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Las ocho horas se presenta en julio y agosto en el Registro Civil. Las localidades se reservan al 098 387 126.
Mariángel Solomita
Fotos: Camilo Núñez
La noche en que se estrenó Las ocho horas sus autores y directores, Juan Ignacio Fernández Hoppe y Carlos Schulkin, deambularon por el primer piso del Registro Civil con el rostro entre sus manos. Encabullidos entre las cuarenta sillas de sala de espera que conforman la platea, espiaron nerviosos la primera función de su primera obra de teatro. Entre las rarezas que rodearon la realización de esta pieza, ocurrió una nueva, esta vez con el público. Durante los 70 minutos en que transcurrió el espectáculo, la realidad deshizo cualquier reacción imaginada con anticipación por sus creadores.
El inicio de este proyecto puede remontarse a las ganas de dos amigos de la infancia de escribir juntos, a la lectura de una novela corta, a cómo Enron fundió a los Estados Unidos y a un viaje por el Reino Unido.
En ese viaje Carlos Schulkin visitó un cementerio galés y se topó con la tumba de un viajante que murió "en la gloriosa Montevideo". Allí también conoció a Simon Evans, un ex-concuñado que se transformó en un personaje ficticio, medio loco, fraudulento e inspirador parcial de esta obra de teatro. Vio un documental (Los chicos más listos del mundo) que explica cómo una empresa norteamericana fundió al país creando empresas artificiales que burlaron al Estado. Y leyó Bartleby, el escribiente, en la que Herman Melville imaginó cómo un silencioso hombrecito desencadena el caos en una oficina burocrática negándose a trabajar.
En manos de Schulkin y Fernández este material desconectado fue tomando la forma de una tragicomedia de estado. La rutina laboral más aburrida, la del prototipo de empleo público, inspiró un ejercicio de ciencia ficción. En Las ocho horas hay muchas historias inventadas, la que ve el espectador y las que están detrás, en su construcción, como contexto para que la narración convenza.
Historias fantásticas. Que las sillas sean exactamente las mismas que se usan para ambientar las salas de espera fue una condición esencial. "Queríamos crear un teatro dentro del Estado, que fueras a hacer un trámite y te encontraras con una obra de teatro. En un momento entramos muy en la lógica de que todo fuera una ficción del hacer del Estado. Eso va en la consciencia de entenderlo como una ficción, pero sabíamos que no íbamos a superar la realidad, cualquier oficina del Estado es una locura total, por eso era imprescindible hacer la obra en una oficina pública", explica Fernández.
En la oficina que crearon trabajan Camila, Líber, Fleitas, Ignacio y El Jefe. Es el "Centro de observaciones detalladas de la conducta humana". Según informa el programa, fue una iniciativa del sociólogo inglés Simon Evans, que funcionó durante 8 años en nuestro país y en la que sus empleados aplicaban la "Ciencia Observaticia", que consistía en observar, copiar y cotejar sus reflexiones. Esta materia, según Evans, nos llevaría a ser una ciudad moderna, pero a pesar de ser propuesta como una idea del Primer Mundo terminó siendo un fracaso. La obra transcurre en el último día de vida de esta oficina.
La escenografía está completamente construida en cartón corrugado. "Este es un ejemplo de cuando un rubro técnico termina aportando a la dramaturgia", explican sus autores. Es que esta idea sirvió para engrosar la lista de ambiciosas iniciativas firmadas por Evans, como transformar el mobiliario de las oficias públicas en piezas de cartón, aunque la importación se interrumpió y se perdieron los manuales de armado. También le adjudicaron la creación de un puente submarino que conecte a Montevideo con Buenos Aires, y la construcción de un Centro de Niños Índigos en Las Piedras. Ninguna logró concretarse. Evans terminó preso en Argentina y el Estado uruguayo para no explicar complicados favores políticos, decidió ignorar toda relación con él.
