Un neocelandés pasado de kilos y de años y con un corte de pelo criminal reverdeció un género cinematográfico considerado (con justicia) de cuarta, que fue una expresión mayormente europea y sólo llegó a Hollywood a través de las co-producciones: el peplum. Notorio por el papel de un policía corrupto, Russell Crowe pasó de la cabeza rapada al batido de rulitos en Gladiador, el bodrio que le deparó un Oscar y lo convirtió en una estrella. La historia de una venganza anacrónica y la disponibilidad digital de los nuevos efectos especiales, volvieron un negocio rentable lo que antes no hubiera llegado ni siquiera al cine de matinée. Las películas ambientadas en una antigüedad de cartón piedra, mayormente greco-romana, pero también bíblica o protocristiana, pobladas de fisiculturistas y no de actores, constituyeron un fenómeno en esencia europeo —aunque hubo excepciones importantes— que redondeaba la caja chica con producciones de bajo costo y actores inexistentes: Steve Reeves sobre todo, pero también Gordon Scott y algunos otros torsos famosos que paralelamente hicieron de Tarzán, constituían los últimos eslabones, más fotogénicos, de una cadena que había iniciado Bartolomeo Pagano como Maciste a principios del siglo XX.
El género que ahora prestigia Brad Pitt y amenaza continuar en revisiones de Alejandro Magno y otras leyendas del heroísmo, fue una especialidad que no interesó a los norteamericanos hasta los años de Cecil B. De Mille que no hizo precisamente peplum aunque anduvo cerca. Cabiria fue un foco de esplendor en medio de la chatarra y no porque estuviera prestigiada por D’Annunzio en la parte literaria. El ciclo troyano, Los últimos días de Pompeya, la seminal Quo Vadis, fueron filmadas varias veces y el aire epopéyico de algunas influyó en el cine expresionista alemán que lo cambió de sentido y sobre todo de estética. Luego el fenómeno enmudeció hasta los años cincuenta, cuando Reeves y colegas arribaron para darle un sentido a los escenarios vacíos de Cinecittá. ¿Qué hubiera sido de Pitt si Alec Baldwin hubiera aceptado el rol de taxi-boy canalla en Thelma y Louise? Ahora es el parámetro masculino de moda: rubio, fornido, carilindo y con acné. ¿Se acuerdan cuando las mujeres, siempre oscilantes, se morían por Kevin Costner? Ahora es Pitt. Su antecesor fue de alguna manera Jacques Sernas, más refinado, más débil y demasiado francés para el gusto yanqui. Estuvo en Rómulo y Remo, en La destrucción de Corinto y sobre todo en Helena de Troya, que era Rossana Podestá con una abominable peluca rubia y un protagonismo impensable ahora que las actrices son productos de segunda categoría (y Rossana era de penúltima).
Detrás de los capitales viajeros marcharon muchas estrellas a Europa y el norte de Africa. En algunos casos existió como una predestinación. Hedy Lamarr que también hizo de Helena de Troya, fue la Dalila de Víctor Mature, el peplum por antonomasia: grande, pesado, con un cuello plagado de músculos y unos ojos bóvidos, Kirk Douglas fue otro reiterativo. Estuvo en Ulises (acordonado) y para proporcionarle un deportivo mayor de lo que pedían las circunstancias fue el Espartaco de Stanley Kubrick, un peplum de lujo. Desde Richard Burton a Gregory Peck, desde Rita Hayworth a María Félix, medio cine naufragó en las aguas cenagosas del género mitológico. La mayoría terminó en fracasos. Pero también cosecharon éxitos. Cuando los repartos estaban bien equilibrados y las historias eran movidas, o tenían detrás un novelista con olfato como Mika Waltari en Sinuhé el egipcio con el reiterativo Purdom, se lograban espectáculos que motivaban al público. El manto sagrado inauguró el Cinemascope. La designación de Wyler, la elección de Heston y el chiche técnico de la carrera de aurigas, prestigiaron a Ben Hur. Peter Ustinov estuvo excedido pero notable en Quo Vadis, siempre en reenganche. Ahora se cambió el cartón por la computadora, pero el peplum sigue sigue siendo el peplum.