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 Lunes 06.08.2012, 11:10 hs l Montevideo, Uruguay
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Economía y Mercado

Lecciones vigentes de un aniversario

CARLOS STENERI

Un lunes como hoy, hace justamente una década atrás, finalizaba en nuestro país un feriado bancario que fue el punto de inflexión hacia la salida de una crisis bancaria sin parangón en la historia reciente.

El tema toma realce cuando se observa que la historia se repite con características similares en buena parte del mundo desarrollado. Sus consecuencias también muestran el mismo perfil siendo su denominador común decaimiento del crecimiento, altos costos sociales e inestabilidad política.

Es por eso que vale la pena repasar algunos aspectos, no con el ánimo del festejo triunfalista que en estos temas no corresponde, sino que a la luz de lo que está ocurriendo ahora en algunos países de Europa, comprendamos mejor por la que pasamos, lo que evitamos y cómo mantener la guardia en alto para evitar su reiteración.

INESTABILIDAD. Todas las fortalezas tienen sus flancos débiles. En el caso de los países una de sus vulnerabilidades se encuentra en el sistema financiero, en particular la actividad bancaria.

Sus balances, por definición, son inestables dado que sus activos (préstamos) están respaldados en su mayoría por pasivos (depósitos) cuyo monto y permanencia dependen de la confianza. A su vez, el capital propio para respaldar su operativa es un porcentaje relativamente pequeño de los activos. En otras palabras, en la columna del pasivo, los depósitos son su componente mayoritario. A esa realidad inherentemente inestable, puede agregársele que los plazos de los préstamos superan a los de los depósitos, a lo cual puede adicionarse riesgo cambiario generado por prestar en una moneda (dólares) y financiarse en otra (pesos). Es entonces la regulación la que pone límites para reducir esos riesgos, lo que no es lo mismo que decir que los puede neutralizar totalmente.

Por detrás está la sombra del prestamista de última instancia quien acude en las emergencias aportando liquidez a las instituciones en problemas.

Por tanto, la confianza del público en la solvencia del sistema es la que pone el resto para consolidar la operativa. Muchas veces, su capacidad de sellar fisuras es tan potente que en ocasiones permite disimular por períodos largos la insolvencia bancaria encubierta. Aunque parezca extraño fue lo que ocurrió en nuestro país y ahora en Europa cuando cohabitaban en el sistema bancario instituciones con balances frágiles. De ahí se extraen dos lecciones. Primero, es muy riesgoso mantener operando bancos que están propensos a entrar en la insolvencia o permitirles operar bajo medidas especiales (regulaciones más laxas) a la espera de que algún viento favorable los saque del atolladero. En realidad, se convierten en focos de riesgo demasiados elevados, que ante cualquier shock negativo se desencadenan rápidamente en eventos de inestabilidad con capacidad de convertirse en riesgos sistémicos. Un repaso de las actas del Parlamento después de 1985, referidas a la discusión del tema bancario, muestra reiteradamente la vocación del cuerpo político de mantener abiertos bancos por vías diversas que necesariamente debían ser quebrados por insolventes. Una de las fórmulas fue la fusión de entidades de solvencia escasa o nula, con la esperanza que la nueva sumatoria de las partes generara el valor suficiente para recuperar la solvencia necesaria. En forma paralela, al Banco República en particular, se le exigió por ley la refinanciación de deudas de todo tenor como forma de apoyar a los sectores productivos. El tema de preservar el empleo bancario también jugó su partida, en contra a las medidas de reestructura necesaria para consolidar el sistema. En realidad mantener operando bancos en situación límite para preservar empleo es una fórmula muy riesgosa por los costos potenciales que implica.

Todos esos aspectos medulares estuvieron por detrás de la peripecia de nuestra crisis bancaria, complicando su resolución, y aplicando en su transcurso costos enormes. Lo mismo ocurre hoy en varios países de Europa, donde el Estado salió al rescate de sus bancos, debió quebrar otros con solvencia comprometida por razones parecidas a las recientemente anotadas para nuestro país.

