THE ECONOMIST
Durante los últimos 11 años las fuerzas de paz de la ONU, que ahora se sitúan en 20.500 (de las cuales Uruguay participa con 1.300 efectivos), han apuntalado al gobierno del Congo y sus incipientes fuerzas de seguridad. Por esto parece extraño que cuando el país enfrenta una nueva ola de violencia e inestabilidad quieran quitar esos pilares. La misión de la ONU, que cuesta 1.400 millones de dólares por año, ha sido acusada de ceder a la presión de varios rebeldes. Pero si las fuerzas fueran a irse apresuradamente, Congo terminaría nuevamente en el caos. Eso, aparentemente, es un riesgo que su presidente Joseph Kabila estaría dispuesto a tomar con la esperanza de ser finalmente quien manda en su país.
Durante su guerra civil, entre 1998 y 2003, cinco millones de congoleños murieron por violencia, enfermedades o hambruna. Desde entonces, gracias básicamente a las Naciones Unidas, el caos general ha sido contenido. La ONU observó dos vueltas de elecciones multipartidarias y complicadas en 2006, las primeras desde la independencia en 1960, reafirmando a Kabila como presidente.
En los últimos cuatro años la misión de la ONU ha tratado de mejorar la gobernabilidad y la seguridad. Pero los estándares están lejos. Los soldados congoleños y los habituales rebeldes violan a civiles indefensos. La corrupción está extendida y las cortes han sido tomadas. Según la ONU, el 70% de los prisioneros del país, quienes en su mayoría viven en malas condiciones, todavía esperan ser juzgados. Los inversores extranjeros se mantienen desconfiados. Los chinos, menos molestos por las violaciones a los derechos humanos o a los compromisos contractuales que la mayoría de los occidentales, han sido los más activos.
Los enfrentamientos continúan esporádicamente, aquí y allí. En el este el Ejército está tratando de derrocar a los rebeldes ruandeses de la tribu Hutu, quienes arribaron en 1994 mientras huían de represalias tras la matanza de 800.000 tutsis ruandeses y hutus moderados. En el extremo noreste, los rebeldes del Ejército de la Resistencia del Señor todavía cometen masacres ocasionales. En el resto del país, especialmente en el este, varias milicias locales continúan deambulando amenazadoramente. Este mes un grupo de rebeldes atacó Mbandaka, capital de la provincia de Équateur, y lograron tomar el aeropuerto. Al menos 36 personas fueron asesinadas, incluidos tres trabajadores de Naciones Unidas. La semana pasada una impredecible rama de rebeldes capturó a ocho voluntarios, uno de ellos suizo, en la provincia de Kivu del Sur.
La ONU ha entrenando y apoyado a las fuerzas regulares del Congo con comida, armamento y transporte. El gobierno asegura que su Ejército ha mejorado. Apunta al éxito en derrotar a los rebeldes en Mbandaka. Sus comandos entrenados en Bélgica también aseguraron la liberación de un doctor español que había sido secuestrado. El gobierno sostiene que su Ejército, que ha adquirido unos 40 tanques nuevos, estará listo para tomar el control total del país el próximo año. Mientras, burlonamente acusa a la ONU de haber fallado en proteger a los civiles durante el ataque en Mbandaka.
Los gobernantes congoleños están hartos de ser castigados por extranjeros y prefieren estar a la altura de la dignidad que corresponde a un país soberano antes que aceptar la humillación de lo que califican como una "tutela" internacional indefinida. El gobierno dice que la ONU debería comenzar su retiro en junio, cuando el país marque el 50 aniversario de su independencia de Bélgica. Todas las tropas de la ONU, dicen, deberían haberse ido para mediados del próximo año, antes de las elecciones congoleñas.
El Consejo de Seguridad de la ONU podría dar el brazo a torcer en algunas demandas. El último plan es retirar 2.000 oficiales de un tercio de las provincias del país, incluida Équateur, para el fin de junio y remover varias más para agosto del próximo año, después de las elecciones. Es cuestionable que el Ejército del Congo, estimado entre los 130.000 y los 155.000 efectivos, pueda mantener la paz por sí solo. Es una amalgama poco entrenada de más de 40 milicias.
Hay otra razón por la que el presidente Kabila debería pensarlo antes de despachar a las fuerzas de la ONU: un Ejército regular, unificado y fuerte, bajo un comando central puede dar un golpe de Estado. El padre de Kabila, Laurent-Désiré, fue asesinado en 2001 por un soldado tras un golpe fallido. Kabila quiere que los gobiernos occidentales den dinero a sus fuerzas. Pero hay poca coordinación entre varias ramas. Más allá de que la ONU se vaya o se quede, a los extranjeros no les seduce seguir tirando dinero.
Plan. El gobierno congoleño quiere estar sin cascos azules para mediados de 2010.
1.400
millones de dólares es lo que cuesta por año la misión de la ONU en el Congo.
1.300
efectivos uruguayos forman parte de la misión, con más de 20.000 cascos azules.
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