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Una película que mira hacia la vejez
MARIÁNGEL SOLOMITA
FOTOS: MATILDE CAMPODÓNICO
Ayer se estrenó en salas locales La demora, la película uruguaya que dirigió Rodrigo Plá y se premió en el Festival de Cine de Berlín y en Holanda.
Hablan con un acento extraño. Las palabras que dicen suenan menos ásperas y más cantadas: el mexicano les tomó las gargantas. Rodrigo Plá y Laura Santullo tienen vidas parecidas. Son pareja, hacen cine juntos. Ambos crecieron en el exilio político de sus padres en México; allí vivieron unos 30 años. Hace cuatro que volvieron a Uruguay para estrenar una película (La zona) y filmar otra (La demora). Ahora tienen planeado rodar en Estados Unidos. Usan al cine para acercarse al mundo.
Será por esa extrañeza de los acentos pero cuando en medio de esta entrevista Rodrigo Plá mirá la televisión del bar y festeja un gol de la Selección Uruguaya, el gesto aparece como una reafirmación de su lugar de nacimiento.
Es que Plá es una figura en México y para México. Allí ha hecho cine y sus películas (La zona, Desierto adentro, la colectiva 30/30) ganaron premios y aplausos en festivales y salas de cine del mundo, representando a ese país.
Pero volvió a Uruguay decidido a rodar una película y a probar una vida aquí. Se asoció al productor Sandino Saravia, creó Malbicho Cine y empezó a desarrollar la adaptación del cuento La espera, escrito por Laura Santullo.
El mecanismo de trabajo suele ser así. De hecho en La zona ya se había basado en un relato de su esposa.
Santullo escribió a partir de una nota periodística que leyó en un diario mexicano: cada vez más ancianos aparecen abandonados en asilos y en plazas públicas. "Luego de la condena, de juzgar, pensé en quiénes llegarían a una situación tan extrema. Había muchos personajes posibles. Una amiga me decía que no hay nadie jodido en esta película, es gente común metiendo la pata. `Yo conozco a esa mujer, la entiendo a ella, a su padre y hasta a los niños`, me dijo. Me parece que te sentís cerca de la historia, que es uno de esos casos en que uno como espectador no sabe bien si está en una película."
Silencio blanco. El cuento está estructurado en forma de monólogos que se interponen, el de Agustín y el de María. Agustín está arrugándose. "El olvido se mudó a vivir con él". Lo cuida María, su hija menor, madre soltera de tres hijos. El apartamento que ocupan es pequeño, en la noche el living se transforma en la habitación de Agustín y María duerme con los niños. Es costurera pero podría conseguir un trabajo mejor. Para eso necesita que alguien más se haga cargo de su padre, "de su vejez que lo prolonga todo". El estado no puede ayudarla: solo hay lugar para los ancianos abandonados en la calle.
Este cuento, que aún no ha sido editado en el país, está perfectamente adaptado al lenguaje cinematográfico. Explica el director: "el texto te hace suponer una vida anterior de estos dos personajes, te va narrando los hechos y lo que van sintiendo, que después adquiere otras traducciones. Te transmite emociones y sensaciones lo suficientemente abstractas para que el actor se apropie y reconstruya a partir de eso. Yo no le digo al actor `haz como tal persona`, `¡construye!, yo me encargo de ayudarte a imaginar".
Les indica en qué pensar, cómo pensar, pero no qué emoción sentir. "Yo creo mucho en eso. Hay miles de metodologías, cada uno descubre lo que le viene bien de acuerdo a lo que cada uno es. Yo soy hijo de psicoanalistas freudianos lacanianos, entonces era inevitable tener que trabajar con un sub-texto; viene de familia."
Los actores protagónicos son Roxana Blanco y Carlos Vallarino. Carlos es un arquitecto retirado que jamás había actuado.
-¿Cómo los modificó hacer una película en Uruguay?
-R.P.: Fue un proceso que realmente disfruté. Venía de hacer películas donde el equipo de filmación superaba a las 100 personas y de pronto nos trasladamos a Uruguay y trabajamos con 30, todo es más acotado. Esto nos permitió ser fiel a la película, que es lo que nos pedía esta historia. Es una historia de personajes, donde no es una trama vertiginosa la que nos lleva sino que conocer mejor a los personajes. Queríamos tener una profundidad y eso requería de detalles, de generar personajes más ambiguos, complejos y creo que eso me lo permitió este tipo de rodaje."
De cambios. Tuvieron mucho tiempo para preparar, "fue planeado desde la hora en que decidimos a qué destinar el dinero. Renunciamos a tener artilugios, herramientas más sofisticadas, grúas, movimiento, mucha luz. Fuimos mucho más austeros en todo eso para poder destinarlo a tiempo de rodaje."
El primer paso fue armar un equipo de trabajo conformado por técnicos autores. Le propuso la dirección de fotografía a María Secco, una uruguaya que estudia cine en México. "María merece un capítulo aparte. Ella no tenía mucha experiencia en rodajes, pero yo lo único que le pedí fue un mes de preparación. Creo que cada colaborador construyó desde su lugar y eso generó algo especial en la película.
