MIGUEL MORA, El país de Madrid
Llegan días decisivos para la centro-derecha italiana, y la coalición hace aguas por todas partes. Dos años y tres meses después de volver al poder con la mayoría más amplia de la historia republicana, la división, la improvisación y el caos presiden la situación. Pese a las proclamas lanzadas en televisión -"yo me encargo de todo"-, Silvio Berlusconi parece incapaz de mitigar la sensación de desgobierno y de frenar los chantajes cruzados.
Los ajustes de cuentas se suceden cada día, en una espiral del todos contra todos. El ministro de Economía, Giulio Tremonti, ha amenazado con dimitir tras una tensa conversación con Berlusconi, quien según Il Corriere della Sera le recriminó una semana atrás la excesiva impopularidad del ajuste fiscal.
Mientras Berlusconi se precipitaba a desmentir que el Gobierno planee quitar la decimotercera paga a las fuerzas del orden, como se había anunciado, los presidentes de las regiones del sur del país se rebelaban contra Tremonti, no sólo porque deberán soportar la mitad del ajuste de 35.000 millones de dólares, sino porque el ministro les ha acusado, al más puro estilo de la Liga del Norte, de malgastar los fondos de la Unión Europea.
Según dijo Tremonti, los gobernadores del sur (de Lazio para abajo), "son unos canallas y sólo han invertido 5.000 millones de los 61.000 previstos en el programa 2007-2013".
Otra parte del desbarajuste se origina en el ansia del primer ministro por aprobar caiga quien caiga y cuanto antes la ley sobre escuchas judiciales, más conocida como ley mordaza. Las diferencias en ese flanco con Gianfranco Fini son tan notorias que en círculos de la mayoría se juzga como "muy probable" la inminente escisión del Pueblo de la Libertad (PDL) en dos corrientes.
De momento, Fini devolvió el domingo públicamente a Berlusconi la amenaza de expulsarle del partido si no acepta la ley: "Que intente echarme", afirmó, "yo me planto del lado de la Constitución y de la legalidad. Si la ley de escuchas se aprueba, nuestros electores entenderían que hay un problema de ilegalidad en el Gobierno. Y si se rompe el Pueblo de la Libertad no pasa nada, nacería una cosa nueva".
Berlusconi trata de taponar la sangría apareciendo sonriente en la televisión, pero lleva semanas sin citar los sondeos, lo que revela la gravedad de la situación. La relación con el Ejecutivo es la gran inquietud. Berlusconi ha encargado a su número dos, Gianni Letta, que medie con el presidente de la República, Giorgio Napolitano, para encontrar soluciones a lo que éste ha definido como "puntos críticos" de la ley mordaza. El jefe del Estado ha hecho saber que negociar las leyes no está entre sus atribuciones, pero había sugerido hace días la solución: los defectos son el ataque a la libertad de prensa y a la lucha antimafia.
Dos groseros empujones han socavado la paciencia de Napolitano: unas declaraciones de Niccolò Ghedini, abogado de Berlusconi, en las que este despreciaba su tarea y recordaba que la soberanía legislativa es del Parlamento, y el episodio de Aldo Brancher, el amigo de Berlusconi procesado por apropiación indebida y ascendido a ministro (sin atribuciones) sólo para acogerse al escudo judicial unas horas después de la firma.
Brancher dimitió ante una moción de censura presentada por el Partido Demócrata y también del partido Italia de los Valores, que iba a ser estudiada a fines de esta semana. Fue ministro por 17 días. Las sospechas de que su nombramiento era para escapar del escándalo judicial llegaron a la presidencia italiana, que dejó claro que en realidad la cartera no tenía funciones (Brancher fue nombrado ministro de Actuación del Federalismo) y por lo tanto podía acudir a las audiencias.
De todas formas el PDL ya temía que muchos diputados propios hubieran votado con la oposición ante la moción de censura y un día antes de la dimisión de Brancher amenazó con la expulsión a los posibles disidentes.
El socio clave del PDL, la Liga del Norte de Umberto Bossi, tampoco está contento. Su sueño federalista aparece cada vez más lejano, y la Liga ha acogido positivamente las reticencias de Napolitano y ha rechazado la posible disolución de las Cámaras, la hipótesis que más seduce a Berlusconi.
La segunda condena, esta vez por siete años, por complicidad mafiosa del senador Marcello Dell`Utri, mano derecha de Berlusconi desde los años setenta, completa el desolador panorama. Escribía el domingo Eugenio Scalfari: "La sentencia confirma una terrible verdad: Berlusconi y la cúpula de la Cosa Nostra actuaron en comunión durante al menos 20 años".
Según el fundador de La Repubblica, toda la política actual está destinada, de forma "lúcida y coherente", a "blindar" esa verdad.
Fiestas de gobierno
Ya el año pasado el premier italiano Silvio Berlusconi había desatado un escándalo a raíz de fotos y declaraciones de las fiestas que se hacían en Villa Certosa, que muchas veces incluían mujeres. Berlusconi intentó detener la publicación de fotos de estas fiestas, que igual llegaron a la prensa internacional.