El ejercicio de inventar la biografía y el curriculum vitae de este personaje externo a la historia que se presenta al espectador, significó para los autores la creación de estructuras sólidas desde dónde imaginar las conductas y motivaciones de sus personajes "reales". Los límites entre realidad y ficción, como se puede entrever, fue el vaivén que atravesó el proceso de escritura.
Incómodos. "La idea de las 8 horas es un símbolo que para nosotros trasciende el trabajo en el Estado y que apela a cuando las 8 horas te comen la vida. Cuando preservar demasiado la vida, esa tranquilidad, esa comodidad mata el riesgo. Se aplica a la pareja, a la familia. Es la idea de quedar atrapado en una lógica, de romper cada tanto y vivir un poquito a la intemperie, de que no hay que marcar tarjeta en ningún ámbito de la vida", dice Fernández. Quedan planteadas dos preguntas: ¿Hay vida más allá del trabajo? ¿Qué pasa cuando el trabajo se transforma en una forma de seguridad vital? Sueldo fijo, horario fijo, compañeros fijos.
Los dramaturgos y directores lo abarcan utilizando la misma situación absurda que propuso Melville: un empleado nuevo llega a una oficina monótona. Poco a poco ese trabajador incansable y solitario rompe con el orden. Lo hace con tres palabras, a cada tarea impuesta responde "preferiría no hacerlo." "Nada irrita tanto a una persona seria como una resistencia pasiva", escribió Melville. En el primer piso del Registro Civil esto se transforma en diálogos cruzados entre los compañeros de trabajo y absurdas intervenciones del Jefe que intenta lidear con la conductas que generan ese "no hacerlo" y ese "preferiría". La posibilidad de elegir aplastada por la mano de la burocracia propone una pulseada.
Los mecanismos para desarrollar la trama son las palabras. Explican sus autores que concibieron la propuesta en la mayor de las austeridades económicas, y por eso la obra debía funcionar sobre todo a base de texto y actores.
Estas palabras fueron elegidas a lo largo de meses de escritura, treinta versiones del libreto y cinco meses de ensayos. "Vengo de la Intendencia, acabo de escuchar cómo le decían a una mujer que tiene que `invocar el recurso de irrealidad material`. El código del derecho está tan cargado que se transforma en otro lenguaje", cuenta Schulkin. En Las ocho horas el drama que viven sus personajes, expresados en absurdas conjunciones de palabras extraídas de códigos, se convierte en humor.
Pero el humor no debía ser buscado. Para que surgiera desde sus actores quisieron convencerlos de la presencia que da estar sobre un escenario, "que tuvieran plena confianza". Primero recurrieron a Youtube, les mostraron cómo actúa Robert De Niro haciendo muy poco, dejando salir explícitamente al personaje en dos o tres momentos de la historia. En segundo lugar generaron ejercicios de ensayo fuera de lo común. Por ejemplo propusieron la sucesión de conferencias de prensa, donde cada personaje debía atomizar con preguntas al que ocupaba el sitio de "modelo de persona pública". Otro ejercicio fue transitar en 30 segundos cuatro niveles de expresión: extrema tristeza, normalidad, violencia y extrema alegría. Otro, ensayar en espacios reducidos o con música altísima en la sala contigua.
Los ensayos se filmaron y pasaron por el filtro cinematográfico de Fernández, director y montajista de cine. "Se parece al proceso de realizar un documental, el material que recibís es mucho y caótico. La lógica de montaje nos permitió algo que en el teatro no se da tanto que es ver la unidad."
El resultado se hizo notar desde junio, con las primeras funciones con entradas agotadas. Imprevisto: el público festejó los momentos que más desconfianza generaban en sus creadores. Podría decirse que la ficción conoció una última vuelta de tuerca a cargo de la realidad.
El equipo técnico y actoral egresó de la EMAD. Elenco: Ignacio Cowen, Federico Torrado, Yamandú Barrios, Luis Musetti y Camila Sansón.






