VERÓNICA MASSONNIER*
Nuestra sociedad vive el crecimiento exponencial de las redes sociales en internet. Tal vez Facebook es la más visible pero, con distintos matices, otras modalidades también van ganando terreno. Cada vez más personas optan por compartir las experiencias de cada día a través de imágenes, videos y relatos. Lo pequeño, lo cotidiano, lo personal y a veces lo íntimo pasan entonces al espacio público: desde las fotografías de un viaje hasta el menú de la cena, la web va ocupando el lugar de un gran "diario íntimo", de un reporte que pasa a ser compartido con la comunidad y con el mundo. Se escribe y analiza con intensidad acerca de los perfiles y las motivaciones de estos grupos que crecen día a día.
Mientras tanto, otros optan por permanecer afuera de esta movida. Y lo peculiar es que no son personas indiferentes a la misma, sino que en muchos casos se trata de acérrimos defensores de su "no estar". ¿Quiénes son los que no están en Facebook, ni en Twitter, ni participan de ninguna red social? ¿Cuáles son sus motivaciones? ¿Podemos decir que son "adoptadores tardíos", que van a la zaga de los demás en cuanto a incorporación de la tecnología? Si bien algunos pueden responder a este perfil, los estudios muestran que una buena parte se define de manera nítida y hasta vehemente: no se encuentran "en proceso de…" sino que se encuentran firmemente ubicadas en la otra vereda. Reivindican su condición con rebeldía y cierto orgullo.
Son los que se empecinan en mantener el anonimato en tiempos de exhibición. Son los que se resisten con obstinación a formar parte de una movida que parece imponerse. Son los que sienten el placer de mantenerse en una cierta "clandestinidad" dentro del ciberespacio, casi inubicables, negándose a compartir sus imágenes y sus datos. Los que no están en Facebook también constituyen, hasta cierto punto, una "tribu" de rebeldes. En muchos casos esta condición los lleva a tener que resistir las presiones sociales ("¡Cómo, todavía no estás!") o incluso negarse a la seducción de ciertas prerrogativas de la pertenencia ("Tengo mis fotos pero sólo las pueden ver los que están en Facebook").
Los que se resisten a las redes también cuestionan el alcance del concepto de "amigo": ante la idea de acumular "amigos" en número exponencial, los resistentes se muestran más cercanos a un concepto minimalista de la amistad, valorando o añorando el cara a cara. Ellos resienten las horas pasadas frente a la pantalla en soledad, con la ilusión que proporciona la "cercanía" virtual. Consideran que ese estar con muchos es no estar con nadie en realidad. ¿Se comparte? ¿Se muestran las cosas tal como son? ¿O en realidad se crea otra máscara, con la comodidad adicional de no tener que acompañarla de nuestro rostro en vivo y en directo? Estas preguntas sostienen a los resistentes, y se nutren del desencanto de un mundo que tiene, para ellos, más tecnología pero tal vez menos calidad de vida.
Algunos van cediendo, y se van incorporando a la corriente general: cada vez más, se impone para muchos el sentido de "pertenecer" y no quedar afuera de los cambios. Otros irreductibles, sin embargo, permanecen al margen, como si dijeran: "A mí no me van a captar". Buscan expresar una reivindicación de los vínculos elegidos frente a los expansivos espacios virtuales: una reivindicación de la vida privada frente al reality show. *Psicóloga social.