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Por la crisis económica, el Estado repatria cada vez más uruguayos. Solo entre enero y abril, pagó el regreso a 40.
SEBASTIÁN CABRERA
Hace un año que Gustavo Delgado no cobra un euro y vive de refugio en refugio. A mediados de 2011 perdió su último empleo en una empresa de demoliciones en La Coruña, donde trabajó cuatro meses pero le pagaron un mes solo.
"A partir de ahí empecé en picada, hacia abajo", dice Delgado, un montevideano de 48 años que hoy vive en Barcelona y llegó a España en 2005, cuando la economía europea todavía estaba bien. Ahora el desempleo llega al 24,44% (y sube a 38% entre los extranjeros no europeos) y hay más de cinco millones de personas sin trabajo.
A su edad, la cosa se complica aún más. Cuando quedó sin empleo, Delgado no tenía los meses de antigüedad necesarios para cobrar el seguro de paro y tampoco ahorros. Siempre había vivido al día. En La Coruña buscó ayuda en el albergue Padre Rubinos, que le dio alojamiento, comida y servicio gratuito de duchas. Su filosofía siempre ha sido ir a buscar trabajo "donde haya" y entonces decidió probar suerte en Milán, porque tiene pasaporte italiano. Pero tampoco consiguió empleo en Italia y allí durmió en una iglesia junto a casi 300 personas, la mayoría africanos.
Ahora, en Barcelona, vive en un albergue de Cáritas para gente sin hogar. Todos los días va a comer a la iglesia de San Agustín, en el barrio del Raval, en pleno centro histórico de la ciudad. "Te dan potaje, comida bien hecha, con trozos gigantes de carne, cerdo o pollo", cuenta. También un vaso de leche, yogur y frutas variadas.
Y, mientras tanto, sigue en la búsqueda laboral. Quizás por su forma de ser, Delgado no se deprime y, por el contrario, espera poder conseguir empleo de camarero o de lo que sea en la zafra veraniega. Dentro de todo lo malo, agradece no tener hijos de los que hacerse cargo y también vivir en un país donde hay buenos servicios para el que no tiene empleo ni dinero.
No se puede decir que su caso sea una rareza. De hecho, en el comedor público del municipio catalán de Esplugas de Llobregat se alimentan cada día nueve uruguayos, según relata Martín Rodríguez, otro uruguayo que colabora con ese comedor.
El último informe de la Dirección General para Asuntos Consulares y Vinculación de la Cancillería, culminado esta semana y al que accedió Qué Pasa, dice que en los primeros cuatro meses de 2012 ya fueron repatriados 40 uruguayos, casi la mitad de los que habían sido traidos de regreso en todo 2011. El año pasado se repatriaron por razones económicas 85 uruguayos, 31 en los primeros cuatro meses.
El informe de Cancillería dice que han aumentado las repatriaciones -cuyos gastos corren por cuenta del Estado uruguayo- por la agudización de la crisis económica. El 72% de las personas que piden el repatrio tienen "alta vulnerabilidad económica": es gente que carece de "redes primarias de contención, se encuentra en general en situación irregular sin cobertura de salud, tiene un nivel educativo básico" y no tiene familiares o allegados que los puedan ayudar. Son personas "que hay que atender de manera diferencial", lo que implica un seguimiento y tratamiento en el país de procedencia y luego en Uruguay.
Después de la vulnerabilidad económica, las siguientes causas de repatrio son la indigencia y la violencia de género: cada una de ellas representan el 10%.
Las peticiones de regreso se realizan ante las oficinas consulares uruguayas, que habitualmente se encargan de asistir a las personas y encontrarles una solución habitacional mientras se procede al repatrio. Quienes piden que se les pague el regreso en general viven en refugios o están en situación de calle.
