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Telecataplum, Plop!, Rompiendo Códigos, El hijo e infinitas obras de teatro: más de 200 personajes.
Por: Ximena Aleman
"Yo tengo vocación de hombre de teatro. Yo soy muy feliz actuando y muy feliz dirigiendo". Esa felicidad es producto de un acto de valentía que ya lleva medio siglo. Roberto Jones ha recorrido muchos escenarios y pantallas de todos los tamaños.
-¿Cómo se inició en el teatro?
-La vocación se me despertó hacia los 15, 16 años. Las primeras actuaciones las hice en el teatro parroquial en Lucas Obes y Millán y después de allí pasé al Nuevo Teatro Circular. Este año cumplo 50 años de teatro. Debuté en 1961 y en 1965 me dediqué de lleno a la profesión. Con el grupo 65, que fue un grupo de once integrantes de la escuela de arte dramático dirigido por Federico Puig que actuábamos con actores formados y directores probados. Funcionó tres años. Al mismo tiempo hacía TV, que en ese tiempo funcionaba mucho. Canal 12 tenía tres ciclos de teatro, obras de teatro en TV, unitarios. Canal 4 tenía el Gran Teatro del Mundo y Canal 10 también tenía algo. Todos los canales tenían programas de teatro. Yo trabajaba haciendo papeles chicos mientras estudiaba. De ahí en adelante no hice otra cosa. Hace 50 años que no hago otra cosa, soy de los pocos actores que puede decir esto. Por eso estoy jubilado como actor, y también soy de los pocos. Me jubilé por los aportes de Canal 12 y la Comedia Nacional y también porque hice mucha docencia contratada por las intendencias. Además la comisión de reparación política me reconoció los años de teatro en Buenos Aires que fueron seis durante la dictadura.
-¿Cuáles son los personajes que le gustaron más?
-Si tengo que definir los personajes que me gustaron más son los más difíciles: Hamlet, El hombre elefante, Rompiendo Códigos y La memoria de Borges. El recuerdo más lindo en TV fue con El Hijo, de Quiroga. Fue muy lindo porque fue la primera vez que la TV uruguaya ganó un premio internacional. A nivel de telenovela Los tres en Canal 10, con Alberto Mena y Ortiaga y por supuesto Telecataplum y Plop! y el primer año de Flaco Cleanto que yo no quería hacer y Jorge Scheck me insistió. Era mi primer protagónico, yo había hecho papeles chicos. Y la docencia, 30 y pico de años, fundé escuelas de teatro como la Escuela Municipal de Arte Dramático de Maldonado y el Taller integral de Arte Escénico del Ministerio de Educación y Cultura.
-¿Se acuerda de todos los personajes que ha interpretado?
-Si me pongo a recordarlos sí, claro. Pero si juntamos teatro, televisión, cine, y un programa de humor nacional donde había personajes, por lo menos estamos hablando de 200 personajes, y protagónicos en teatro deben ser más de 50. Son muchas vidas vividas. Haciendo de rico, haciendo de pobre, haciendo de rey, haciendo de mendigo. Pasé por todas las vidas, eso es lo bueno del actor, poder conocer muchas vidas en una.
-¿Tiene miedo a repetirse?
-No, es decir, tenés tu instrumento físico y vocal, eso se repite permanentemente. Tenés la misma cara, la misma voz y pocas veces podés cambiar tanto que la gente no te reconozca. Pero lo que nosotros creamos siempre son psicologías y las psicologías que creamos son siempre diferentes. Aparte, cada función es diferente, porque el teatro es un arte vivo y está siempre condicionado por la presencia del público: sin público no hay teatro. Entonces la presencia del público es siempre sustancial, no es que te cambie sustancialmente el personaje, pero te lo varía. Es una cosa muy viva, muy linda. Es lo más lindo que hay en la vida, no se compara ni con la TV, ni con el cine. La experiencia de actuar en el teatro es única y quienes no la han hecho, porque son actores de cine o tv, se quedan con las ganas de vivirla y quienes no han podido triunfar en teatro se sienten con una materias que no han dado, incompletos. Cuando realmente tenés éxito en teatro es cuando te sentís más satisfecho, más pleno. Lo otro te da popularidad, llegás a un público más grande, más masivo y tenés esa satisfacción.
-¿Qué proyectos elige ahora?
-Me gustan las cosas bien difíciles, por eso te nombré los personajes más difíciles. Hacer Un tranvía llamado deseo tenía un doble riesgo: hacer la mejor obra de Tenessee Williams, un autor dificilísimo, con una protagónica como Victoria Rodríguez, que el mundo académico y doctoral no la reconocía como actriz. Me gustó el desafío de poder demostrar que ella podía. Yo sabía que ella tenía la sensibilidad, la postura y la humildad para poder llevar adelante un emprendimiento como hacer a Blanche Du Bois y hacerlo como lo hizo. Eso para mí es una satisfacción enorme. Hacer La gaviota de Chejov, que es la obra considerada más difícil del teatro contemporáneo, y hacerla con actores jóvenes fue un desafío. En general se hace con actores mayores porque son papeles muy difíciles. Los cuatro jóvenes tienen la edad de los personajes y están muy bien, y la respuesta del público ha sido muy buenas. Los proyectos tienen características muy similares: son actores muy difíciles. Siempre el desafío es lo que me mantiene joven de espíritu. Y el haber sido docente y director de escuelas y haber estado siempre rodeado de jóvenes me lleno muchísimo, tener que estar aggiornándome y utilizando todos los lenguajes de la gente joven en todas las generaciones eso me dio esa cosa aventurera de estar en contacto con la vida. Por eso no me gustan las instituciones. Tengo que estar libre. El contacto con los jóvenes también me dio la posibilidad de estar permanentemente estudiando, viendo cómo cambian las cabecitas y el mundo y tratar de adaptar lo permanente que tienen el arte dramático al hoy. Eso es lo que tiene la docencia. La dirección para mí es una prolongación de la docencia. Con Victoria tuve que hacer un curso y me encantó, y lo mismo tuve que hacer con los chicos de la gaviota. No separó la dirección de la docencia, es una parte, y empleo un método que es el que empleaba cuando era docente solo que ahora lo hago a nivel profesional con actores más experimentados.
-¿Cómo y por que resolvió dejar la actuación?
-Hay dos momentos de decisión difíciles en el actor: el de entrar y el de salir. El de entrar para mí fue muy duro, porque tuve que dejar de estudiar abogacía, que era lo que quería que estudiara mi familia. Tuve un enfrentamiento familiar y cultural. Era muy joven y perdí muchas amistades que consideraban que el teatro no era una carrera, no era nada, era un mundo complicado. Y fue difícil. El irme ahora fue difícil también. Creo que lo importante es lo que se ve en escena. Por eso dejé de hacer teatro, porque mi físico no estaba en las condiciones en las que yo pienso que tiene que estar un actor profesional. Pienso que me pueden recordar mejor por lo que hice. Porque en la profesión nuestra, lo lindo para mí, y yo sé que soy atípico, es lo efímero: se hizo y se fue. Lo que queda está en la memoria de la gente que me vio y en mí. Ahí quedo. No me gustan los álbumes ni los currículums. Yo tendría que haberme ido como cinco años antes por esta dolencia que tengo y resolví que el momento era con La memoria de Borges. Por suerte me fue bien en público y en crítica, me dio premios y me fui bien. No me puedo quejar ni de mi carrera ni de mi vida, ni de cómo me ha tratado el público. Fue una linda vida.









