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Fe
en su propia capacidad
Mamoru Kawaguchi, (desde Tokio)
EN 1988 LA revista
de ingeniería Obra Pública, de Barcelona, publicó
una edición especial, El Diseño en Ingeniería
Civil, que presentaba las innovaciones de famosos ingenieros sobre
estructuras en diversos países del mundo. Esa edición
especial no era sólo una colección de obras; estaba
planificada con competencia, escrita en castellano y en inglés,
y allí cada uno de esos ingenieros explicaba personalmente
sus filosofias del diseño y daba su descripción de
cada proyecto. La muestra incluía mis obras y las de Eladio
Dieste, del Uruguay. Por una coincidencia, las páginas de
Dieste comenzaban inmediatamente después de mi artículo
y así, cuando recibí la edición especial, las
fotos de su obra atraparon mi mirada. En ese momento quedé
encantado con las superficies curvas, como de elegante danza, en
las bóvedas de ladrillo, aparentemente ingrávidas.
Recuerdo haber pensado que esa era, sin duda, una estructura de
ladrillo diseñada por un genio.
Mi carrera de
ingeniería estructural tiene ya más de cuarenta años.
Me he vinculado al diseño de numerosos edificios, dentro
y fuera de Japón. Entre ellos están los estadios cerrados
para la Olimpíada de Tokio en 1964, el Palacio de Deportes
Sant Jordi para la Olimpíada de Barcelona en 1992, el estadio
cerrado de Singapur y otros. En el diseño de esas construcciones
he tratado siempre de producir estructuras creativas de calidad.
Y la experiencia de tales tareas me permitió conocer algunos
importantes criterios para estructuras buenas e innovadoras. Esos
criterios son la racionalidad, la estética, la economía
y la originalidad.
Mi razón
para admirar las obras de Eladio Dieste es el alto nivel con el
que cumple los mencionados criterios. Sus obras estructurales pueden
ser caracterizadas como "bóvedas de ladrillo".
Para realizar ese tipo de estructura el diseñador debe poseer
ante todo un alto nivel de conocimiento sobre la estática.
La teoría de las bóvedas en la tecnología estructural
se basa en una racionalidad estática, aportada por la índole
de las superficies curvas, que el hombre puede comprender intuitivamente
por su experiencia diaria con la resistencia considerable de las
conchas marinas, a pesar de su delgadez. Un alto conocimiento matemático
es necesario, sin embargo, para poseer un pleno conocimiento de
la teoría de las bóvedas. Se hace evidente que no
sólo Dieste ha dominado la teoría de las bóvedas
sino que también ha captado la esencia de su estática,
más allá del alcance de las teorías, y ha desarrollado
sus propias formas estructurales, que fueron racionales y estéticamente
excelentes. Utilizó mayormente el ladrillo y la mano de obra
local porque ambas cosas son baratas en su país. No sólo
esto fue esencial para la economía de los edificios sino
también muy eficaz para la expresión de una estética
local. En la moderna ingeniería estructural nadie entiende
al ladrillo como un material estructural confiable, ya que es endeble
y frágil. Sin embargo, es lo bastante fuerte si es comprimido,
y Dieste encontró la forma de convertir al ladrillo en excelente
material de estructura al reforzar su tensión. Es probable
que haya aprendido mucho de sus talentosos antecesores españoles
como Antoni Gaudí, Eduardo Torroja y Félix Candela,
pero todas sus obras fueron obtenidas con la base de su juicio original
y de su natural sentido de la belleza.
Pero quizás
el principal encanto de Dieste, lo importante que debemos aprender
de él, es su total despreocupación sobre si era o
no observado por el mundo o si estaba acorde con su época.
La actitud visible en su obra es la de avanzar en su vida sin hacer
un despliegue excéntrico, teniendo simplemente fe en la capacidad
propia.
De lo matemático
a lo etéreo
Edward Allen,
(desde Boston)
EN TODO EL período
de posguerra Dieste no fue el único en utilizar el ladrillo
en este sentido. Sanchez del Río de Pisón diseñó
y construyó en España novedosas estructuras armadas
con tejuelas. Torroja, también ingeniero estructural como
Sánchez y Dieste, construyó varias iglesias con bóvedas
de ladrillo, así como también torres para tanques
de agua. Sin embargo hay dos aspectos bien definidos que separan
a Dieste del resto. Una es su inigualable utilización de
la mampostería sometida a flexión, como es el caso
de las ménsulas de bóvedas de cañón
corrido, tanques bajo presión hidrostática y placas
plegadas. Lo otro es el poder y la poesía que emana de su
arquitectura. La cabeza de Dieste parecía moverse sin esfuerzo
de lo matemático a lo etéreo, de lo mecánico
a lo filosófico. Concibió todos sus esfuerzos como
un todo perfecto, sin separar nunca lo técnico de lo artístico.
En sus iglesias estructura, forma y espacio son un todo: no hay
elementos agregados en el interior para definir o esculpir espacio.
Alcanza con comparar las iglesias de Durazno o Atlántida
con cualquiera de las iglesias del mucho más famoso Torroja,
para comprender de inmediato que Dieste era un auténtico
genio, como ingeniero y como arquitecto.
(Edward Allen,
miembro del MIT, Massachusetts, es una autoridad mundial en tecnologías
constructivas).
Sobre la felicidad
humana
Remo Pedreschi,
(desde Edimburgo)
LAS PRIMERAS
IMPRESIONES de la obra de Eladio Dieste pueden conducir a error.
Al visitar la Iglesia de Cristo Obrero de Atlántida uno queda
fascinado por su belleza, por la manipulación de la luz,
el espacio, la superficie y la forma. La obra de Dieste, sin embargo,
es mucho más profunda que simplemente la construcción
de espacios bellos. La apariencia de estructuras hasta cierto punto
improbables tales como techos doblados o paredes ondulantes de ladrillo
podrían ser tomadas erróneamente como la producción
de un diseñador obstinado y caprichoso. Un examen más
cercano revela que la verdad es lo opuesto. Los edificios fueron
concebidos y diseñados por un modesto ingeniero que buscaba
lo que describió como "economía cósmica",
estar en acuerdo profundo con el orden del mundo. Dieste creía
que la arquitectura y la tecnología eran inseparables, que
el propósito de la arquitectura era crear espacios humanos,
que la tecnología debía ser usada para permitir el
cumplimiento del potencial de la humanidad, y que los materiales
debían ser usados teniendo en cuenta su esencia y significado
cultural.
Como un joven
que viajaba por Europa del Norte quedó desalentado al ver
las condiciones de vida apretujadas y pobres de las clases obreras
en las ciudades industriales. Sintió que los trabajadores
agrícolas del Uruguay rural, aunque teóricamente menos
acomodados que sus equivalentes del mundo desarrollado, llevaban
vidas mejores. Creía que el desarrollo económico a
cualquier costo, medido por los índices convencionales tales
como el Producto Bruto Interno, no era un fin valioso en sí
mismo si no aumentaba la felicidad humana.
Regresó
a Uruguay con una perspectiva nueva. Muchos países en desarrollo
miran al mundo desarrollado en busca de soluciones a sus problemas;
a menudo la tecnología que es ofrecida ha sido desarrollada
como respuesta a contextos distintos y puede no ser adecuada. Dieste
creía que Uruguay, aunque carecía de vigor económico,
tenía los recursos intelectuales para enfrentar su propio
desarrollo y no siempre debía volverse al mundo desarrollado
para resolver sus problemas.
(REMO PEDRESCHI
es decano de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Edimburgo,
y autor de un libro monográfico sobre Dieste)
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