VILAMAJÓ,
NIEMEYER, Y SANTO TOMÁS
La
justa medida del alma
Graciela Silvestri, (desde Buenos Aires)
MARIANO ARANA
definió el mundo de la arquitectura uruguaya de entreguerras
como el de una modernidad sin vanguardia, abierta a múltiples
voces, sin raíces ni abolengo. Eso la distinguió
de sus vecinos rioplatenses, y allí se formó Eladio
Dieste.
El nombre
clave para comprender este fenómeno es el del inclasificable
Julio Vilamajó, el único arquitecto uruguayo que
Dieste menciona. Su sólida formación académica
le permitió manejar programas complejos e introducir con
soltura nuevos principios de organización del espacio,
sin perder coherencia ni renunciar al valor tectónico de
los muros. Pero Vilamajó no era un revolucionario; su forma
de pensar adhería al carácter reformista de la sociedad
uruguaya, donde no se imponen modelos hegemónicos ni se
afirman manifiestos excluyentes, característica que continuó
cuando se dejaron de lado los "historicismos" arquitectónicos
y se afirmaron los valores del "movimiento moderno".
Aunque no
parecen existir elementos ostensibles que relacionen la obra de
Vilamajó con la de Dieste, el valor de los muros, la importancia
de la construcción, y la pasión por la belleza permanecen
en el ingeniero que inicia su carrera independiente en la década
del 50. En sus obras destaca, sobre todo, un carácter realista
que puede adscribirse a la tradición uruguaya de lo nuevo.
Entendiendo realismo como voluntad de componer en cada caso, mediante
este arte, libertad con necesidad. Tanto la obra de Vilamajó
como la de Dieste son la prueba de que el realismo no está
reñido con el carácter poético de las mejores
producciones.
Cabe comparar
la obra de Dieste con la de dos excelentes y cercanos maestros:
Oscar Niemeyer y Amancio Williams. El mundo de la arquitectura
latinoamericana en los 50 está definido por las formas
ondulantes de la brazilian way y por las controladas invenciones
del argentino Williams, que parecen ofrecer nuevos caminos sin
alejarse de la severidad de la arquitectura porteña. Pero
Dieste no tolera a Niemeyer e ignora a Williams, aunque la apariencia
de sus productos, y no sólo la cronología, los vincula.
La diferencia no radica sólo en la voluntad sublime y monumental
que caracteriza la obra de sus vecinos, tan ajena a la sensibilidad
uruguaya, sino también en el mismo proceso creativo. Para
Dieste no se trataba de inventar formas originales per se; debían
ser formas diferentes a las que imponía el capitalismo
tardío, aunque realizables en este mundo.
EL ESPACIO
Y EL LADRILLO. El debate internacional en arquitectura lo ocupan,
por entonces, tres temas: la búsqueda de una relación
entre tradición local y lenguaje moderno, el concepto de
espacio, y las nuevas geometrías. En cuanto al primero,
cabe recordar la experiencia inicial de Dieste en la construcción
de las bóvedas "catalanas" de la casa Berlingieri
junto a Bonet, quien habiendo trabajado en el estudio de Le Corbusier,
conocía la búsqueda de inspiración en las
reservas populares por las cuales el suizo intentaba revitalizar
la experiencia de los veinte. Dieste, entonces, partirá
de la bóveda para sus invenciones estructurales, aunque
no existían en la tradición uruguaya. La crítica
de los 80 quiso leer en esta actitud de Dieste una suerte
de recuperación de motivos propios. En realidad sus elecciones
son más libres y afectivas: la bóveda le evocaba
la amada geografía de la patria de sus ancestros. Así
sucede en países de inmigrantes.
La segunda
cuestión es la concepción del espacio como clave
para definir la arquitectura. Jorge F. Liernur ha resumido este
punto tal como se lo interpreta en el campo arquitectónico
rioplatense, donde es fundamental la vivencia del espectador,
a quien la arquitectura debe ser capaz de producir vivencias sorpresivas
y disímiles. Ello se lograba fomentando un creciente desinterés
por el conocimiento referido a la construcción, los detalles
y las texturas; el arquitecto manejaba muros, pisos y cubiertas
como ejercicio geométrico. En este juicio pueden caber
Oscar Niemeyer y Amancio Williams, que comparten las formas de
hacer y pensar la arquitectura de Le Corbusier, en especial el
modelo de arquitecto para quien la idea, presentada en un dibujo
sintético, constituye el germen del que nacen todas las
posibilidades de la obra. En el caso porteño abrirá
un modo de hacer arquitectura que caracterizará a la "Escuela
de Buenos Aires", con originalidades formales sin materia
determinada.
No es el caso
de Dieste. Basta recordar su opción por el ladrillo en
lugar del cemento armado. Al rechazar este material, Dieste se
separa de una de las típicas vías del modernismo,
así como también de la construcción corriente
en el Río de la Plata, erigida o revestida con cemento.
