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La crisis económica y financiera de varios países de la Unión Europea, que amenaza extenderse a otras regiones del planeta, implicará también una revisión de los paradigmas globales
MIGUEL ARREGUI
El viernes 21 chocaron las selecciones de fútbol de Grecia y Alemania. El lugar: un estadio de Gdansk, Polonia, cuna de Lech Walesa y del sindicato anticomunista Solidaridad, y otrora la ciudad prusiana de Danzig, emblema del militarismo alemán y el sitio en que la Luftwaffe realizó el primer ataque de la Segunda Guerra Mundial. Era solo un partido de fútbol pero los preámbulos fueron más bien calientes. "Jugamos por nuestra camiseta, nuestra bandera y por la gente allá en casa", dijo el mediocampista griego Costas Katsouranis. ¿Por la bandera? Pareció exagerado pero no lo fue tanto. Alemania, la primera economía de Europa, puso mucho dinero para asistir a Grecia, metida en enormes problemas económico-financieros, y a cambio exigió enormes reformas y ajustes.
Muchos griegos están enojados con los alemanes, a los que reclaman que aflojen la bolsa aún más y disminuyan sus padecimientos. Por eso el mediocampista habló de la bandera, y por eso el diario sensacionalista alemán Bild retrucó antes del partido: "¿Qué pueden ofrecer los griegos, además de deudas?".
Al final ganó Alemania 4 a 2, la canciller Angela Merkel, que estaba en la tribuna, festejó los goles y los problemas económicos de Grecia, que ya son mitológicos, siguen tan campantes.
CABALLO DE TROYA. A veces luce como si Europa se propusiera regresar a la Gran Depresión de la década de 1930, que la dividió entre el fascismo y el comunismo, puso a las democracias a la defensiva y creó conflictos por doquier. Las elecciones griegas del 17 de junio fueron un esbozo. Un partido de derecha derrotó por poco a uno de extrema izquierda, y se alió con partidos menores para formar un gobierno que, además, deberá lograr un equilibrio milagroso: sacar a flote a un país fundido sin ofender demasiado.
Los griegos vivieron más allá de sus posibilidades durante años tomando deuda con la tarjeta de crédito de la Unión Europea, y sus gobiernos fueron particularmente corruptos. Poblada por 11,2 millones de personas, debe unos 500.000 millones de dólares. Como comparativo, Uruguay, con 3,25 millones de pobladores, tiene una deuda pública de 18.000 millones de dólares, lo que ya es bastante pesado. Cada griego debe ocho veces lo que un uruguayo.
Muchos griegos se niegan a más ajustes, lo que implica que demandan más ayuda pues, por supuesto, también desean permanecer en la Unión, una asociación económica y política de 27 países, y en la zona euro, que integran 17 de ellos. Y tal vez terminen dándosela. La economía griega es insignificante en el contexto de la Unión, pero España, otro socio en problemas, ya es mucho más pesado. El desplome griego y los síntomas de contagio por doquier amenazan con gestar un huracán que, como fichas de dominó que caen una tras otra, voltearía a varios países, desde España a Italia, pasando por Portugal y tal vez Francia, provocando grandes zozobras en los mercados -desde el petróleo a las acciones-, una recesión mundial y un colapso del euro.
Los ciudadanos de muchos estados europeos expresaron en las urnas el malestar con sus gobernantes. Desde el inicio de la crisis, extrovertida en 2010, debieron marcharse los gobiernos de Grecia, España, Reino Unido, Holanda, Francia, Irlanda, Italia, Portugal y Dinamarca. Donde había socialistas, la mayoría de los casos, asumieron conservadores; donde gobernaban los conservadores, ganaron los socialistas. Y pueden proliferar los conflictos a medida que se pierdan trabajos y se licúen los salarios.
Islandia e Irlanda, hasta hace muy poco pequeños países cuyo desarrollo fue tomado como ejemplo, se hundieron por el peso de las deudas y los malas inversiones bancarias. España, que desde la década de 1990 actuó como la nueva rica de Europa, se tambalea bajo una gran tormenta financiera, fruto de créditos hipotecarios a la bartola, en tanto el 25% de su fuerza laboral está desocupada. Para obtener nuevos créditos, emite papeles que cada vez pagan intereses más caros. E Italia, que entregó el gobierno a los tecnócratas para que la salven, puede recibir el próximo baldazo. Los bancos griegos y españoles, entre otros, sufren fuertes retiros de depósitos, por lo que se tambalean. Es historia conocida en el Río de la Plata.
