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HUGO BUREL
Jugando contra uno de los equipos británicos más discretos y anodinos que yo recuerde, la selección de fútbol de Uruguay quedó este miércoles eliminada del torneo olímpico. Por supuesto que los cronistas especializados de todos los medios ya han desmenuzado las razones de este fracaso y no voy a agregar nada que contribuya a engrosar el peso desmesurado que el discurso deportivo tiene en nuestro país. Como ha dicho Umberto Eco refiriéndose a lo que él llama "la cháchara deportiva", ésta consiste en superponer más significados a los que de por sí tiene cualquier deporte y convertir el comentario en el deporte mismo. Y vaya que por aquí se engorda lo deportivo sumándole atributos y resonancias que involucran el honor, la patria, la historia, la identidad y la gloria que merecemos y la que no. Estos juegos olímpicos no han sido la excepción.
Así, el discurso deportivo se hizo insoportablemente pesado al recordar los años que hacía que una selección de nuestro fútbol no concurría a una olimpíada: nada menos que 84, que si se dividen entre cuatro como si se hubieran disputado todos los torneos -durante la II Guerra Mundial no se celebraron los de 1940 y 1944- totalizamos 21 ediciones en las que estuvimos ausentes. Entonces, este regreso quedó signado por el largo ostracismo previo y además generó la esperanza -y acaso la obligación- de entrar en el medallero gracias a nuestro deporte más popular, como en el 24 y el 28. Los últimos éxitos en la Copa América y el 4º puesto en el Mundial de Sudáfrica movilizaron ese sueño y el discurso deportivo especuló febril con esa posibilidad, lo que recargó la mochila del equipo. Inclusive algunos jugadores llegaron a admitir que iban en busca de medallas, pero eso es lógico para el que compite.
Antes de viajar a Londres se instaló el tema de quién debía ser el abanderado de la delegación durante el desfile inaugural y, claro, las opiniones mayoritarias -y muchas improvisadas encuestas- ungieron a Luis Suárez como el obligatorio portador de la enseña patria. Cuando el Comité Olímpico Uruguayo designó al remero Rodolfo Collazo, la especulación sobre la conveniencia de éste sobre Suárez se convirtió en un debate casi teológico. Se revivió el conflicto con Évra y la necesidad de reivindicar al futbolista ante el público británico y ante el mundo entero. Después, los hombros de Suárez debieron hacerse fuertes para soportar el peso de la siguiente sobrecarga: si se le negó ser el abanderado, debería ser el goleador que nos llevaría al medallero. Pero no sólo él: Cavani también, ¡bueno fuera! Y en el caso de Suárez, en el definitorio partido de la serie y luego de no haber podido anotar en los dos anteriores, tendría que ejecutar a los británicos que no habían dejado de silbarlo durante 180 minutos, de ser posible en los descuentos. La venganza debía ser terrible y Suárez el héroe obligatorio.
Por último, cuando la posibilidad de seguir adelante en los juegos dependía del triunfo ante los organizadores, el discurso deportivo rescata y pone en juego una supuesta condición de "aguafiestas" de nuestro equipo, que suele ganarle y eliminar al local. Otro sueño impuesto, fantaseado sin el sustento de un conjunto jugando aceptablemente. Si en el pasado le arruinamos el festejo al locatario, no necesariamente eso habría de repetirse ahora. Al final no le aguamos la fiesta a nadie y las especulaciones al respecto solo sirvieron para que el discurso deportivo reciclara una esperanza.
El invicto futbolístico en torneos olímpicos se perdió, regresamos a casa sin medallas en este deporte y, siendo uno de los favoritos en lo previo, defraudamos a la cátedra, sobre todo la local. Los sueños olímpicos se esfumaron en la realidad y el oro, la plata y el bronce volvieron a ser solo metales. Pero se difundió una reflexión que hace mucho tiempo no escuchaba y que rescato como síntoma de madurez: "podemos perder". Muchos lo dijeron con ese tono mesurado con el que suelen hablar los filósofos. Eso sustituyó al anterior "no podemos ganar", que por años nos atormentó. No deja de ser un avance conceptual y una buena forma de salir de la anestesia.