Pero sobre todo se aleja de una manera de pensar el material y
su relación con la forma. El material debía condicionar
el proceso creativo. "La forma de puesta en obra del ladrillo"
escribe Dieste "lleva al protagonismo de las diversas superficies
(...). El espacio, cuya elaboración y construcción
es el fin de la arquitectura, se limita y define con formas, colores,
texturas, y el hecho de que la técnica lleve al predominio
de la superficie tiende a producir espacios más ricos,
más sinfónicos podríamos decir, que los elementales
de los primeros pasos de la arquitectura actual".
El espacio
del que habla Dieste es distinto del espacio que fluye indeterminado,
característico de las modernidades vecinas: se liga con
los valores de lo material, ese que impone los límites
construídos. El ladrillo pasaba a tener, entonces, una
apariencia tectónica que evocaba una suerte de tejido en
sus tramas variadas, rompiendo con la tradición. Pero no
es una operación nostálgica: al sustraer al ladrillo
de su funcionamiento tradicional, invirtiendo la imagen de compresión
que éste transmitía, produce un efecto bien moderno,
una suerte de extrañamiento.
Las iglesias
de Dieste resumen esta concepción técnico-espacial.
La Iglesia de Atlántida evoca a la Iglesia de Ronchamp
(Le Corbusier) en la entrada de la luz a través de pequeños
huecos cerrados con vidrios de colores, aunque el recurso produce
otros efectos sobre las tramas ondulantes de ladrillo. En Durazno
el lucernario se construyó con marcos de ladrillo: si se
hubiera elegido el hormigón, comenta Dieste, la cualidad
de la luz sería muy distinta, "más muerta y
fría". La materia define la luz.
EL PROBLEMA
DE LA PROPORCION. Si bien hay otros paralelismos entre Atlántida
y Ronchamp, para concluir con el tercer aspecto cabe señalar
la insistencia de Dieste en la proporción, algo que se
vincula no sólo con su educación como ingeniero,
sino también con el mundo de las artes plásticas
uruguayas. Se conoce el valor que Joaquín Torres-García
otorgaba a la forma como producto significativo de operaciones
proporcionales. El artista más cercano a Dieste fue el
escultor Eduardo Yepes, yerno de Torres-García, a quien
encargó el Cristo de Atlántida. En él trabajaron
juntos desde los inicios de la obra, analizando el programa simbólico
en relación con el espacio interior de la iglesia. "Sus
convexidades" comenta Yepes, "son una respuesta al techo
ondulado que (la) cubre, y esta consustanciación entre
escultura y arquitectura llega a tal punto que, en la nueva iglesia
planeada por Dieste en Malvín, el Cristo será otro,
en lo formal y en lo simbólico". En las obras de Yepes
se vive la tensión entre la cualidad material de lo lleno
que resguarda la huella de la mano en relación
al vacío o "espacio" que lo horada y lo tensa,
el "espacio de la vida".
Todos, Torres-García,
Dieste y Yepes, aspiraban a lograr la sustancia que la modernización
parecía hurtarles a su obra. No sorprende, en consecuencia,
que Dieste haya podido hilvanar su pensamiento católico
por entonces radicalmente tomista con este mundo de
vanguardias agnósticas. Los tres buscaban, mediante la
forma, la manera moderna de aludir a la belleza. Es en Santo Tomás
donde Dieste afirma su concepción de la belleza, alejada
de cualquier versión de lart pour lart. Concepción
que parte del sentido común, y se despliega en la apariencia
sensible: en ella resplandece la forma que se identifica con el
bien y la belleza. Esta belleza posee tres características:
la integridad o perfección, la proporción justa
o armonía, y la claridad que permite que sea percibida
por la razón. Así, todos los seres humanos estarían
llamados a comprenderla.
LAS COSAS
MODESTAS. Dieste nunca dejó de ser un ingeniero. No abdicó
de la razón, ni temió enfrentarse con el mundo;
éste resultó el alimento de sus formas. La invención
fue su camino, y es de los pocos que no eludió economía
y técnica con el fácil y romántico trámite
de considerarlas devoradoras del corazón. Aunque tampoco
diluyó a la técnica en la repetición mecánica,
ni en las promesas del high tech de entonces. No transitó
las vías del genio que, con un solo golpe de lápiz,
impone la imagen futura, ni del que se retira del mundo para no
contaminarse.
Dieste fue
un realista, aunque realismo no implica pragmatismo ni cinismo:
la belleza, limpia y clara, puede emerger en una simple nave industrial.
Sólo hay que tomar todo parece decir Dieste
con el cuidado que las cosas del mundo, aún las más
modestas, merecen.
(Graciela
Silvestri es arquitecta argentina, docente universitaria en Argentina
y Cambridge, Reino Unido, y autora de varios libros)