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CARLOS STENERI
Al final de un camino tortuoso y pleno de contramarchas, el Banco Central Europeo acaba de anunciar lo que muchos reclamaban desde hacía tiempo: una inyección voluminosa de liquidez a través de la compra de bonos soberanos como forma de desterrar la crisis bancaria devenida en crisis de endeudamiento. El efecto esperado es la suba del precio de esos títulos, lo que equivale a bajarle su tasa de interés y por ende el costo del financiamiento del país emisor.
En este caso, los países en problemas son España e Italia, aunque el anuncio no excluye a ninguna jurisdicción. Con ello se despejarían las dificultades que tienen algunos bancos en su liquidez o solvencia, se rebaja el costo del refinanciamiento de las deudas soberanas, se despejan las dudas sobre la permanencia de la Unión Monetaria y por ende la vigencia del euro.
Sin duda que el anuncio del presidente Draghi ha sido un paso osado, por sus implicancias técnicas y, sobre todo, políticas. De alguna manera, Alemania debió cambiar su postura renuente a fórmulas que pudieran generar inflación, aceptando ahora la monetización del rescate europeo. Con ello se abren nuevos capítulos de la historia futura del viejo continente, cargados de bifurcaciones aún difíciles de predecir.
ALGO DE HISTORIA. Una de las lecciones básicas que dejó la crisis del treinta, del siglo pasado, fue que la falta de liquidez ahondó la virulencia de la contracción económica. La ortodoxia del momento, que mamaba los preceptos de un patrón oro en decadencia, señalaba que los ajustes automáticos entre los niveles de precios de los países eran la receta adecuada para reequilibrar la situación. Según esa visión, toda inyección de dinero no hacía otra cosa que alentar burbujas especulativas que ahondaban la crisis y de paso dejaban una estela inflacionaria. Ese enfoque fue desmentido por Milton Friedman y Rosa Schwartz en su libro "La historia monetaria de Estados Unidos", en el que se demuestra que la política monetaria restrictiva de la Reserva Federal provocó fuerzas deflacionarias y desencadenó quiebras bancarias generalizadas que arrastraron a rondas sucesivas de quiebras de empresas, cuya contrapartida fue el desempleo generalizado.
Sobre esa constatación histórica es que la Reserva Federal de Estados Unidos comenzó a actuar enérgicamente a través de la figura de su gobernador Bernanke, apenas comenzados los indicios de la crisis financiera a partir de 2008. Al respecto, se montó una batería inédita de políticas, donde todas apuntaban a inyectar liquidez para apuntalar los balances bancarios y facilitar la expansión del crédito doméstico. A pesar del esfuerzo inédito, el crecimiento y el empleo no muestran hasta ahora los resultados esperados, lo que indica la envergadura y la profundidad de las dificultades a resolver. En definitiva, fue y sigue siendo un camino de prueba y error, sujeto a críticas por lo escaso de sus resultados dado los riesgos que implica hacia el futuro. Sin embargo, el camino elegido no tiene sucedáneos mejores. A su favor puede atribuírsele el colapso que evitó, pero dejando en el debe cuál será la ruta de salida final. Esa realidad ha sumido al mundo en niveles de liquidez excesiva, tasas reales de interés negativas y sobrevaluación relativa de las monedas de los países emergentes, lo cual les complica su falta de competitividad endémica, y la dilución del dólar como moneda de resguardo de valor. Sin duda estamos en una transición histórica, de la cual es difícil aún emitir certezas sobre escenarios futuros, salvo algunos trazos generales sobre la decadencia del dólar como moneda de referencia universal.
REALIDAD EUROPEA. La crisis europea tiene características de propagación y efecto similares a las de cualquier evento similar ocurrido en el planeta, pero navega en una geografía política diferente, lo cual le agrega complejidad a la resolución del problema. En realidad, la Unión Europea se asemeja y pretende operar como un gran país, que tiene una moneda común, una política monetaria regida por un organismo supranacional independiente como el Banco Central Europeo, pero que desde el punto de vista político es una federación de naciones acollaradas por una visión que en muchos casos se colorea con la realidad y las necesidades de la nación en cuestión. A eso hay que sumarle carencias institucionales para forzar el cumplimiento de las pocas normas explícitas de coordinación macroeconómica acordadas, tales como los límites de déficit fiscal, o para advertir sobre los desvíos que arriesgan la propia existencia del acuerdo.
