|
||||||||
JORGE CAUMONT
Aquello que algo es entendible pero no justificable es aplicable, al caso de las declaraciones de una autoridad de la salud sobre las razones por las que no se permite localmente el uso de ciertas tecnologías médicas de probada efectividad en el exterior. Me refiero, en concreto, a las manifestaciones del regulador oficial sobre el uso del sistema robótico Da Vinci, empleado para cirugías no invasivas como sí lo son aún la mayoría de las tradicionales.
EL SISTEMA. Sin ser conocedor del sistema, se puede acceder a sus características con un simple "gugleo" en internet. Así se puede aprender que el Da Vinci es un sistema robotizado que representa uno de los grandes avances de la ingeniería robótica en aplicaciones médicas y que además es uno de los éxitos comerciales más sonados de la "era robótica" que se vive en los años iniciales de este siglo. Su eficacia y eficiencia en términos de su acción sobre el paciente durante la intervención y la recuperación rápida que le permite en el post operatorio, son las razones de ese éxito comercial. El sistema consiste de dos dispositivos, brazo y consola, que se comunican remotamente lo que permite además que el robot se emplee, como ha ocurrido y sucede, en operaciones distantes en las que la consola que maneja el cirujano se encuentra en un país diferente al país en el que se realiza la intervención al paciente. Su diseño hace posible cirugías complejas de naturaleza laparoscópica con invasiones mínimas al cuerpo humano que brindan a los cirujanos una alternativa tanto para la cirugía abierta tradicional -y probablemente juzgada como "carnicera" en el futuro-, como a la laparoscopía convencional. El sistema que permite a los cirujanos realizar hasta las intervenciones más complejas y delicadas mediante pequeñas incisiones con una precisión sin precedentes, es aceptado por la Food and Drugs Administration (FDA) de Estados Unidos así como por las autoridades de otros numerosos países para operaciones de naturaleza urológica, reparaciones de válvulas cardíacas y procedimientos quirúrgicos ginecológicos así como también, para entre otras, la cirugía general y la pediátrica.
En Uruguay, el acceso a la tecnología médica es regulado por el Estado. Sistemas de esa naturaleza no se pueden usar hasta tanto sea evaluada positivamente la conveniencia para el sistema sanitario. Las declaraciones de la autoridad oficial a las que me refiriera se vinculan con la resolución negativa al intento reciente de una entidad hospitalaria uruguaya que importara un sistema Da Vinci sin la previa habilitación oficial y cuyo empleo le fuera bloqueado.
LAS "RAZONES". De las declaraciones del oficial de cumplimiento se desprende que como fuerza ciega, como fuerza que cumple órdenes normativamente establecidas, la decisión es correcta. La entidad hospitalaria debió esperar la evaluación antes de usar el sistema. Las que no son correctas a mi juicio -y reitero, a mi juicio-, son las razones expresadas por el jerarca para justificar la decisión. Si fuera por esas razones el que normativamente se entiende que evaluar primero antes de autorizar el uso es el proceder correcto, el problema no es de la fuerza ciega que acata la normativa, sino que el problema lo constituyen los fundamentos de ésta.
También de las declaraciones del jerarca se extraen conceptos económicos mal empleados, conceptos tecnológicos también inadecuadamente planteados y, además, su aceptación de que haya una falta de solidaridad de los de abajo -en materia de riqueza, me refiero-, hacia los de arriba. Cuando a los de arriba, y es fácilmente probable, se les ha demandado una solidaridad distributiva imponente, incluso en materia de financiamiento de la salud: con más tributos habituales y con el Fonasa. El rasero que pasa el jerarca oficial en este caso culmina en niveles de satisfacción notablemente menores para integrantes de la antigua clase media. Explicaré lo que a mi juicio son fundamentos de estas, mis conclusiones.
CONCLUSIONES. El oficial de cumplimiento de la normativa indicó que el uso de la tecnología médica es un negocio muy rentable, y citó la no comprobable a nivel de todo el territorio nacional, proliferación y exceso de ecógrafos y resonadores. Por otro lado, aseveró que hay exceso de estos sistemas, declaraciones inconsistentes entre sí pues si abundan, si sobran, los precios por su uso no deberían aparejar utilidades tan altas ante la competencia de muchos sistemas similares para "pocos pacientes" como señalara. Llegó incluso a decir que el Estado debe velar por la asignación de recursos de los inversores cuando se refirió a que se debe desincentivar la aplicación de recursos a la compra de sistemas que ya existen. No se trataba de todos modos, del caso del Da Vinci, por lo que no venía al caso explayarse sobre la necesidad del Estado de decidir por el empresario la inversión de éste con sus propios recursos. Es de todos modos una inclinación estatista manifiesta, contraria a las realidades que permiten el crecimiento de un país: la inversión privada y la libertad de los empresarios para decidirla.
El jerarca también dejó planteada entre quienes le escucharon, la duda de si tecnológicamente el sistema Da Vinci es adecuado o no para la cirugía robótica en nuestro país. No descartó que no lo fuera, pero deslizó un manto de duda sobre su eficacia. Sabemos que el mercado transmite información, algo que se manifiesta de manera objetiva en cualquier actividad. Nadie invierte en fábricas de diligencias ni compra autos que no pueda probar. Nadie desea enfrentar ni al invertir ni al consumir, problemas de selección adversa. Entonces, el jerarca no debería tender un manto de duda sobre las bondades actuales de la tecnología del sistema cuando ello es comprobable y sobre todo muy fácilmente, en el mercado.
Pero el jerarca además puso en duda en sus intervenciones en medios de prensa, que fuera justo que la tecnología pueda ser empleada por ciertos grupos de pacientes, los de mayor poder adquisitivo, y no por la totalidad de la población. No creo en este caso que haya sido por razones normativas de la secretaría de Estado en la que se desempeña y sí creo que por razones ideológicas perimidas, pasó el rasero y llevó el resultado a un nivel nulo: se olvidó que la solidaridad debe también ir de los de abajo hacia los de arriba. Ahora los de muy arriba pueden ir a Argentina, a Brasil, a Chile, a España, a Estados Unidos y hasta a Venezuela, para tratarse con el sistema robótico Da Vinci. Gastarán más innecesariamente, pero podrán ir mientras que "los menos de arriba" deberán hacer un esfuerzo económico significativo para lograrlo y evitar así la tecnología que hoy aprueba la normativa, que es la satisfactoria para la fuerza ciega, pero que también es sanguinaria, invasiva y con alto riesgo de fracaso.