Además, en los primeros cuatro meses de 2012 volvieron por sus propios medios 1.119 uruguayos, la mitad de ellos de España, según las cifras de Cancillería en base a los registros ante la oficina de retorno. Son 237 uruguayos más que en el mismo período de 2011, cuando retornaron 882 personas. El informe de Cancillería dice que se mantiene el promedio de al menos 300 retornos mensuales, el triple que en 2009, cuando volvían entre 80 y 100 personas al mes. Después de España, un 23% vuelve desde Estados Unidos y otro 23% desde la región u otros países.
El 74% de los retornados tiene como principal causa la crisis económica, siempre según Cancillería. Y la gran mayoría corresponde al grupo de "emigración reciente": los que se fueron entre 2000 y 2006. Vuelven con una edad promedio de 42 años, "habiendo gozado en un primer momento de buenas condiciones de residencia, tuvieron que adelantar su retorno por la crisis económica del norte, enfrentando aquí problemas de inserción laboral".
MALA RACHA. La rutina de Inés Araujo -oriunda del Chuy, se encuentra en ese grupo que emigró a inicios de la década pasada- es la misma cada mañana. Se levanta y sale a repartir currículums por los comercios de La Coruña y alrededores. O manda mails. Lo mismo desde hace meses. Y la respuesta siempre es la misma: nada. Nada de nada. "Ni siquiera me llaman para agradecerme o decirme que me tendrán en cuenta", dice Araujo, desde Galicia, donde vive hace una década. Siempre trabajó en lo que en España llaman hostelería, es decir, bares, restaurantes, panaderías u hoteles. Y nunca tuvo problemas para conseguir trabajo.
"En diez años no me había pasado algo así", cuenta Araujo, de 35 años. Dice que probablemente influye la edad ("la mayoría de los sitios piden menores de 30 porque cada vez pagan menos: lo que antes se pagaba 900 o 1.000 euros, ahora son 600 o 700") y la nacionalidad, aunque ella tiene papeles. El acento juega su papel: en algunos lugares piden que los extranjeros se abstengan. "Antiguamente los sudamericanos veníamos muy bien, pero ahora con el tema de la crisis y, como hay tantos españoles en el paro, prefieren cogerlos a ellos", explica Araujo, un rato después de hacer la recorrida diaria en busca de un trabajo que le permita cortar la mala racha que arrastra desde octubre, cuando perdió el último empleo en un puesto de hot dogs en la plaza de comidas de un centro comercial.
Un par de meses después viajó a Uruguay para hacer la temporada en la costa y retornó a La Coruña el 29 de febrero. Y desde ese día sigue en esa eterna búsqueda de trabajo.
Araujo no cobra seguro de paro ni ayuda estatal porque en los años anteriores sus contratos eran por la mitad del aporte y además no tiene hijos. Hoy vive con el sueldo de su compañero Carlos, quien trabaja en un reparto. Ella está pensando en volver definitivamente a Uruguay si la cosa no mejora durante este verano español. "Lo que pasa es que no quería volverme peor de lo que me vine", relata. "Pero si no tengo trabajo, entre setiembre y octubre estoy otra vez ahí".
LOS AÑOS. A José Luis Gallo, un ex guarda de la línea D de Cutcsa de Paso Molino, también le juega en contra la edad. Tiene 50 años y está en una franja etaria complicada ya que, una vez que se pierde el empleo, es difícil reinsertarse.
Gallo es, como le dicen allí, un "parado" de larga duración. Vive en Ripollet, localidad catalana de casi 40.000 habitantes, y hace dos años perdió su último trabajo, en una fábrica. "Demasiado tiempo", dice. También se le terminó el seguro de paro, pero hace alguna changa de vez en cuando y está cobrando la ayuda de 420 euros por tener una hija menor de edad, que cumple 18 a fin de año.
Pero por ahora Gallo no vuelve: habló con ex compañeros de Cutcsa y le aconsejaron que ni lo piense. En Uruguay las cosas están mejor pero tampoco tanto.
Mario Giannattasio, un psicólogo de 57 años que trabajó en la Administración Nacional de Puertos hasta 2005, dice que tampoco volverá. Y eso que está en el paro desde hace cuatro meses. Y que su pareja, quien también dejó un empleo público en Montevideo, tiene un trabajo de medio horario en una empresa de limpieza y hace suplencias en otra. Y que a su cuñado, que vive en la misma casa y tiene 54 años, no le renovaron el contrato hace una semana en una empresa de transporte público donde era chofer. Hace unos días se afilió otra vez al paro.
