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HUGO BUREL
Hace poco más de veinte años, siendo docente de la Universidad Católica, di un curso a los alumnos de Ciencias de la Comunicación en el que analizábamos la publicidad en el contexto de la posmodernidad. Este concepto todavía era nuevo en Uruguay. Aunque la acepción más frecuente de posmodernidad se popularizó a partir de la publicación en 1979 de La condición posmoderna de Jean-Francois Lyotard, varios autores ya habían empleado el término con anterioridad. Entonces, la reflexión sobre la posmodernidad por aquí se tomaba -en especial por muchos intelectuales de la izquierda marxista- como un síntoma de disolución ideológica y aceptación resignada del desencanto posterior a la caída del Muro. Entre otras razones, esa actitud postergó el famoso "aggiornamiento" que todavía se ventila y se reclama dentro de la izquierda. La posmodernidad había llegado y era de necios negarse a ver esa realidad.
En una definición acotada, la posmodernidad es la respuesta o continuación del proyecto inacabado de la modernidad. En opinión de Gianni Vattimo "el momento que se puede llamar el nacimiento de la posmodernidad en filosofía es la idea muy nietzscheana del eterno retorno de lo igual; el fin de la época de la superación". En otras palabras: el progreso de la humanidad en el que creían nuestros abuelos y nuestros padres resultó ser un espejismo.
Para ingresar a ese territorio incierto, recomendé a mis alumnos una lectura que hoy sigue siendo imprescindible: La era del vacío, del pensador francés Gilles Lipovetsky. Publicado en París en 1983 por Gallimard y en 1986 en su traducción al español por Anagrama, es la reflexión más lúcida que he leído sobre la época en que vivimos. Todo lo que nos pasa hoy como sociedad, como individuos y como cultura, está ahí. Pero lo más notable es que Lipovetsky concibió su obra mirando el mundo desarrollado y la Europa de hace treinta años. No obstante, como a estas costas todo llega tarde, para nosotros La era del vacío parece recién escrito.
Con sus tapas negras y la pequeña foto de cubierta que muestra a Bianca Jagger pasándose una maquinita de afeitar por la axila (la instantánea es de Andy Warhol), en apenas 220 páginas, el libro de Lipovetsky detalla los tics, miserias, comportamientos, modas y actitudes de las sociedades que se han extraviado en la niebla posterior al fin de las utopías. Así reflexiona sobre la seducción continua, la fascinación por lo mediático, la sociedad hedonista y la tiranía de los objetos de consumo. Se detiene en el adelgazamiento de la democracia, la bufonización de la política, la sociedad humorística -tinellizada decimos aquí-, la banalización de la cultura y el culto por lo banal, el divorcio entre las aspiraciones y las gratificaciones reales. Nos dice que los grandes relatos se han terminado. Como todo ha pasado a ser superficial, la angustia metafísica que pudo padecer el hombre occidental y moderno ha sido sustituida por la indiferencia o la ignorancia, en incapacidad de entender lo que pasa porque se vive el tiempo del eslogan vacío y la retórica hueca e insustancial.
En el último capítulo, Lipovetsky se ocupa de la violencia y afirma que en los países occidentales desarrollados la revolucionaria lucha de clases se ha institucionalizado y ya no implica una discontinuidad histórica. Traduzco eso a nuestra realidad: la lucha de clases es, por ejemplo, los guardias de la entrada de un shopping impidiéndoles la entrada a los planchas. La lucha de clases como instrumento de cambio -que algunos trasnochados aún defienden- es la que se da todos los días entre el pastabase desesperado y el pobre almacenero enfrentados por mil quinientos pesos de la caja. A eso refiere Lipovetsky cuando señala que después de las revoluciones políticas y económicas de los siglos XVIII y XIX y la artística de principios del siglo XX, tomó cuerpo la que llama revolución de lo cotidiano que aspira, no a cambiar el mundo, sino a apropiarse de él.
Releer las páginas de La era del vacío no nos alivia de nada, pero en su discurso inteligente se encuentran pautas para entender el matete en el que estamos metidos.