Hasta hace unos pocos años Europa y su nueva moneda, el euro, era todo un ejemplo de ingeniería política y económica. Y había algo más importante en la base: Europa fue, durante siglos, el epicentro de los mayores conflictos mundiales. Es un mosaico de naciones, culturas, lenguas y economías diferentes, que demasiado a menudo entraron en conflicto y arrastraron a otros tras sí. Las dos guerras mundiales del siglo XX son el ejemplo más elocuente. El remedio al nacionalismo y al militarismo fue la integración.
EL AJUSTE CULTURAL. No hay ejemplos de crisis generalizada en los países centrales desde la Segunda Guerra Mundial, por lo que es difícil medir el efecto que tendrá sobre el resto del planeta. Claro que ahora el mundo no es el mismo que en 1945. Entonces Estados Unidos significaba alrededor del 50% del producto mundial, en tanto hoy representa poco más del 25%. Ahora hay otros que tiran del carro, como Japón, China o Brasil, países cuyas economías eran insignificantes hace 80 años, o no estaban integradas al resto del planeta, y que hoy acumulan en conjunto más del 20% del producto.
También es cierto que la historia no se repite necesariamente, pero puede parecerse.
Una parte de la solución parece estar en manos de los laboriosos y ahorrativos alemanes, y de su canciller, Angela Merkel. (Los funcionarios griegos se jubilaban a los 55 años, mientras los alemanes trabajan al menos hasta los 63). Esta vez los alemanes no son los malos de la historia, aunque igual reciben palos porque bogan. Pero en buena medida la Unión es un proyecto alemán y deberán seguir auxiliando a los socios más rezagados. El dilema es: cómo equilibrar las cuentas desquiciadas de varios gobiernos y, a la vez, disminuir el impacto sobre la población. Pero en economía no hay magia, o no una que funcione durante mucho tiempo.
Los europeos deberán revisar sus paradigmas. Quienes sufrieron la Segunda Guerra solo sabían vivir al contado; los nuevos ricos de la década de 1970 ya debían parte de su patrimonio; y tras el fin de la Guerra Fría entre 1989 y 1991 irrumpió una generación hedonista, afecta al superconsumo y absolutamente endeudada. Ahora, cualquiera sea el final de fiesta, millones de europeos harán un largo y triste ajuste financiero. Y habrá un ajuste cultural: deberán reconsiderar algunos valores de sus ancestros, esos basados en el trabajo duro y el ahorro.
El economista Javier de Haedo, en una columna publicada el 21 de junio en el semanario Voces, explicó el drama europeo de la siguiente forma: "La situación actual de los países europeos más complicados es parecida a la de la convertibilidad argentina de los `90. Han renunciado a tener una moneda propia, la que está en paridad fija en relación a una ajena, que por lo tanto no emiten. Pero mantienen políticas fiscales autónomas que son incompatibles con la política monetaria ajena y la fortaleza de la moneda ajena. Y entonces se endeudan crecientemente en esa moneda ajena hasta que llega un punto en que la situación no se percibe como sostenible. Hay dos caminos posibles: o los países resignan sus políticas fiscales y de deuda en beneficio de la Unión, o retoman sus políticas monetarias propias. Lo que no se puede seguir es con ambas separadas...".
Una crisis generalizada en Europa reducirá el auge de América Latina por la caída de la demanda de materias primas. Lo que está ocurriendo con el petróleo es una muestra.
Pese a que la Unión Europea en la última década perdió peso relativo como comprador de bienes uruguayos (del 19% del total en 2001 a 15% en 2011), su importancia es muy significativa. Y, además, la demanda de Europa incide mucho en los precios internacionales de las materias primas, que son volátiles.
Uruguay, cuya economía equivale al 0,06% del producto mundial, es solo una gota en el río y en absoluto incide sobre los precios de lo que exporta. Es un neto tomador de precios.
La Federación Rusa es un firme cliente de Uruguay (4,9% del total de exportaciones en 2011), en particular de carnes; y dentro de los miembros de la Unión se destaca la demanda de Alemania (3,8%), España (2,5%), Italia y Países Bajos. Estos estados pueden reducir sus compras de carnes bovinas, soja y la celulosa que exporta UPM desde su zona franca (y que también venderá Montes del Plata desde la suya en Punta Pereira a partir del año que viene).
Otros efectos ya visibles de la crisis europea sobre Uruguay son la depreciación de la moneda local, el peso, ante el dólar y cierta caída del interés de los inversores por los papeles públicos uruguayos.



