|
||||||||
Me resulta muy difícil escribir hoy sobre los temas que habitualmente abordo desde esta columna, porque una fuerte emoción parecida a la rabia me sacude a partir de lo que hizo nuestro gobierno en el episodio por el que integró una nueva Triple Alianza contra Paraguay. Este país es objeto de mi especial afecto por todo lo que lo hicimos sufrir, pero es también un lugar en el que he sido recibido con respeto desde siempre como consultor y ahora también como empresario. Es más; con gratitud soy portador de documentos de ese país con los que he transitado de Encarnación a Ciudad del Este, de Asunción a Curuguaty.
REACCIÓN. "Indignación y vergüenza …", así comenzaba el extraordinario editorial del domingo de este diario, detallando la reacción que genera en tantos uruguayos lo ocurrido. Somos muchos en efecto los que repudiamos no solo la intervención en asuntos internos de un país amigo, sino el juicio sumario, sin derecho a réplica del gobierno paraguayo, para expulsar a este país del Mercosur. Pocos dudan sobre la constitucionalidad de lo ocurrido en Asunción, que por otra parte probó de modo incuestionable el descrédito total de un gobernante por mayorías parlamentarias abrumadoras.
Pero lo que hoy genera aquellos sentimientos es la reacción patotera de este Comité de Base ampliado en que se ha convertido este modelo de integración, al que no lo une un proyecto comercial sino apenas una afinidad ideológica accidental. La decisión tomada no me representa ni a mí, ni a tantas y tantos ciudadanos, a quienes nos rechina la intromisión en asuntos internos, bandera clave en nuestra historia diplomática, condición necesaria de los países chicos para defender su soberanía.
A la indignación por la intromisión y por el juzgamiento se suma la vergüenza. Esta deriva de la participación en la chicana para aprovechar la ausencia de Paraguay, de modo de estafar su voluntad de no permitir el ingreso de Venezuela al Mercosur. Hemos cambiado a un país socio y amigo de siempre por otro, ahora amigo íntimo nada menos que de Irán, que intentó promover un golpe militar en Paraguay, como ya lo había hecho Chávez en su propia tierra en 1992 contra Carlos Andrés Pérez, y acusado de reacciones autoritarias respecto de la oposición, la prensa libre, etc. Para peor, la decisión de aceptar a Venezuela se habría decidido en un conciliábulo de tres presidentes, en el que el nuestro habría sido convencido por los demás de cambiar su posición en base a argumentos que nadie ha explicado. Qué papel pobre hacemos, y más todavía porque nadie, ni el canciller, ni el partido de gobierno, supieron las razones de tal cambio.
La decisión de este conciliábulo no representa a los uruguayos, no estamos allí. Qué diferencia al tratado del Mercosur, solo firmado una vez recogida la voluntad de todos los partidos, convocados en su momento por el presidente Lacalle que así lo entendió por la importancia del tema. De la apertura a todos los partidos pasamos a la decisión de conciliábulo: todo un símbolo de los tiempos que corren.
DGI Y POLICÍA. Pensándolo bien a lo mejor se entiende que todo esto no está tan descolgado de otras realidades de gobierno. Éste ha ido adoptando una actitud mayestática, que lo lleva a sentirse facultado a violar normas, a imponer conductas, como si todo lo que obrara formara parte del bien, y los que se oponen -traidores, lenguaraces- militantes del mal. El gobierno parece actuar como si sus funcionarios fueran personajes ínclitos, capaces de cubrir con su beatitud de izquierda cualquier determinación. Así pues, se van introduciendo disposiciones que de a poco hacen retroceder nuestro estilo de vida. Ya la política exterior es de partido, no de Estado; el derecho de propiedad puede trastocarse por razones medioambientales, para ejercerlo hay que pedir permisos varios, los precios se pueden intervenir discrecionalmente, la seguridad se cae, la educación se entrega a los gremios, etc.
Como parte de este retroceso institucional están los poderes discrecionales que crecientemente se le otorgan a la DGI, ahora en un nuevo intento de incrementarlos en la Ley de Rendición de Cuentas. Con fuertes críticas acerca de la constitucionalidad, allí aparece la posibilidad de apelar cuando se le ocurra al auxilio de la fuerza pública para desarrollar sus inspecciones. Llegamos así al clímax de la policía tributaria y al colmo de la inseguridad del ciudadano cuando se relaciona con la administración. En realidad la DGI no tiene la culpa. La ponen a administrar impuestos que obligan a actuar en forma detectivesca para conocerlo todo, destruyendo de este modo también la reserva a la que tenemos derecho. Así son los impuestos directos, que exigen un esfuerzo policíaco que no vale la pena, y un conocimiento de la intimidad de la gente que no comparto. Por el contrario sigo creyendo en la mayor justicia de la tributación indirecta.
INSÓLITO. Y definitivamente no acepto que estos avances en una mal llamada transparencia -también la promiscuidad es transparente- supongan crecimiento en calidad institucional como para hacernos aparecer como un país serio al mundo y convocar así inversión extranjera. En realidad la calidad institucional se deteriora cuando damos este espectáculo casi de sainete, con un conciliábulo resolviendo agraviar a un país en sus decisiones libres invocando la democracia, para en el mismo acto darle la bienvenida a otro que alentó en esos mismos días un golpe militar. Y que lo hace utilizando una chicana procesal. Completa el panorama insólito un canciller que declara no saber qué pasó, no estar de acuerdo con la medida pero sí seguir en el cargo, un vicepresidente que señala que se propinó al Mercosur la peor herida de la historia, y un partido que aplaude lo que no conoce ya que el presidente votó por razones in péctore. Todo esto es más importante en términos de calidad institucional que cumplir o no con las exigencias de la OCDE.
Es verdad que hay en los dos episodios, el golpe a Paraguay y la bienvenida a la Venezuela de Chávez, Irán y Maduro, motivos de indignación. Pero si se mira la película completa, con todas las demás escenas de nuestras instituciones funcionando, el sentimiento se trastoca en tristeza; por lo que somos, por lo que hemos dejado de ser.