Mi método es no usar ejemplos concretos. Incluso la prensa te pregunta a quién tomaste como referencia: no usamos referencias. Creo que hay una primera re-interpretación de lo que sucede desde que leen el guión e interpretan algo. Tú escuchas lo que ellos interpretan y ahí hay un proceso creativo, y después del diálogo conmigo también hay una re-interpretación entonces logramos algo que está muy vinculado a cada una de esas personas. Esto genera un proceso un poco desgastante porque exijo mucho a mis colaboradores y porque no sabemos a ciencia cierta cuál es el destino final de la película: no sé exactamente cómo va a quedar. Es muy lúdico, es vital, latente."
La demora es una película donde cada plano informa desde cada uno de los elementos que la componen. Plá cuenta que quiere que el primer plano refleje la esencia de la película, "en este caso arranca con la vejez, las arrugas. Él, ahí, un pedazo de cuerpo". Y este cuerpo avanza a un ritmo lento, distinto al resto de las personas que lo acompañan. La cámara, fija, lo pone cerca. Agustín toma un zapato y lo abre para poder poner el pie dentro, por entre sus pies se percibe a los niños que pelean, se despiden de la madre, lo saludan, corren hacia la salida, se van a la escuela. Los dos ritmos conviven en el mismo plano.
Plá y su equipo tomó riesgos. Desde la fotografía, narra sirviéndose del fuera de foco. Reserva los planos frontales y cercanos a sus protagonistas. El resto, los personajes secundarios, aparecen incómodos: de espaldas, en los límites del cuadro, sin cuidado; porque la historia no avanza con ellos.
Desde el sonido y su diseño (Fabián Oliver y Alejandro de Icaza respectivamente) pudo resolver la escena más compleja de la cinta, que, convenientemente, tuvo que ver una decisión de arte (Mariana Pereira, que debutó con esta película): el sonido del viento que hace girar a un cartel metálico se transforma en la única música de la película.
"Vamos poniendo reglas para mantener una coherencia interna en las decisiones y luego las vamos llenando de significados. Que cada decisión tenga un argumento, no me interesa que se elija un tipo de ventana `porque se ve lindo`. Uno lo que intenta con las películas es colocar diversos niveles de lectura. Hay muchas cosas metidas ahí debajo que quizás muy pocos lean.
Le doy mucha importancia al montaje de la escena sin cámara, cuáles son las intenciones, qué hacen los personajes. Los voy ubicando. Fue muy armónico el proceso porque todo iba sucediendo al mismo tiempo, todas las armas se iban cruzando: en los ensayos en las locaciones asistió todo el equipo, desde la guionista hasta el encargado del montaje. El rodaje también fue así, se editó en el rodaje."
-¿Esta forma de hacer cine te gustó más?
-En ciertos aspectos esta película me gusta más que las otras. Como si sintiera que yo mismo evolucioné. Por ejemplo, el nivel actoral aquí me parece muy refinado. Me parece que haber tomado la decisión junto a María de poner la cámara fija para no subrayar en la emotividad del guión, me obligó a acortar las escenas, o sea corté menos y eso implica que con un plano fijo los personajes puedan cambiármelo con su propio trazo. Te das cuenta de que es como una danza, un baile donde todos se mueven pero con una justificación emocional. Están montadas mejor las escenas, fue un trabajo más delicado.
-¿Se quedan?
-L.S.: Nos iríamos en diciembre. Hay un tema laboral, en México es más posible vivir del cine.
-R.P.: Me encantaría volver a filmar aquí pero todavía es difícil hacer películas. El dinero que sale de Uruguay es muy poquito, necesitaríamos que hubiera mayor inversión nacional para atraer más dinero del exterior. Realmente pienso que el país gana con las producciones cinematográficas, porque el dinero que vino de México, de Francia, se gastó acá. Pero no da para vivir.
-L.S.: Hacés una película, pero no hacés plata para que dure...
-R.P.: Y como Laura no quiere ser administrativa...
-L.S.: Tenemos dos proyectos para filmar en Estados Unidos y otro en México, que ya nos conocen. Por prudencia porque en Estados Unidos no tenemos ni idea de cómo se produce, y no nos interesa hacer Hollywood.
-R.P.: Y a Hollywood no le interesamos nosotros...Estaría lindo contar nuestras historias desde allá, podríamos llegarle a más gente.
-L.S.: Yo siento que querer hacer películas es como querer poner algo de lo que a tí te preocupa, de lo que tú piensas, en contacto con alguien más. Porque uno a la vez que está escribiendo, haciendo películas, es una forma de contar el momento: está caminando.
Del excelente equipo técnico hay que destacar el trabajo de la directora de fotografía María Secco. También se encargó de fotografiar la película de Control Z Tanta Agua (A.Guevara, L.Jorge), en post-producción.
Es una co-producción con México y Francia. Se estrenará en octubre en los cines franceses.








