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Desde integrantes de la realeza saudí a modelos como Claudia Schiffer fueron sus clientas, pero el terruño pudo más y Osvaldo Freitas regresó a Uruguay donde acaba de inaugurar Atelier for hair
No sigue tendencias, sino que descubre el estilo que necesita cada una de sus clientas. Si alguna de ellas llega con el pedido del color de turno, seguramente recibirá un no por respuesta. Lo mismo si pide el corte que se impone o los rulos porque la moda lo dicta. Osvaldo Freitas se hizo un nombre a fuerza de diferenciarse de sus competidores y por ello su clientela no lo considera un peluquero más, sino un asesor en belleza. «Cada mujer es única, no puedo tratarlas a todas como si fueran un molde», explicó el profesional.
Tras trabajar en países de la región, en Europa y en Estados Unidos, Freitas decidió regresar a Uruguay, país donde decidió criar a su pequeña hija. Volvió convencido de que las locales pueden recibir un servicio de primer mundo, tal como él le brindaba a Sarah Ferguson, Brooke Shields o Claudia Schiffer. Ellas eran algunas de las habitués del salón que tenía en Nueva York donde también cuidaba de la belleza de integrantes de la realeza saudí.
«Acá, en este atelier para el cabello brindo asesoramiento personalizado, recibo a la primera clienta a las nueve de la mañana y despido a la última a las nueve de la noche», dijo y agregó que el cambio de look no quiere decir renovación total. «A veces basta tijera, peine y secador», remarcó.
Además de lo puramente estético, Freitas tiene la representación para Sudamérica de las denominadas «prótesis craneanas». Son como pelucas, pero su tecnología hace que se adhieran al cuero cabelludo y no se muevan, de manera que parecen natural.
«Siempre digo que le dan sentido de normalidad a las personas que se realizan tratamientos oncológicos porque quienes las usan se ven como si tuvieran pelo y eso da una seguridad que es importante durante su recuperación», puntualizó.
Su Atelier for hair (Costa Rica 1667) tiene otros complementos: cuadros del artista plástico Gastón Izaguirre, wifi y café.
El estilista atiende a cada una de sus clientas: a la primera la recibe a las nueve de la mañana y despide a la última a las nueve de la noche





