JAVIER DE HAEDO
Se conocieron recientemente las conclusiones de la revisión periódica que el FMI realizó con relación a nuestro país en el pasado mes de septiembre, en el marco de una evaluación que realiza anualmente con todos los países miembros del organismo. El País publicó dos notas, el domingo 21 y el lunes 22, que ilustran cabalmente la visión de esa institución sobre la economía. Visión que, al menos en lo que a Uruguay refiere, para nada ha cambiado tras la gran crisis financiera de las economías desarrolladas, a pesar de todo lo que se ha dicho en los últimos años acerca de un aggiornamento del Fondo tras los múltiples traspiés que ha tenido en sus diagnósticos y recomendaciones de políticas.
En el caso de nuestro país, el FMI también quiso mostrar una nueva imagen y eso se tradujo en una notoria obsecuencia hacia las autoridades de turno, y en soslayar críticas que debió realizar ante desvíos fiscales e inconsistencias entre las políticas económicas. Ahora, con eufemismos, se suma a hablar de la herencia que un gobierno de izquierda le dejó al otro, y señala que "para el Presupuesto quinquenal las nuevas autoridades busquen retornar a objetivos (fiscales) más ambiciosos", lo que "será importante para reducir la deuda pública a niveles más confortables".
El Fondo está diciendo, en definitiva, que se llegó a resultados fiscales inconvenientes y que la deuda permanece en niveles poco confortables, pero no lo puede decir con todas las letras porque en los años pasados calló. Y, como es sabido, el que calla otorga.
Vuelve a plantear entonces una meta fiscal equivalente a un déficit de 0,4% del PIB, la misma que hubo en los años finales del gobierno Vázquez, y ahora lo hace a partir de 2011.
Para ello recomienda moderar los aumentos en el gasto público, particularmente en los salarios (y en las jubilaciones, que están indexadas a ellos). En el período que terminó, los salarios subieron a un ritmo de entre 4% y 5% anual por dos razones: primero, porque hubo un compromiso del gobierno, consistente en recuperar la pérdida de salario real que se había registrado en el gobierno Batlle, debido a la crisis que vivió el país; segundo, porque el mundo nos generó una situación económica extraordinaria que permitió generar los recursos para pagar esa cuenta. En el nuevo período, ya no existe la primera de las razones y es imposible prever que se dé la segunda. En este contexto los salarios deberían subir a una tasa del orden de la mitad de la registrada en el período anterior. En esto el Fondo tiene razón.
Pero no la tiene al fijar el objetivo fiscal que establece, un déficit de 0,4% del PIB para cada año desde 2011. Acá tenemos al mismo FMI de siempre, que aplica reglas rígidas independientemente de la coyuntura. ¿Es lo mismo llegar a un déficit de 0,4% del PIB con la economía creciendo al 2% anual que al 4% o al 6%? ¿Dónde está el concepto de ajustar los números fiscales por el ciclo económico? Si para algo deberían servir organismos como el FMI para países como el nuestro es para asistirnos técnicamente en el diseño de instituciones fiscales de segunda generación, en lugar de seguir utilizando el ábaco. Precisamente por tener objetivos fiscales poco ambiciosos es que estamos donde estamos: el FMI mantuvo el objetivo de un déficit de 0,4% del producto aún cuando la realidad superaba las mejores expectativas y el mundo nos permitía crecer al 7% anual en vez de al proyectado 4% anual. Y esa meta era tan rígida como el propio Fondo y dio lugar, implícitamente, a que se gastara todo el aumento de recaudación más allá del previsto con un crecimiento normal. Y si en la cresta de la ola apenas rozamos el equilibrio fiscal, no debe sorprender que cuando la ola perdió fuerza termináramos en un déficit de 2,3% del PIB en 2009, de acuerdo a los últimos datos fiscales divulgados al cierre de febrero.
Si bien los técnicos del FMI no plantean la creación de un "fondo anticíclico", al menos sugieren la creación de un "fondo de energía" para minimizar los efectos fiscales de las sequías que con recurrencia debemos enfrentar, mientras no se solucione el problema de fondo o estructural que consiste en aumentar la capacidad de generación. Plantean la creación de una suerte de adicional a la tarifa para conformar aquel fondo, la que seguramente no se sentiría en los bolsillos en tiempos de abundante generación y permitiría ser utilizada en tiempos de escasa hidraulicidad de nuestras represas. Lamentablemente estamos muy lejos de llegar a esa solución ya que estamos en la situación exactamente opuesta: venimos de años de fuertes déficit financieros en UTE, que dieron lugar a una acumulación de deudas por cientos de millones de dólares. Ahora tendremos que pagar más tarifas que las que surgen directamente de la coyuntura para ir tapando ese agujero y recién después de tapado se podrá pensar en seguir pagando de más para elaborar el fondo que recomienda el Fondo. Siempre y cuando en el camino no nos tropecemos con otra sequía como las que hemos tenido en tres de los últimos cinco años.
Pero el viejo FMI vive y lucha, una vez más, cuando habla de competitividad. Según El País del lunes 22, el "FMI descarta baja de competitividad" y si bien admiten que el "peso uruguayo se ha apreciado desde 2003, no hay evidencia de problemas de competitividad" ni de un "potencial desalineamiento del tipo de cambio real". El informe señala que tres de los cuatro modelos de estimación utilizados "revelan que el peso necesitaría apreciarse ligeramente para alcanzar su valor de equilibrio".
Como referí al principio, la misión del FMI hizo su visita a Uruguay en septiembre y si bien no se dice de cuándo datan las estimaciones realizadas en base a modelos, es evidente que de septiembre a acá nuestra moneda se apreció más que ligeramente (13% en septiembre-enero). Hoy tenemos el mismo tipo de cambio nominal de mediados de 2008, pero con los precios de exportación más de un 20% por debajo de los de entonces. Las propias series del BCU muestran mes a mes un fuerte deterioro acumulado en el tipo de cambio real contra todo el mundo menos Brasil y hoy estamos con índices similares a los de inicios de 2002 y bajando.
De acuerdo con los datos difundidos por el BCU al cierre de febrero, correspondientes al mes de enero, el tipo de cambio real de Uruguay con relación al resto del mundo se ubica 18% por debajo del nivel promedio de la serie publicada por el Central y que se inicia en 2000. El promedio de un extenso período constituye una buena referencia y los principales resultados no cambian si se consideran períodos aún más largos, desde 1977. El "atraso cambiario" con relación a fuera de la región llega al 26% y se ubica entre 17% y 39% con relación a todos los países considerados por el BCU excepto Brasil, con el que tenemos un tipo de cambio real 4% mayor al promedio del período.
Finalmente, y esto sí es novedoso, cabe destacar que el FMI señala que "reducir más la pobreza sigue siendo un desafío" y propone "promover la inclusión social de segmentos desfavorecidos de la sociedad (lo que) permanece como una meta clave en Uruguay". La verdad, esto sí es nuevo en los "papers" del Fondo, que hasta parece progresista y todo. Cosas veredes.
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