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 Lunes 02.07.2012, 12:17 hs l Montevideo, Uruguay
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Economía y Mercado


relevante | Si los países difieren en su abordaje las empresas podrían invertir más en aquellos con tasas amigables

Se debate nuevamente la visión de que el capital debe estar gravado

Un impuesto progresivo al capital en el presente puede llevar a más inversión manteniendo la desigualdad controlada

Los ejecutivos claman que las tasas de los impuestos a las empresas de Estados Unidos son las culpables de la debilidad económica. La campaña de Mitt Romney acusa a Barack Obama de llevar adelante una "guerra al capital". De hecho, la imposición al capital de Estados Unidos es más turbia que confiscatoria. La tasa de impuesto a las sociedades de 39,2% (incluyendo impuestos estaduales y locales) es la más alta del mundo, pero ciertas lagunas hacen que la mayoría de las compañías terminen pagando un 27,6%, similar a la tasa efectiva de 27,4% de Gran Bretaña y más baja que la de 31,6% de Alemania. La tasa de impuesto a las ganancias de capital de Estados Unidos, del 15%, es más baja que en muchos países. Y aun si Romney es el defensor más ardiente del capital, ambos hombres concuerdan en la necesidad de reformas. Esto más que una batalla es una pequeña escaramuza.

La lucha más interesante está dentro de la economía. Para una generación entera, el mensaje de la profesión sobre los impuestos al capital ha sido simple: cuanto menores, mejor. La mayoría de los economistas preferirían ningún impuesto sobre los ingresos de capital. Este aparente fanatismo tiene sus raíces en modelos razonables, desarrollados en los setenta y los ochenta y construidos sobre una agradable simplicidad. Los impuestos inevitablemente implican trade-offs. Los gobiernos gravan a fin de financiar bienes públicos y limitar la desigualdad, pero los impuestos no son un "almuerzo gratis". Las personas y las empresas responden -un impuesto a las zanahorias, por ejemplo, reduce el consumo de zanahorias- y esas respuestas distorsionan la economía y pueden reducir su tasa de crecimiento potencial.

En estos modelos, la desigualdad era vista como un problema de diferencias en los pagos, mejor atendida a través de impuestos a los sueldos. Se entendía que los impuestos al capital tenían grandes costos. El capital, o los ahorros invertidos en producción nueva, aumentan el crecimiento futuro y el consumo. Si un impuesto a los ingresos de capital desalienta la inversión, ese impacto se proyecta indefinidamente hacia el futuro. Como resultado, un impuesto cero sobre los ingresos del capital debería ser preferido, incluso por individuos que no tienen esos ingresos. Los economistas se volvieron insistentes en pedir tasas impositivas reducidas, y los hacedores de políticas respondieron. Las tasas máximas de impuesto a los ingresos de capital en Estados Unidos y Gran Bretaña cayeron en más de la mitad desde los años cincuenta hasta los ochenta. Hay presión para continuar con la tendencia.

Pero algunos economistas están cuestionando la visión prevalente, en parte porque las reducciones en las tasas de impuestos al capital parecen haber traído más desigualdad que crecimiento. En un trabajo de 2008, Juan Carlos Conesa de la Universidad Autónoma de Barcelona, Sagiri Kitao de la Universidad de California del Sur y Dirk Krueger de la Universidad de Pennsylvania sostuvieron que gravar al capital "no era una mala idea después de todo". Los mercados de capitales son imperfectos, observan, y los hogares no pueden asegurarse contra todos los imprevistos de la vida. Gravar parte del retorno del capital para proveer seguridad social contra riesgos es apropiado.

Eso es porque los costos para el crecimiento de los impuestos al capital están sobreestimados. Los viejos modelos sostienen que la oferta de capital es altamente sensible a cambios en la política impositiva, y que una tasa de impuesto cero es necesaria para prevenir que el capital desaparezca en el largo plazo. Esto parece poco realista, sostienen los autores. La mayoría de los impuestos sobre los ingresos de capital son pagados por adultos en edad de trabajar que ahorran para su retiro, quienes van a continuar ahorrando a pesar de los impuestos. Los ahorristas tercos constituyen una oferta estable de inversión en capital, limitando el impacto de los impuestos sobre el crecimiento. En la estimación de los autores, se justificaría una tasa del 36% sobre los ingresos de capital.

En un nuevo trabajo del NBER, Thomas Piketty de la Paris School of Economics y Emmanuel Saez de la Universidad de California en Berkeley, hacen nuevos cuestionamientos a la visión convencional. Los viejos modelos, señalan, ignoran las herencias. En el mundo real las herencias influyen fuertemente en los niveles de ingreso, particularmente entre los muy ricos. Romney recientemente reforzó este mismo punto al exhortar a los estudiantes a endeudarse con sus padres si fuera necesario. Los impuestos sobre los sueldos y los salarios son inadecuados para la tarea de limitar la desigualdad porque castigan a aquellos que obtienen ingresos altos gracias a una mayor habilidad y esfuerzo, más que a herencias. Piketty y Saez también cuestionan la escala de la amenaza para el crecimiento. Señalan a los ratios de capital/producto, que son sorprendentemente estables a lo largo del tiempo a pesar de los cambios en los impuestos. Su modelo encuentra que la tasa óptima de impuesto a la herencia podría ser de 50-60% o más.

Los impuestos a la herencia son una fuente menor de dinero para el gobierno, significando menos de un punto porcentual de los 8-9% del PIB que Piketty y Saez estiman que se recauda por impuestos al capital. Pero gravar ganancias de capital o ingresos corporativos, que son responsables de la gran mayoría restante, también es justificable, sostienen. La línea normalmente difusa entre el ingreso de capital y el del trabajo significa que una brecha grande entre las tasas relativas genera elusión impositiva. Cuando los impuestos a los salarios son altos y los impuestos al capital bajos, las empresas simplemente cambian la compensación desde salarios a opciones de acciones y dividendos, recortando los ingresos por impuestos sin impulsar el crecimiento. Esto dicho, las tasas de impuesto al capital tanto o más altas que aquellas al trabajo pueden tener sentido, piensan.

VÁLVULA DE PRESIÓN. Un trabajo reciente de Emmanuel Farhi de la Universidad de Harvard, Christopher Sleet y Sevin Yeltekin de la Universidad de Carnegie Mellon, e Ivan Werning del Massachusetts Institute of Technology elabora otro argumento en contra de la abolición. Los autores señalan que una desigualdad en aumento es una fuerza política desestabilizadora, que puede alentar a gobiernos futuros a expropiar riqueza a través de impuestos elevados. Esa amenaza podría desmotivar el ahorro y la inversión actual, algo que una economía débil no puede permitirse. Paradójicamente, un impuesto progresivo al capital en el presente puede llevar a más inversión a través de mantener a la desigualdad controlada y de convencer a las empresas de que su riqueza está (mayormente) segura en el largo plazo.

Preocuparse por tasas altas de impuestos al capital todavía tiene sentido, sobre todo porque el capital es altamente móvil. Si los países difieren en su abordaje, las empresas podrán invertir más en aquellos con tasas amigables. Pero desde una perspectiva global, con un aumento en la desigualdad, tener impuestos en los ingresos al capital va a parecer cada vez más atractivo -y, según algunos cálculos, más razonable de lo que se pensaba hasta ahora.

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