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CON OLIMPIA TORRES

"Eladio era tímido"


László Erdélyi

LA ARTISTA PLASTICA Olimpia Torres (n. 1910), hija del pintor Joaquín Torres-García, tuvo un vínculo intenso con Eladio Dieste. Su esposo, el escultor Eduardo Yepes (1909-1978), también.

"La Iglesia de Atlántida fue como un hijo también para nosotros, un hijo que fue naciendo poco a poco. Porque si había que llevar ladrillos, el venía a buscarnos a casa a mi esposo y a mí, y nos llevaba a traer ladrillos. Cuando empezaron las ondulaciones en las paredes, él nos llevaba y nos mostraba esos avances. Todo el tiempo. Compartió lo suyo como un verdadero amigo, porque la amistad es algo más fuerte que la relación de hermanos.

Eladio no hablaba mucho, él mostraba. Y se notaba enseguida cuando estaba contento por algo que había hecho. Lo vimos cada vez que nos llevó a ver Atlántida en construcción, hasta que estuvo terminada. Cada ladrillo lo puso él, vigiló todo, casi todo el día estaba allí. Y cómo lo querían los obreros, era emocionante ver la comunicación que tenían. Si algo estaba mal, ¡pum!, al suelo, y a empezar de nuevo. Eladio tenía gran admiración por la construcción de la Edad Media, por cómo se hicieron las catedrales, donde cada uno llevaba su piedra y la ponía allí. El quería hacer eso, ladrillo por ladrillo. El asunto es que, cuando comenzaron las obras, la gente del pueblo decía ‘es un arquitecto loco el que está haciendo esto’, y ahí quedó como ‘el arquitecto loco’. A nadie se le había ocurrido eso, sólo a Gaudí. Fue muy resistido en el pueblo. El promotor fue un señor con plata que quería un galpón para poder escuchar misa sin tener que ir a Atlántida. Bien cerquita de su casa. Le dijo a Dieste ‘hágame un galponcito’. Y mire lo que hizo. Una vez estaba el hombre ahí parado, y me dice ‘dígame la verdad, señora, ¿a usted le gusta?’. Y le contesté que sí, que me gustaba, que creía que era una cosa extraordinaria. ‘Ya verá que con el tiempo todo el mundo se dará cuenta que es algo increíble’.

ORO CON BARNIZ. "Eladio le pidió a Yepes un crucifijo para la Iglesia, pero las monjas no lo quisieron poner al principio. Lo sacaron aparte, a un corredor con un soporte. Yo les dije a las monjitas ‘Uds. están mal, ¿no ven que es una obra de arte, además de ser una obra religiosa?’ Para ellas era horrible. Ahora tengo entendido que eso cambió.

¿Sabe lo que le pasaba a Eladio? Era tímido. Entonces, si él hacía una iglesia, y venían los patrocinadores y le decían ‘póngame este santito acá, y este otro que lo quiere mi mamá allá’, él les hacía caso, en lugar de imponerse y decir ‘Quiero una cosa de Yepes’, que era lo que él quería. ‘Eres muy blando para esas cosas’ le decía yo, ‘¿por qué ese santito horrible en lugar de algo de Yepes?’ Ahí quedaban entonces esos santitos espantosos.

El era muy amigo de Yepes, fue la amistad más grande que tuvo. Eladio lo llevaba a ver sus obras, Yepes a ver sus esculturas. Eran entrañables. ¿Sabe lo que hicieron las monjitas con la escultura de Yepes de Atlántida? Era de oro, dorado a la hoja. Habíamos traído el oro con una amiga desde París, y hoja por hoja dejamos toda la escultura en oro. Y esas mujeres ¡la barnizaron encima! Lo descubrí un día visitando la iglesia con unas amigas españolas. Tenía un brillo falso, propio del barniz. Ahí mismo llamé indignada a la madre superiora, quien me explicó que como brillaba demasiado habían decidido barnizarla. Yo estaba muda, no me salían las palabras. ‘¿Qué le pasa?’ me preguntó la monjita. ‘¡Que ustedes taparon el oro puro que tenía el Cristo!’ Ahí se armó flor de revuelo, se querían morir las monjitas. ‘Ay, lo que es no saber’ dijo una monjita, y yo le contesté: ‘No, lo que es ser burro’. Estaba indignada, me enojé muchísimo. Esteban, el hijo de Eladio, me calmó diciendo ‘no te preocupes, eso se evapora, mientras el oro queda’. Claro, pero van a pasar siglos.

Mi madre (Manolita Piña) le reprochaba a Eladio que no era un artista. Pero yo le decía ‘tú estás equivocada, no sabes lo que es un artista’. ‘¿Cómo que no voy a saber?’ dijo. ‘No, no sabes’ le contesté. Cuando la llevé a ver la Iglesia de Atlántida y paré el auto adelante, me dijo ‘eso no es una fachada’. Le pregunté, ‘¿que le pondrías? ¿unos santitos?’, y contestó ‘no sé’, y quedó muda. Eso sí, los muros ondulados la fascinaron. ‘Me desconciertan’ dijo.

