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Para muchas compañías uruguayas el mundo ya cambió y prepararse hará la diferencia entre acceder a oportunidades o perder el tren. Estar profesionalmente preparados… esa es la cuestión.
La crisis financiera de 2009 fue fundamentalmente norteamericana. Fue, en sustancia, una crisis de activos bancarios originada en la burbuja hipotecaria. Hubo muchos desafíos. Pero un problema que enfrenta Europa hoy no fue igual en 2009 y deriva de la forma diferente como se financian los respectivos bancos. Los americanos se financiaban mayoritariamente con depósitos y, como no existieron grandes corridas contra el sistema, fue una coyuntura muy difícil por carteras "pesadas" y otros motivos, pero los bancos no se vieron obligados a cortar masivamente el crédito para devolver dinero a sus acreedores. La Reserva Federal y el Gobierno de EE.UU. atacaron el problema con todo el arsenal, incluyendo la contundencia del TARP o "Troubled Asset Relief Program". Esa batería de medidas, además del masivo programa de compra de bonos y acciones de bancos con fondos públicos, incluyó inyección de liquidez, salvataje directo, fusiones subsidiadas y toda medida imaginable para asegurar la estabilidad del mercado. El proceso fue muy doloroso pero se evitó la contracción generalizada del crédito o "credit crunch". Pese a que pudo hacerse mejor, Estados Unidos navegó razonablemente el impacto contractivo que esto causa.
Bonos y depósitos
La situación es distinta en Europa. Aunque las crisis tienen cierta similitud, hay al menos dos diferencias importantes.
Primero, los bonos pesan mucho más en la forma como se financian los bancos europeos. Podría pensarse que eso es positivo porque son vencimientos a largo plazo. No es el caso, sin embargo, en circunstancias como la actual. Los depositantes, salvo en una crisis "sistémica" como la que sufrimos en Uruguay en 2002, funcionan como una masa relativamente estable. Los tenedores de bonos son diferentes y mucho menos "confiables" en su lealtad: si al vencimiento confían menos comprarán bonos de otras compañías, o lisa y llanamente otros activos. La magnitud del problema de los bonos determina además que, si Europa quisiera establecer un "TARP" (lo que ya tiene enormes dificultades para hacer), necesitaría uno muchísimo mayor aún al de Estados Unidos.
Esto pone a los bancos bajo la presión de no renovar préstamos y no conceder nuevos. Para peor, las autoridades les están exigiendo a esos mismos bancos reducir su apalancamiento. Los reguladores querrían que los bancos levantaran más capital, pero es muy caro en las circunstancias actuales. Los bancos están optando masivamente por cumplir esa exigencia modificando la otra columna del balance, reduciendo su cartera de préstamos.
La segunda diferencia es que la Unión Europea es menos funcional para enfrentar rápida y decisivamente la crisis porque no tiene el beneficio de una nación y un gobierno federal.
La mezcla es compleja porque, del lado de los bancos, se suma –todo al mismo tiempo- necesidad de cobrar y no renovar préstamos para repagar bonos, necesidad de reconstruir balances afectados por préstamos incobrables y reguladores pidiendo fortalecer esos mismos balances con más capital propio.
Se podrá manejar mejor o peor, pero no hay forma de evitar que la mayoría de estos bancos retaceen nuevos créditos y soliciten simultáneamente a sus deudores que repaguen los que ya concedieron.
Impacto en Uruguay
Durante años, las casas matrices de los bancos europeos cumplieron un papel clave en Uruguay. Otorgaron parte importante del crédito puente en operaciones de inversión así como financiamiento de capital de crecimiento.
Hoy, sin embargo, esos bancos cada vez menos pueden cumplir ese papel. Y se agrega que los gobiernos europeos, que ven lo que está ocurriendo, están incentivando regulatoriamente (y presionan informalmente) para que, a la hora de reducir préstamos, su mercado doméstico sea el menos afectado.
Las consecuencias para las empresas uruguayas son claras: los bancos europeos (no me refiero a las subsidiarias uruguayas que a estos efectos funcionan como bancos uruguayos y tienen alta liquidez) estarán mucho menos activos financiando empresas, operaciones e infraestructura.
Oportunidades para las empresas uruguayas
Es un escenario diferente al de los últimos años para las empresas grandes que necesiten "capital de crecimiento".
Parte del vacío lo llenarán los bancos locales (incluyendo subsidiarias uruguayas de esos mismos bancos europeos). Tendrán la oportunidad de participar en operaciones que antes dominaban las matrices de los grandes bancos. Cuando la escala lo requiera deberán hacerlo sindicados de una forma que hasta hoy fue poco habitual. Ya se ven los primeros síntomas de un cambio hacia mayor cooperación entre competidores, como es habitual en el resto del mundo.
La otra alternativa es una fuente de financiamiento que está irrumpiendo en la región y en la que nos enfocaremos la semana próxima: los fondos de inversión y los fondos de pensión. Allí las empresas uruguayas tienen un desafío porque pueden, o no, estar en condiciones de aprovechar esta segunda oportunidad…
La próxima semana lea la entrega final de esta serie.

