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El maestro en Colombia


Silvia Arango, (desde Bogotá)

HACE UNOS días en Medellín, Colombia, visité con un arquitecto amigo, Marco Aurelio Montes, los edificios de apartamentos que él había hecho en los últimos veinte años. Varios de ellos estaban coronados por bóvedas de ladrillo. Cuando le pregunté cómo las hacía, me contestó orgulloso "me enseñó a hacerlas el maestro Dieste". En su caso, no era una metáfora. Él había conocido a Eladio Dieste y habían hablado, apasionados, sobre los procedimientos que los obreros deben seguir para construir bóvedas bien hechas, hermosas y sin goteras.

Uno se imagina que en Colombia, el país del ladrillo, Eladio Dieste no tendría mucho que enseñar. Todo lo contrario. En un país donde la tradición del ladrillo conforma el paisaje fundamental, los arquitectos han desarrollado una sensibilidad aguzada para reconocer cuándo hay una verdadera novedad en el tratamiento de este material; lo pueden apreciar más que ninguno. Por eso los colombianos guardan hacia Eladio Dieste una mezcla de cariño y agradecimiento, una especie de complicidad.

Dieste partía de una lógica constructiva, realista y artesanal, para terminar en formas insospechadas y sorpresivas que llevaban el material a sus límites. Este es un procedimiento ético: sólo cuando se asumen plenamente las circunstancias de una realidad se puede ser auténticamente creativo.

En una especie de cruzada contra la columna, Dieste sabía que el ladrillo se la juega en el muro. ¡Y cómo conocía la magia del muro! Horadadas o sinuosas, sus superficies de ladrillo potencian la luz de los atardeceres, e incitan al tacto. La calmada sensualidad que emana de los muros de esta arquitectura que parece inverosímil procede de la sabiduría constructiva, de la enigmática condición de sostenerse desafiando la fuerza de gravedad.

Coherencia entre el arquitecto y su obra, coherencia entre el ingeniero y su construcción, coherencia entre el maestro y el obrero. No es frecuente encontrar tanta integridad.

En lo personal, recuerdo dos anécdotas con Eladio Dieste. La primera fue en Bogotá, cuando nos dio una de sus magníficas conferencias en la Sociedad de Arquitectos. Una vez calmados los aplausos dijo: "recuerden que yo sólo soy un ingeniero y no les puedo decir nada a ustedes, los arquitectos". Y la respuesta que recibió fue: "no vuelva a decir eso. Usted es un arquitecto. Y de los nuestros".

La segunda fue en Montreal, en un Congreso de la UIA (Unión Internacional de Arquitectos) cuando un grupo de arquitectos latinoamericanos intentaban guardar alguna homogeneidad. A todos nos habían dado 20 minutos en una de las seis o siete sesiones paralelas, alternando con europeos, asiáticos y africanos. Dieste no tuvo ni siquiera los 20 minutos, porque el conferencista anterior se había alargado y, para no entorpecer, mostró sus proyectos en 5 minutos. Los organizadores se sintieron mal y le propusieron dar una conferencia magistral de dos horas, al día siguiente, en un horario adicional. Antes de aceptar, Eladio Dieste le preguntó a Ramón Gutiérrez: "Ramón, me proponen dar una conferencia, ¿esto nos conviene a los latinoamericanos?" Ramón le contestó "¿que si nos conviene? !Claro que nos conviene!"

No creo exagerar, recordando la ovación final, al decir que los cientos de arquitectos de todo el mundo que oyeron a Eladio Dieste en aquella ocasión, consideraron que el Congreso de la UIA había valido la pena por esa conferencia adicional, que nadie esperaba.

 
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