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JULIO PREVE FOLLE
Es muy claro que las decisiones que involucran temas públicos trascendentes, que con seguridad involucrarán los gobiernos de muchos años por delante, deben lograr consensos amplios no solo por responsabilidad hacia la población, sino para asegurar mínimamente que la alternancia de partidos no cambie estas decisiones. Así por ejemplo en el ingreso del país al Mercosur, el presidente de la época procuró un consenso muy amplio que luego durante el proceso de negociación fue decisivo. En efecto, en las múltiples instancias que vinieron después, todos los negociadores sintieron siempre que aún con matices formaban parte de un proceso aprobado por la inmensa mayoría de la población. Por el contrario el acceso de Venezuela al Mercosur, que confirma un importante viraje de nuestra política exterior, no solo fue decidido en un conciliábulo, sino que recoge un muy pobre consenso nacional, que asegura que a poco que las mayorías accidentales cambien, la decisión se dejará de lado. Sin duda.
MAYORÍAS. No solo hay que mencionar el alineamiento político obvio: el partido en el gobierno aprueba el ingreso de Venezuela. Pero veamos la correspondencia de los votos de brazo de yeso con las preferencias de la población. En primer lugar, los partidos tradicionales se oponen con un énfasis muy notorio; pero también hay que considerar que el vicepresidente debe representar aunque sea en parte la opinión de su grupo, opuesto a esta determinación de nuestra política exterior, tanto como el ministro Almagro. Nadie puede saber a cuánta gente representan el vicepresidente o el canciller, pero por poca que sea es muy probable que aquella mayoría oficial dejaría de serlo en este tema. Pero hay también otros cortes posibles. Hace algunas semanas se conoció por ejemplo una declaración de las sociedades rurales del Mercosur, solidarizándose totalmente con Paraguay contra la chicana utilizada para burlar su derecho a disentir. Y hace unos días se difundió la muy dura y fundada opinión de la Cámara de Industrias, que realiza la más grave acusación institucional, que a la vez es la más relevante para el comercio de un país chico. En efecto, ha afirmado que la decisión refuerza al bloque regional como un "foro de concertación política" y ya no más un proceso de integración regido por el derecho internacional. Asimismo recuerda el artículo 37 del Protocolo de Ouro Preto: "Las decisiones de los órganos del Mercosur serán tomadas por consenso y con la presencia de todos los Estados Partes", norma que permite pronosticar una lluvia de recursos provenientes no solo de Paraguay. La gremial es asimismo muy dura con el presidente recordando su voluntad expresada en diciembre de 2011 de saltear al parlamento paraguayo, lo que finalmente ocurrió. Quiere decir que ni los partidos tradicionales, ni una parte del partido de gobierno, ni los industriales, ni buena parte de los productores rurales aceptan esta decisión. No es poco.
LO ECONÓMICO. Claramente es lo de menos. Esta semana la prensa argentina destacó el nuevo impulso que tomó la relación con Venezuela, único país en el que nuestro vecino ha colocado deuda, y más relevante aún para su política petrolera que supuso pasar de 4 mil millones de dólares de superávit energético a un déficit actual de más de 10 mil. Respecto de Uruguay véase lo que plantea la Cámara de Industrias. Expresa en su informe que "no necesariamente mejorará las relaciones comerciales con este país". Y lo fundamenta señalando que Uruguay ya cuenta con ventajas arancelarias tanto en el marco del acuerdo entre el Mercosur y la Comunidad Andina de Naciones, como en el Acuerdo de Alcance Parcial de Complementación Económica, lo que cubre lo principal de la oferta exportable del país con destino a Venezuela. Se trata de una relación comercial de neto corte político, que ha generado dificultades de aplicación. En el sector lácteo por ejemplo se ha logrado colocar productos a mayor precio que el internacional, pero han sido frecuentes los problemas de cobro que se han tenido que arreglar con intervenciones políticas. Otro tanto ocurrió con el tipo de cambio importador que Venezuela aplicó a algunos lácteos que los dejaba fuera del negocio; también en estos casos se ha vuelto imprescindible la intervención política. Y tenemos por allí a Venezuela en Alur, en la deuda de Ancap, todas relaciones que no funcionan en la lógica comercial empresarial del sistema de reglas impersonales, sino a partir de entendimientos producto de la afinidad ideológica accidental. Por cierto no parece atractiva para el corto plazo una relación con un país que bate récords de inflación, que según Cepal es el que expulsó más capitales entre 2008 y 2010, y que es gobernado por quien en su propia tierra en 1992 se levantó contra Carlos Andrés Pérez. Por si esto fuera poco, no hay chance de que Venezuela acepte el arancel externo común del Mercosur, ni que desmantele sus trabas no arancelarias, en ambos casos no solo por su condición fuertemente proteccionista, sino porque los demás son, en especial Argentina, violadores contumaces de todo un sistema de reglas que no sienten los obligue. No hay pues mucho más para vender, menos aún para comprar más allá de lo que hoy adquirimos, y definitivamente no hay condiciones para inversiones recíprocas. Y por si fuera poco, la afinidad con aquel pueblo significa poco al compararla con el paraguayo agredido una vez más.
GEOPOLÍTICA. Queda la mirada de largo plazo, recogida en esas expresiones del presidente en el sentido de que el mundo va para ese lado. Yo no sé para qué lado va el mundo, o qué parte de él va para ese lado; y a lo mejor la que está yendo lo hace en un carro del que muchos se quieren bajar. En efecto en América del Sur, con Bolivia y Ecuador, es éste el club con peores relaciones internacionales, peores guarismos económicos, peor reputación institucional. En cualquier caso no está mal que el gobierno crea que el mundo no va en el tren al que Jorge Batlle y Tabaré nos invitaban a subir, hacia Estados Unidos, y entienda que hay que subirse en cambio a un carro de pértigo. Eso no es lo relevante. Lo que importa es que para emprender semejante viaje es imprescindible hacer el ejercicio de convencer a muchos, y no resolver por sorpresa. Como conclusión, me parece que la tradición del país en materia de política exterior, siempre procurando decisiones de Estado, de largo plazo, con todos, no merecía romperse. Menos aún -aplicando la analogía bíblica- cambiando la primogenitura por un plato de lentejas.




