El Hot Club histórico, el de sus épocas en la calle Guayabo, ocupa un lugar de honor en las memorias del Montevideo musical y nocturno.
Por: Elbio Rodríguez Barilari
El Hot Club ha tenido un papel fundamental no solo en preservar y asegurar la vigencia del jazz en Uruguay, sino como campo de entrenamiento para nuevos (y viejos) músicos, y como pista de aterrizaje para nombres internacionales.
Durante los años `70, bajo la execrable dictadura, la noche no era un ámbito hospitalario. Y menos si uno usaba pelo largo. Yo vivía en Playa Verde y lo más seguro era que los verdes te hicieran bajar del 77 en la esquina de Propios o en el Parque de los Aliados.
El viejo sótano en la esquina de Guayabo y Jackson, abajo del boliche, con su vertiginosa escalera y su olor a humedad, era uno de los pocos refugios para músicos y noctámbulos.
A mí, que recién empezaba a estudiar el saxo, me llevó Raúl Lema, el gran saxo tenor de la época, un ejemplo de dedicación y amor a la música.
Era poco después del golpe de estado y la consigna entre los músicos de jazz era una sola: borrarse.
Ya se habían ido el Fino Bingert, Bachicha Lencina, se habían los Fattoruso y el Lobito Lagarde, y tantos más.
Además, internacionalmente no era un buen momento para el jazz. El rock y el pop lo habían sustituido en la escena internacional. Y recién el jazz-rock, gracias Miles Davis, le estaba alargando la vida, según algunos, o terminando de matarlo, según otros.
El free-jazz también dividía las aguas, estábamos los que lo adorábamos y estaban los tradicionalistas del bop, que lo detestaban profundamente.
Sin embargo, había una frase, creo que de Paco Mañosa, que definía al Hot Club y que le salvó la vida. La misma dice: Si el jazz es bueno, no importa si es antiguo o moderno.
Cuando yo llegué al Hot Club, Paco Mañosa y Bocho Pintos, dos de sus pilares, más bien descorazonados, habían tirado la toalla. Los que aguantaban la vela todos los lunes esperando que hubiera un repunte, porfiadamente, eran básicamente Raúl Lema y el crítico de jazz de El País, Arnaldo Salustio.
De repente caían los hermanos Potasnik (piano y contrabajo), caían los pianistas Enrique Cotelo y Rolo Suzak, a veces el trompetista Pestaña Giovinazzo, que pronto también emigró… O caía gente que no era típicamente del Hot Club, el gran saxofonista Nelson Pito Varela, que llegó para quedarse, como el baterista Julio Cuccurullo, o hasta Cacho de la Cruz con su trombón.
Lema y Salustio, empecinadamente, reclutaban jóvenes. Al mismo tiempo que yo, comenzaron a caer cada lunes los bajistas Luis Ferreira y Fernando Aguirre, el flautista Álvaro Armesto, el saxo alto Jorge Medina, de Minas llegó el violero José Pedro Beledo. Traído por su vecino Salustio, José Luis Pérez dictaba cátedra en la batería.
Ahí escuchábamos long-plays de la colección del Hot Club, en una bandeja medio destruida, u otros traídos por los propios socios.
Salustio se inclinaba más hacia el jazz histórico, Lema estaba fascinado con el free, y así navegábamos, de Coltrane a Albert Ayler y de Bud Shank o Kenny Dorham a Charlie Mingus.
El primer grupo que salió de esa época fue el inolvidable Expresión Jazz Quartet, con Lema y Pito Varela en los saxos, José Luis Pérez en batería y Pocho Macadar en bajo eléctrico.
La Intendencia Municipal de Montevideo de la dictadura organizó un concurso de jazz, con un grupo tradicional, de dixieland, como Caballo del Comisario para que lo ganara.
Más por molestar que por otra cosa, Lema inscribió al Expresión Jazz Quartet. Y ante el delirio de centenares de peludos que fuimos a apoyarlos, a puro palazo y puro saxofonazo, se ganaron el Festival. Cuando vino el fallo, las autoridades querían cancelar el último concierto, pero con una Sala Verdi repleta y rugiente, se la tuvieron que tragar.
(Continúa el próximo sábado).
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