"Yo la veo cada vez más peliaguda. Las plantillas se reducen cada vez más", dice Giannattasio. A él dentro de poco se le agota el seguro de paro y puede solicitar al asistente social la ayuda extra de 420 euros, por seis meses más, con lo cual extendería el subsidio estatal hasta fin de año. Pero, si le otorgan esa nueva prestación, es probable que deba cumplir acciones sociales, cubriendo vacantes en la recolección de basura, en el barrido callejero o arreglando baldosas de las veredas.
Giannattasio trabajaba como maquinista en una empresa que fabrica envases de aluminio en Badalona, una ciudad pegada a Barcelona. Allí estuvo seis años y medio, casi desde que llegó a España. Nada que ver con su empleo en Montevideo ni con lo que estudió: es psicólogo, pero no pudo revalidar la carrera.
Pese a todo, ni él ni su actual pareja piensan en volver. "Si en Uruguay hay empleo, lo hay para gente joven", opina. "Sé de muchos compañeros que han vuelto y la mayoría ha ido a pichulear". Su tesis es que, aún en crisis, se "pelea" mejor en España que en un Uruguay que vive la mejor situación económica en muchos años. Y, si de algo sabe Giannattasio, es de crisis: vivió "la tablita" de 1982 y la crisis más reciente y cruda de 2002. Y ahora, la crisis española.
En cambio, Andrés Treglia -un ingeniero agrónomo de 40 años que vive en España desde 1998- sí prepara el regreso. Ya tiene los pasajes para él, su esposa y sus dos hijos (de seis y cuatro años) para el 1° de setiembre, a pesar de que cuenta con empleo estable en Barcelona en una multinacional de productos agrícolas.
Treglia piensa que hoy en Uruguay hay más oportunidades laborales que en España, en su área de trabajo. "Sé que los problemas estructurales del país son los mismos de cuando me fui, aunque hay un poco más de dinero corriendo", dice el ingeniero, con un acento mezcla español, mezcla uruguayo. "Es en la parte agrícola donde se nota una diferencia".
Lo curioso es que Treglia no tiene nada seguro ni concreto para su regreso. Solo la intuición de que sus dos hijos, aún pequeños, se adaptarán y que él conseguirá empleo rápido como ingeniero agrónomo. Y no está preocupado por su futuro inmediato una vez que arribe al aeropuerto de Carrasco. "Me he convencido de que hasta que no esté ahí, no voy a concretar nada", dice él. "Nadie te va a estar esperando".
retornaron por sus propios medios de enero a abril. Son 237 más que en el mismo período de 2011.
"No quería volver (a Uruguay) peor de lo que me vine. Pero si no consigo trabajo aquí en el verano, regreso al país entre setiembre y octubre", dice Inés Araujo, quien vive en La Coruña, Galicia.
"Espero que Uruguay siga su ciclo positivo, al menos en lo que respecta al modelo productivo y la agricultura", dice Andrés Treglia, un ingeniero agrónomo que retorna en setiembre a Uruguay tras 15 años.
Las remesas familiares enviadas desde Uruguay hacia el exterior van en aumento: 57 millones de dólares en 2009, 67 millones en 2010 y 72 millones en 2011, según el Banco Central. Y la información de Gales Servicios Financieros, agente local de Western Union, va en la misma línea. Darío Alvarez, director, dice que el envío de dinero hacia España y Estados Unidos está "en claro ascenso".
En cuanto a las remesas de los uruguayos que viven en el exterior, Gales dice que hay una leve disminución en los últimos dos años, más que nada en los montos y no en la cantidad de giros. En cambio, el Banco Central indica que las remesas desde el extranjero tienen una leve tendencia al alza desde 2009. Ese año llegaron 120 millones de dólares y en 2011, 123 millones.


