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FRANCISCO ROSENDE | DESDE SANTIAGO DE CHILE
Durante el presente año, el escenario económico mundial se ha deteriorado considerablemente. El centro de las preocupaciones se ha focalizado en el complejo proceso de ajuste por el que atraviesa la mayoría de las economías de la Zona Euro. Así, cada semana se renueva y acrecienta el temor de un ajuste desordenado de dichas economías, las que muestran altos niveles de endeudamiento, frágiles sistemas financieros, mercados altamente regulados y por lo mismo, poco flexibles.
Para complicar más las cosas, la economía norteamericana no logra consolidar su proceso de recuperación, al tiempo que se vislumbran nuevos y encendidos debates con respecto a la forma en que deben resolverse los problemas de las finanzas públicas. En el caso de las economías emergentes más dinámicas -las denominadas Brics- subsisten temores con respecto a las perspectivas de la economía china, en las que se mezcla el vigor de mercados en expansión, con temores a una expansión imprudente del crédito interno. Por otro lado, la economía brasileña parece acusar los efectos del deterioro de la economía global, a los que se añaden los problemas que provoca una alta carga tributaria junto con una abundancia de regulaciones.
MACROECONOMÍA. ¿Qué pasa con la economía chilena en este contexto adverso? En principio, podemos sostener que esta muestra dos caras que deberán enfrentarse en los próximos meses.
Por un lado, tenemos una economía esencialmente sólida en términos de sus indicadores macroeconómicos. En efecto, la situación de las finanzas públicas es muy fuerte, considerando que el gobierno tiene una posición acreedora neta, en tanto que en materia de flujos, el presupuesto fiscal se ha mantenido en torno al equilibrio. También es importante destacar la fortaleza del sistema financiero, que muestra una adecuada base de capital, junto con una regulación moderna y efectiva. Por último, la baja tasa de inflación -que para el presente año se estima inferior al 3%- a lo que se añade una fuerte posición de reservas internacionales, dejan el espacio suficiente a la política monetaria para garantizar un suministro efectivo de liquidez a la economía, ya sea en pesos o dólares. Ello, no obstante las turbulencias que pudiesen provenir de la economía mundial.
Desde luego, en un país históricamente afectado por los terremotos, sabemos que la eficacia de la construcción anti sísmica depende de la intensidad de los movimientos que deba resistir. Así, los pilares macroeconómicos de la economía chilena parecen adecuados para resistir un cierto grado de deterioro de la economía mundial; sin embargo, todavía no es clara la magnitud de los efectos que puede provocar la generalizada crisis de las economías industrializadas.
En su reciente Informe de Política Monetaria, el Banco Central de Chile proyectó un crecimiento del PIB en torno a 4,5% para el presente año, al tiempo que se anticipa un crecimiento algo por encima a 5% de la Demanda Agregada. Para el Banco Central, la Formación Bruta de Capital Fijo continuará observando un importante dinamismo, aunque se reducirá desde el 17,6% de crecimiento del año 2011 a un 7,4% proyectado para el presente año.
En el mismo Informe, el Banco Central revisó a la baja la proyección de Términos de Intercambio estimando una caída de 6,9% en dicha variable para el presente año. Por otro lado, se proyecta un crecimiento de 3,6% en el PIB de los socios comerciales, medida dicha variable a paridad de poder de compra.
LUCES AMARILLAS. Uno de los focos de cierta preocupación que muestra la economía chilena, es el comportamiento observado por el déficit en la Cuenta Corriente de la Balanza de Pagos, el que se proyecta alcanzará un 3,1% del PIB este año, tras registrar un superávit de un 1,9% en el año 2010. Desde luego, se trata de un déficit pequeño, que no debiera plantear dificultades de mantenerse dentro del rango previsto. Sin embargo, la preocupación surge del hecho que éste se origina no obstante el favorable escenario de términos de intercambio que ha enfrentado la economía chilena y refleja -esencialmente- una expansión elevada y sostenida de la Demanda Interna. Está aun latente el recuerdo de otros ciclos adversos de la economía mundial donde la combinación de un deterioro significativo de los términos de intercambio junto con una declinación considerable en los flujos de crédito, golpearon con fuerza la actividad económica y el empleo.
La otra cara de este proceso es la preocupación manifestada por el mismo Banco Central en su Informe de Estabilidad Financiera, en el que advierte su preocupación por la tendencia creciente que se percibe en la deuda de los hogares y, también, en los precios de las propiedades. Si bien no se ha llegado a niveles peligrosos en ninguno de los dos planos, la advertencia del instituto emisor debiera conducir a una administración cautelosa de sus herramientas, al tiempo que pone ciertas luces de alarma y cautela para el sector financiero y los reguladores correspondientes.
La otra cara de la economía chilena es la que muestra un debate político ansioso y sin una agenda clara. Así, en las últimas semanas se ha sostenido un intenso debate en torno a la magnitud en la que debiera reajustarse el salario mínimo, lo que ha dejado de manifiesto un importante grado de desconexión con la realidad económica de importantes actores de este debate. De hecho, la demanda de un reajuste del orden de 35% formulada inicialmente por la Central Única de Trabajadores -en una economía cuyo ingreso nominal se estima crecerá cerca de 7,5%- fue rápidamente apoyada por diferentes sectores, lo que naturalmente ha complicado las negociaciones posteriores. Cabe mencionar al respecto que los economistas chilenos recuerdan nítidamente como en medio de la explosión de la denominada "crisis asiática", a fines de los noventa, se aplicaron agresivos reajustes del salario mínimo, los que ocasionaron más tarde altos niveles de desempleo entre los jóvenes y los trabajadores de menor calificación.
Otro foco de inquietud proviene del lado tributario. En efecto, tras la presentación de una reforma tributaria por parte del gobierno algunas semanas atrás, la que apunta a producir algunos ajustes en la estructura tributaria y elevar la recaudación en alrededor de un 0,3% del PIB, la oposición ha demandado aumentos más importantes de la carga tributaria. Más aún, se ha señalado que de aprobarse esta reforma, solo sería el primer paso en un camino conducente a elevar la carga tributaria entre 3 y 4 puntos del PIB.
Más allá de la pertinencia de los ajustes tributarios en discusión, parece evidente que sostener un debate en este plano es altamente inconveniente para una economía que enfrente un cuadro económico global donde lo que precisamente abunda es la incertidumbre.
Como he señalado en otras ocasiones en este mismo espacio, la economía chilena ha logrado progresos importantes en el nivel de vida de sus habitantes a través de la aplicación rigurosa de un modelo de economía de mercado. Durante el año pasado se levantaron reacciones críticas hacia ciertos aspectos específicos sobre el funcionamiento de los mecanismos de evaluación y financiamiento de las universidades, lo que ha provocado una serie de iniciativas de política en este ámbito. Sin embargo, resultaría muy incorrecto y desafortunado interpretar que dichos movimientos y demandas plantean la necesidad de provocar cambios mayores en la economía chilena. Ello no solo nos hará más vulnerables a las turbulencias externas, sino que lo que es peor, amenazará la conquista del desarrollo cuando esta meta parece más próxima.