CONTAGIO. Lo que parecía un argumento exótico como explicación de nuestra crisis hace una década atrás, hoy es aceptado como una categoría con perfiles diversos, siempre latente, que se transmite velozmente y para la cual no existen todavía cortafuegos efectivos para detenerla una vez desatada.

Como es una fuerza imposible de erradicar, la única alternativa es inmunizarse de sus efectos más perniciosos. Todo eso confirma nuevamente la importancia de la regulación estricta y severa, la voluntad firme de llevar adelante lo que es necesario hacer para mantener la consistencia del sistema financiero. Eso implica actuar con márgenes de holgura en la instrumentación de las políticas, pecando si es necesario en el exceso para evitar correr de atrás a los acontecimientos.

Hoy Europa es un muestrario perfecto de una realidad compleja que se desenvuelve en una suerte de efecto dominó, donde los acontecimientos todavía le llevan la delantera a las políticas.

También se desnuda una vez más la insuficiencia de la institucionalidad internacional disponible para resolver este tipo de procesos. En nuestros episodios contábamos únicamente con un Fondo Monetario timorato e incapacitado para lidiar con los efectos del contagio. Una década después, una troika de instituciones (Banco Central Europeo, Comisión Europea y el Fondo Monetario) no ha podido cauterizar una crisis bancaria que lleva demasiado tiempo.

El mundo a pesar del tiempo pasado sigue esperando por una institucionalidad adecuada que ayude a prevenir estos eventos y, si llega el momento, revertirlos. La tarea sin duda no es fácil, pues se trata de sincronizar localismos regulatorios, visiones económicas contrapuestas y culturas diferentes en aras de crear una institucionalidad de índole supranacional que debe operar sobre sistemas bancarios con especificidades domésticas propias.

SISTEMAS POLÍTICOS. Es valor entendido que al final del día el desempeño del sistema político es clave para resolver las crisis, en particular las de índole financiero. Como representante de la sociedad es a través suyo que se canalizan las tensiones, se viabiliza la instrumentación de las estrategias de salida y se recupera la confianza. En estas circunstancias los liderazgos son esenciales. Esa fue una de las constataciones básicas de nuestra peripecia, y una de las carencias que muestra la realidad europea actual. No hay liderazgos firmes con una visión adecuada a las circunstancias ni con horizontes profundos que permitan vislumbrar los riesgos que se corren. Quizás las restricciones que impone operar políticamente en un espacio con poderíos económicos tan disímiles y tan fragmentados culturalmente convierta la misión en imposible. Pero es un dato del problema preocupante, cuando por vez primera en casi un siglo, las dos grandes parcelas del mundo desarrollado se mueven en forma sincronizada en una fase de crisis que tiene el potencial de arrastrar a otras áreas del globo.

Aunque todavía tiene solamente cariz de titulares en la prensa, países que parecían inmunes a los efectos de la crisis, como Alemania y Holanda, recibieron su toque de atención desde las calificadoras de riesgo al poner con perspectiva negativa su apreciada AAA de la calificación de su deuda soberana. Esto muestra que las crisis bancarias pueden afectar al crédito de los soberanos por vías diversas. En unas directamente, cuando se agotan las reservas y se contrata deuda para el rescate del sistema bancario. En el caso europeo, cuando indirectamente se debe respaldar los costos de una crisis en uno de sus socios regionales.

Todo esto pone sobre la mesa que los riesgos que fuimos capaces de disipar una década atrás siguen vigentes, constatando que poco se ha aprendido cuando miramos con asombro lo que ocurre en Europa.

Lo que nos lleva una vez más a decir que haber triunfado una vez, aunque magullados, no nos evita las recaídas. Por tanto, que nuestra peripecia nos sirva de lección para nunca bajar la guardia en la materia.

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