LA IMPRONTA DE GAUDI. "Es que algo montado sobre muros ondulantes desconcierta. Te rompe los esquemas. Gaudí hizo cosas así, y Eladio lo admiraba. Poseía una emoción parecida a la de Gaudí. Mi madre siempre contaba que cuando se comenzó a construir la Sagrada Familia, los catalanes en general y su familia —la familia de mi madre era rica, aristócrata— miraban la obra de Gaudí y decían ‘el arquitecto loco’. No entendían nada de esa emoción, que es la misma de Eladio. Luego, generaciones posteriores más evolucionadas e inteligentes le dieron auge a Gaudí.

Y a pesar de admirar a Gaudí, Eladio a veces lo criticaba. Decía ‘señor Gaudí, Ud. ahí se equivocó’. Yo decía ‘¿pero por qué se equivocó?’ ‘Porque puso una cosa y...’. A Eladio le molestaba sobre todo que Gaudí no hubiera tenido un escultor. ¿Sabe lo que hacía Gaudí? Lo agarraba a usted, le ponía el yeso encima, le sacaba un molde, y después hacía una escultura así, tal cual está usted ahora. Así son todas las esculturas que hay en la Sagrada Familia, hasta la Virgen y el Niño. Yo conocí a uno que fue modelo de Gaudí. Acostumbrado a otros artistas, le dijo al maestro catalán, ‘¿me desnudo?’ Y Gaudí le contestó ‘no, quédese así’, y a continuación pám, pám, pám, le echó el yeso.

A Eladio le encantaban ciertos sitios de España. Buscaba la arquitectura más rudimentaria, sencilla. Esas cosas hechas por la misma gente. El decía que podía conseguir todo en base al ladrillo. Yo le decía ‘¿pero la piedra?’ Y contestaba que no. ‘El ladrillo es hecho por el hombre’. ‘El muro también’ le contestaba, y lo embromaba: ‘Estás mal, Eladio, porque la catedral de Notre Dame está hecha en piedra’. ‘No, no, yo no la habría hecho así’, dijo. El habría construído Notre Dame de ladrillo. Le gustaba mucho el gótico, sobre todo el francés. Chartres le fascinó, y también Notre Dame, aunque decía que la había estropeado el Renacimiento.

Se sentía muy español. Insistía con las cosas chiquitas, el medioevo. Por eso él tiene esa cosa artesanal, de cosa pensada. Para él una iglesia había que hacerla dentro del pueblo. Era un arquitecto que pensaba, que hablaba poco, es cierto, pero cuando estaba en plan de amigo sí hablaba mucho, teorizaba mucho, sobre todo de sus viajes. Tenía una manera muy especial de contarlos. De París no le gustaba casi nada. De Nueva York menos.

LOS DIESTE MACHISTAS. "Un día le dije: ‘me tendrías que admitir como admiradora para escuchar tus charlas’. Era fascinante escucharlo cuando explicaba esos viajes, y yo le insistía, ‘yo tengo que escuchar todo eso, así que no te hagas el vivo, no seas machista conmigo’.

Es que la familia Dieste, el padre de Eladio y varios tíos, eran terriblemente machistas. Se reunían entre ellos, pero las mujeres no iban. Enrique Dieste, que era escritor y poeta, no admitía mujeres en sus reuniones. Un día Eladio lo afirmó delante mío y le dije, ‘partiste la vida en dos, y te quedaste con un solo lado, que no sé si es el bueno o el malo. Pero te quedaste con uno. ¿Y el otro? ¿Lo desechaste?’

Se quedó parado, duro, y dijo ‘¡no, yo nooo!’ ‘Sí’ le dije, ‘porque las mujeres somos la mitad de la vida. Sin mujeres no hay hombres, sin hombres no hay mujeres. ¡Qué caramba! Pero eran así. ¿Y la mujer de él? Doce hijos, y apartada. Para mí era muy difícil. Cuando íbamos casi todos los domingos en verano a su casa de Punta Gorda, para mí la situación era difícil porque su mujer quedaba apartada. Ella cuidaba a los niños, preparaba la merienda. Y yo realmente no sabía si ir, porque ella no hablaba. Era una persona muy interesante. Al final Eladio acabó por hablar con Lisa de sus obras.

Los hijos de Eladio dicen que yo integré a Lisa a los Dieste intelectuales. Lo dicen ellos. Yo los quiero mucho a todos, a Eladio, al tío Enrique, pero eran terriblemente machistas, hijos de gallegos, venidos de Galicia. Y aristócratas. Se creían superiores. Las mujeres no. Entonces, cuando estaban todos juntos en casa de Eladio, yo me metía ahí, y escuchaba. Creo que la única mujer que pudo entrar en el mundo de su arte fui yo".

 
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