|
||||||||
NICHOLAS D. KRISTOFF | COLUMNISTA
Cines como el de Colorado son regulados estrechamente casi en todo los aspectos, con la excepción de uno.
La ley exige a grandes salas de cine que tengan asientos para gente en silla de ruedas, rampas y escaleras, así como baños que sean accesibles para discapacitados. Los códigos de incendio limitan el número de localidades. Las salidas de emergencia por incendio deben estar iluminadas.
Tenemos un sistema de índices para proteger a los niños de la desnudez o el lenguaje ofensivo. De hecho, en esa horrenda noche, solo había un importante elemento que no estaba regulado: las armas y munición usadas para masacrar espectadores.
Como nación, nosotros regulamos las salidas de incendio, más no armas con recámaras de 100 rondas. Protegemos de la violencia a jóvenes en cines, pero solo si está en la pantalla.
Casi una semana después del tiroteo en el cine, también podemos tener la certeza de lo que no ocurrirá: un serio control de armas. Tanto el presidente Obama como Mitt Romney han apoyado una prohibición en contra de armas de asalto en el pasado, pero ambos al parecer han dado marcha atrás ahora por una razón obvia: la opinión popular se ha puesto a favor de las armas.
Desde 1959, Gallup les pregunta a los estadounidenses si favorecen que se prohiban las armas. Cuando empezó el sondeo, 60% respondió afirmativamente; el sondeo más reciente reveló un apoyo bajísimo, de apenas 26%. Además, el sondeo más reciente arrojó que, por primera vez, una mayoría de estadounidenses, 53%, se oponía a una prohibición en contra de rifles de asalto.
Sin embargo, si los esfuerzos tradicionales de control de armas están en un callejón político sin salida, aún debería haber espacio para un esfuerzo de salud pública que mitigue su daño.
Consideremos la seguridad automovilística, uno de los grandes éxitos de salud pública. Muchos accidentes de automóvil se relacionan con conducta ilegal, como conducir a exceso de velocidad o intoxicado. Perseguimos a esos transgresores, pero, a lo largo de décadas, también hemos asumido un enfoque de salud pública más amplio. Hemos exigido cinturones de seguridad y bolsas de aire, hemos creado licencias de graduado para jóvenes conductores, al tiempo que hemos construido caminos e intersecciones para que los accidentes sean menos letales.
El resultado es que la tasa de muerte en tránsito vehicular en Estados Unidos cayó hasta un nivel históricamente bajo. Solo los asientos de seguridad salvan 12.000 vidas al año.
Así que si podemos hacer automóviles más seguros, sin prohibirlos, ¿por qué no probar hacer lo mismo con las armas?
Un reciente sondeo arrojó que más de 70% de los miembros de la Asociación Nacional del Rifle aprueban las revisiones de antecedentes penales para quienes aspiren a convertirse en propietarios de armas. Eso sugiere un amplio apoyo hacia uno de los pasos más cruciales: una revisión universal de antecedentes para todos los compradores de armas, aun cuando compren armas a ciudadanos particulares. También me gustaría vernos adoptando el requisito canadiense en cuanto a que los compradores tengan el apoyo de dos personas que respondan por ellos.
David Hemenway, de la Facultad de Salud Pública de Harvard, escribió un excelente libro sobre enfoques de salud pública hacia las armas de fuego. Sin embargo, argumenta que necesitamos cambios no solo en leyes sino también en costumbres sociales; justamente de la misma forma que hemos estigmatizado conducir en estado de ebriedad.
"Donde veo un cambio de las normas sociales es en el excremento de perro", dijo Hemenway en una entrevista. "No te permiten dejar que tu perro de ciudad ande suelto ahora, y tienes que recoger sus heces". Entonces, dice por lo bajo: "¿Qué tal si la gente sintiera por sus perros la misma responsabilidad que siente por sus armas? Para empezar, uno de los resultados pudiera ser que más gente comprara cajas fuertes para armas o candados para el gatillo.
En pocas palabras, a fin de promover la salud y la seguridad públicas, regulamos todos desde las salidas de emergencia hasta las armas de juguete (es por eso que tienen puntas color naranja). Y si imponemos reglas a las pistolas de juguete para volverlas más seguras, ¿acaso no deberíamos hacer lo mismo con las reales?
*Kristof tiene dos columnas semanales desde 2001 en The New York Times, diario para el que trabaja desde 1984. En 1990 (junto a su esposa, Sheryl WuDunn) ganó un Pulitzer por su cobertura de los sucesos de la plaza Tiananmen en China. Ganó otro Pulitzer en 2006 por sus columnas. También con WuDunn escribió su único libro disponible en español, La mitad del cielo sobre mujeres que consiguieron ser agentes de cambio en situaciones adversas.





