero Nasser, tras haberlo enviado a prisión varias veces y por largos años, finalmente lo condenó a la horca. Fue ejecutado poco después de la oración del alba del 29 de agosto de 1966, pero tras de sí había dejado sentadas las bases de una interpretación del Islam en la que sobresalían las ideas de la yihad (guerra santa u "obligación ineludible de combatir a los no musulmanes"), el estado de yahiliyya (estado de ignorancia de las sociedades preislámicas similar a la idolatría), la construcción de la umma (sociedad islámica ideal), y el recurso del takfir (en un inicio expulsión de la comunidad árabe, que se radicalizaría luego hasta justificar el asesinato de otros hombres siempre que fueran considerados traidores de la fe, sin importar su origen religioso).

Qutb se había unido a principios de los 50 a una agrupación conocida como los Hermanos Musulmanes, fundada en 1928, y que cobijaría más tarde y durante varios años a una de sus figuras más tenebrosas, Ayman al-Zawahiri. El pensamiento de Qutb sirvió de guía y reafirmó el fundamentalismo de aquella organización: en 1981 uno de los miembros de otro grupo de similares características, al-Yihad, asesinaría al sucesor de Nasser, Anwar El-Sadat.

EL MEJOR INTÉRPRETE. Muhammad Bin Laden nació en Yemen en 1908. En su juventud emigró a Etiopía y más tarde a Arabia Saudí, donde, a principios de la década del 30 un geólogo estadounidense descubriera, mientras buscaba agua y oro por encargo del rey Faisal, cantidades incalculables de petróleo. Muhammad empezó su carrera de constructor trabajando de albañil, hasta convertirse en uno de los empresarios más ricos del reino, empujado por una explosiva bonanza económica y por las carencias de infraestructura vial y edilicia. Protegido por el rey, participó en las más importantes obras públicas y fundó una empresa, la Muhammad bin Laden Company, que manejaría millones de dólares, emplearía a cientos de hombres y terminaría diversificándose e interviniendo en los más diversos negocios, desde la fabricación de hormigón hasta las telecomunicaciones. Ya constituido como el Saudi Binladin Group, emprendió la más fastuosa de sus misiones: la remodelación de la Gran Mezquita de La Meca.

Poco antes de morir en 1967 en un accidente de aviación, se calculaba que Muhammad había engendrado cincuenta y cuatro hijos con veintidós mujeres, un verdadero récord si se tiene en cuenta que el Islam no permite tener más de cuatro esposas a un tiempo. Su decimoséptimo vástago, único hijo de su relación con Alia Ghanem, una muchacha de apenas catorce años, nacería en 1957 y sería bautizado con el nombre de Osama, el "León", en honor a uno de los compañeros de Alá. Muhammad tenía por costumbre divorciarse de las esposas con las que había tenido hijos y hacerlas casar con altos ejecutivos de su empresa; Alia terminó en manos de Muhammad al-Attas, supuesto descendiente del Profeta, cuando Osama tenía cinco años. El matrimonio perduró, y engendró otros tres hijos.

El pequeño Osama pasó buena parte de su infancia viendo las viejas seriales Bonanza y Furia, hasta que a los catorce años, influenciado por un profesor perteneciente a los Hermanos Musulmanes, comenzó a acercarse a la religión. Él mismo, tiempo después, se uniría al grupo y daría inicio a sus fervientes lecturas de los libros de Qutb. A los diecisiete se casó por primera vez -lo haría cuatro veces más, siendo padre de once hijos- y comenzó sus estudios universitarios a la vez que solicitaba una y otra vez ser incorporado por sus hermanastros mayores a la empresa de su padre. Cuando finalmente le dieron un puesto, abandonó los estudios y, al igual que su progenitor, empezó a amasar una fortuna. Era un joven austero y disciplinado, que cada tanto viajaba a Turquía para practicar alpinismo y a Kenia para practicar la caza mayor, y que mantenía un establo con más de veinte caballos de raza.

EL NUMERO DOS. La infancia de Ayman al-Zawahiri transcurrió en un tranquilo barrio de clase media a las afueras de El Cairo, en el seno de una familia formada por un importante número de profesionales universitarios -médicos, químicos, farmacéuticos-. En un cine al aire libre de la capital egipcia solía ver los dibujos animados de Walt Disney, aunque pronto se convertiría en un joven sumamente estudioso, y desde muy temprano se acercó a la práctica religiosa. Uno de sus tíos, Mahfuz, fue el abogado de Qutb y heredero de todos sus bienes, escasos pero entre los que figuraba un ejemplar del Corán anotado de su puño y letra.

Licenciado en la Facultad de Medicina en 1974, se incorporó durante tres años al ejército como cirujano, para luego abrir una clínica privada. Desde el inicio de su carrera demostró ser un médico brillante. En 1978 se casó y dos años más tarde su atención se dirigió hacia la invasión soviética a Afganistán, país al que viajó varias veces en los años siguientes. Allí tomó contacto con los muyahidines (guerreros santos), y pronto se hizo un ferviente propagador de la yihad, al punto de convertirse en uno de los fundadores de la organización al-Yihad. Tras el atentado que cobró la vida de Sadat, Ayman fue uno de los primeros prisioneros del recién ascendido Hosni Mubarak.

Antes de ser liberado en 1984 y dar comienzo a un periplo que lo llevaría a Sudán cuando Bin Laden se instaló allí en la década de los 90, y más tarde al Afganistán de los talibanes, Ayman conoció a otro de los personajes más siniestros de aquel momento, el jeque Omar Abdul Rahman, ciego desde niño a consecuencia de la diabetes, quien sería el cerebro del atentado con bomba cometido en 1993 contra el World Trade Center. Con el paso del tiempo al-Zawahiri desarrolló una serie de aportes teóricos en el camino de las interpretaciones más violentas del Islam, que contribuirán de modo fundamental a su asociación con Bin Laden y a la formación definitiva y fortalecimiento de Al-Qaeda, proceso que tuvo sus marchas y contramarchas, sus diferencias teóricas y estratégicas, asentadas básicamente sobre las personalidades absolutistas de los dos socios.

PELIGROSO ABANICO. La torre elevada es un libro formidable, más allá de que el lector encontrará algunas consideraciones que Wright propone como certezas legales pero que sin embargo abren un peligroso abanico. A modo de ejemplo, da como totalmente racional que se instituyera una "política de renditions mediante un decreto ejecutivo que ampliaba la jurisdicción del FBI fuera de las fronteras de Estados Unidos, convirtiéndolo en una agencia de policía internacional", y que esas renditions no fueran otra cosa que el "secuestro legal de sospechosos en territorio extranjero".

En la última arenga que Bin Laden envió a los secuestradores que se preparaban para volar contra sus objetivos, citó un pasaje de la cuarta azora del Corán. La misma dice: "Dondequiera que se hallen, la muerte los alcanzará/ aunque estén en torres elevadas". Ese es el título del libro, y el origen del más descabellado operativo de nuestros tiempos.

LA TORRE ELEVADA. Al-Qaeda y los orígenes del 11S, de Lawrence Wright. Debate, 2011. Buenos Aires, 591 págs. Distribuye Random House Mondadori.

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