Sobre esta realidad, el Banco Central Europeo ha venido adquiriendo relevancia. Su carácter supranacional y su índole independiente del poder político que le otorga su carta orgánica, es lo que ha venido llenando el vacío institucional en lo que hace a los mecanismos idóneos para resolver este tipo de crisis. Hasta el momento la troika integrada por el Fondo Monetario, la Comisión Europea y el Banco Central Europeo, no han podido cauterizar la crisis a pesar de los esfuerzos y los recursos empleados. Hasta ahora, los resultados muestran que han venido corriendo los acontecimientos desde atrás.
Por tanto, el anuncio reciente del BCE pretende adelantarse a los hechos, tal como lo ha hecho la Reserva Federal, haciendo un paréntesis en su postulado básico de controlar la inflación para volcarse de lleno al de la reactivación económica. Pero el anuncio es la culminación de un camino lleno de dudas y de superación de restricciones políticas. No debemos olvidar que hasta hace apenas un año atrás, su ex gobernador Jean Claude Trichet insistía que el banco debía abstenerse en lo posible de desviarse de su cometido primordial, aunque a su pesar debió hacer excepciones transitorias a esa regla ante el cariz de la situación y las urgencias del momento. En realidad, durante su gestión el BCE comenzó a intervenir en los mercados secundarios de deuda para sostener la cotización de soberanos en problemas.
Sin duda, en el imaginario de los funcionarios que fueron padres fundadores de la institucionalidad europea vigente, entre ellas la creación de un Banco Central independiente, no tenía cabida darle el doble mandato de controlar la inflación y preocuparse por el crecimiento, tal como acontece con la Reserva Federal de Estados Unidos.
Pero los hechos actuales indican un giro a la postura original, que tiene implicancias políticas profundas. Su resultado práctico es que la independencia del BCE implica que puede ir a contramano de la postura de su mentor, el Bundesbank de Alemania. En los hechos, ese país entendía que el BCE no era otra cosa que la supra nacionalización de su banco central, celoso guardián de la ortodoxia antiinflacionaria.
Al respecto, cabe recordar que la creación del euro nace como un hecho político enmarcado en el ofrecimiento del canciller alemán Helmut Kohl al presidente François Mitterrand de usar el marco alemán como moneda para estabilizar las presiones inflacionarias reinantes en Europa y particularmente en Francia, a cambio de que este país aceptara la reunificación de Alemania.
Esa operación, entre otras cosas, implicaba crear un banco central con jurisdicción supranacional, independiente del poder político, a usanza y semejanza del Bundesbank.
Esa visión se fue erosionando toda vez que se agregaron miembros al espacio comunitario con igualdad política de decisión en el directorio del BCE. En los hechos, tiene el mismo poder decisorio el voto de la isla de Malta que el perteneciente a Alemania en el seno de un directorio de 27 miembros.
Las necesidades de resolver la crisis expuso esa realidad política que hoy en los hechos viene aislando a Alemania. Eso implica que la máquina de imprimir moneda ha quedado fuera del control del electorado del país más importante de la Unión.
Qué vendrá por delante es difícil de descifrar. Por el momento, países como España e Italia han encontrado una vía de resolver sus premuras por liquidez para ganar el tiempo necesario para recomponer su situación y recuperar el crecimiento.
Pero queda por delante descifrar si este cambio de postura del BCE es el comienzo de una nueva época que lo aleja de la postura de la institución que fue su mentor, o si simplemente estamos ante un desvío forzado por las circunstancias. Pero esta disyuntiva nos recuerda que la Unión Europea y sus instituciones, pertenecen a una comunidad de naciones con visiones particulares sobre el tutelaje de Alemania en ciertos temas, en particular en lo que hace referencia a la resolución de crisis como la actual.






