PAUL KRUGMAN | DESDE NUEVA YORK
El gobierno de Portugal acaba de caer en una discusión por las propuestas de austeridad. Los rendimientos de bonos irlandeses han superado el 10% por vez primera. Y el gobierno británico acaba de reducir su pronóstico económico y de aumentar su pronóstico para el déficit.
¿Qué tienen en común estos sucesos? Todos son prueba de que es un error abatir el gasto ante una elevada tasa de desempleo. Los defensores de la austeridad pronosticaron que las reducciones al gasto público generarían dividendos rápidamente bajo la forma de creciente confianza, y que habría pocos efectos adversos, si es que los había, sobre el crecimiento y los empleos; pero, estaban equivocados.
Entonces, es muy malo que, en estos días, no se consideren seriamente estas experiencias en Washington, a menos que se profese lealtad a la misma doctrina que está fracasando tan lamentablemente en Europa.
No siempre fue así. Hace dos años, ante el creciente desempleo y grandes déficits presupuestarios -ambos consecuencias de una severa crisis financiera-, dirigentes de los países más avanzados al parecer entendieron que los problemas tenían que ser acometidos en forma secuencial, con un enfoque inmediato en la creación de empleos, a la par de una estrategia en el largo plazo para la reducción del déficit.
¿Por qué abatir los déficits de inmediato? Porque los aumentos de impuestos y reducciones en el gasto gubernamental deprimirían aún más a las economías, empeorando el desempleo. Además, la reducción del gasto en una economía profundamente deprimida es una derrota autoinfligida, incluso en términos puramente fiscales: cualquier ahorro logrado de un lado se anula parcialmente por ingresos menores, a medida que la economía se va reduciendo.
Así que la estrategia correcta era y es: empleos ahora, déficits después. Desafortunadamente, es una estrategia que fue abandonada ante los riesgos fantasmas y las esperanzas delirantes. Por una parte, nos dijeron constantemente que si no abatimos de inmediato el gasto público, terminaremos como Grecia, incapaces de pedir préstamos a menos que sea a tasas exorbitantes. Por otra, nos dicen que no debemos preocuparnos por el impacto de los recortes al gasto sobre el empleo, ya que la austeridad fiscal efectivamente creará puestos de trabajo al elevar la confianza.
¿Cómo funciona esa historia hasta ahora?
Los promotores del déficit han estado gritando que viene el lobo en torno a las tasas de interés en Estados Unidos más o menos de forma continua desde que empezó a aligerarse la crisis financiera, considerando cada ascenso en las tasas como una señal de que los mercados le estaban dando la espalda a Estados Unidos. Sin embargo, la verdad es que las tasas han fluctuado, no con los temores de la deuda, sino con la creciente y menguante esperanza sobre la recuperación económica. Y con lo que al parecer es una recuperación plena aún muy distante, las tasas son más bajas ahora de lo que eran hace dos años.
Pero, de todos modos, ¿no podría terminar Estados Unidos como Grecia? Sí, por supuesto. Si los inversionistas deciden que somos una república bananera cuyos políticos no pueden o no quieren llegar a resolver problemas en el largo plazo, ellos de hecho dejarán de comprar nuestra deuda. Sin embargo, esa no es una perspectiva que dependa, de una u otra manera, de si nos castigamos con reducciones al gasto en el corto plazo.
Tan sólo pregúntenle a los irlandeses, cuyo gobierno -habiendo asumido una insostenible carga de deuda en su intento por rescatar a bancos insolventes- intentaron tranquilizar a los mercados imponiéndole salvajes medidas de austeridad al ciudadano común. La misma gente que exhortó a recortes al gasto en Estados Unidos, lanzó vítores. "Irlanda ofrece una admirable lección de responsabilidad fiscal", declaró Alan Reynolds del Instituto Cato, quien dijo que las reducciones al gasto habían eliminado los temores alrededor de la solvencia irlandesa y pronosticó una rápida recuperación económica.
Eso fue en junio de 2009. Desde entonces, ya se duplicó la tasa de interés sobre la deuda irlandesa y la tasa de desempleo de Irlanda actualmente asciende a 13,5 por ciento.
Y después está la experiencia británica. Al igual que Estados Unidos, se sigue percibiendo a Gran Bretaña como solvente por los mercados financieros, lo que le da espacio de ir en pos de una estrategia de primero empleos, déficits después. Sin embargo, el gobierno del Primer Ministro David Cameron más bien optó por pasar a una austeridad inmediata y no forzada, creyendo que el gasto privado compensaría con creces el alejamiento del gobierno. Como me gusta expresarlo, el plan de Cameron se fundamentó en la creencia de que el hada de la confianza pondría todo en orden.
Pero, no lo ha hecho: el crecimiento británico se ha estancado, y el gobierno ya elevó sus proyecciones de déficit fiscal debido a esto.
Lo cual me lleva nuevamente a lo que está sucediendo con el debate del presupuesto en Washington.
Un serio plan fiscal para Estados Unidos buscaría solución para los motores del gasto en el largo plazo, sobre todo a los costos del cuidado de salud, y casi seguramente incluiría algún tipo de aumento fiscal. Pero, no vamos en serio: Cualquier argumento sobre el uso de fondos del programa Medicare es recibido efectivamente por alaridos de "paneles de la muerte", y la posición oficial del Partido Republicano -a duras penas desafiada por los demócratas- al parecer es que nadie debería pagar nunca mayores impuestos. Más bien, todo lo que se dice gira en torno a recortes al gasto en el corto plazo.
En resumen, tenemos un clima político en el que los autoproclamados halcones del déficit quieren castigar a los desempleados, incluso al tiempo que se oponen a cualquier acción que encontrara solución a nuestros problemas presupuestarios en el largo plazo. Y esto es lo que sabemos a partir de la experiencia en el extranjero: el hada de la confianza no nos salvará de las consecuencias de nuestro desatino.