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 Domingo 08.07.2012, 09:01 hs l Montevideo, Uruguay
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Domingo


GENERACIÓN ESPONTÁNEA

La elegancia y el coraje

HUGO BUREL

El lunes pasado, se cumplieron 51 años de la muerte de Ernest Hemingway. Como el medio siglo de su suicidio se conmemoró el año pasado, poco se reparó en este nuevo aniversario de aquella mañana fatídica en Ketchum, Idaho, cuando el escritor apoyó los caños de una vieja carabina Boss en la frente y apretó los gatillos. Iba a cumplir en pocos días 62 años -había nacido el 21 de julio de 1899- y entonces la muerte autoinfligida se atribuyó a un accidente mientras el occiso limpiaba un arma. Pero lo cierto fue que quien hasta ese momento era el más popular y exitoso escritor norteamericano había decidido terminar con su existencia de una forma que su literatura y sus convicciones desaprobaban. Esas convicciones le dictaban que cortejar a la muerte era un aspecto de la buena vida, pero abrazarla estaba prohibido. El propio padre de Hemingway se había matado, treinta y tres años antes del escopetazo de Ketchum, con un tiro de revolver detrás de la oreja derecha. De modo que esa pérdida de alguna manera debió avergonzar al escritor que se enteró de la misma por un telegrama enviado por su hermana Carol.

Hemingway sostenía que la elegancia debía mantenerse siempre en el sufrimiento, sin importar cuán agobiante pudiera ser este. Así, durante su vida de fama, acumuló gestos y párrafos que lo mostraron como un hombre de acción más que de reflexión, preocupado por los actos de valor y de desafío ante la muerte.

Estuvo en cinco guerras, dos de ellas mundiales, en safaris en África, en encerronas en las calles de San Fermín y se ganó la vida como sparring de boxeo en París. Sobrevivió a un accidente en una ambulancia, en la Primera Guerra Mundial, con más de cien fragmentos de metralla extraídos de sus piernas, luego de la explosión de un obús y a dos estrellamientos de avión con conmoción cerebral en el segundo. Bebió miles de tragos tomados en cuatro continentes, sin contar la hazaña de tomar dieciséis daikiris dobles sin azúcar en menos de seis horas sin padecer un coma etílico. Sufrió diabetes, disentería, ántrax, un cáncer de piel, nefritis, oftalmitis, cirrosis, paranoia, electroshocks, impotencia y, al final, incapacidad de escribir. En realidad siempre buscó la muerte como un cazador que persigue su presa, pero no fue el disparo o una enfermedad la que lo mató: fue la elegancia.

Hemingway dijo que el coraje es la elegancia bajo presión, una frase que merece estar entre las más inteligentes que escribió. Él había admirado el coraje y por supuesto lo había ejercido cuando había podido, o al menos había tomado riesgos, que no es lo mismo. Yo creo que el coraje es una virtud, algo que se tiene y aflora de manera consciente. En cambio, arriesgarse, de alguna manera es ser inconsciente, no reflexionar o no medir las consecuencias ante el peligro. El corajudo sabe hasta donde llega, el arriesgado, no. Cuando Hemingway hablaba de la elegancia bajo presión para definir el coraje, se refería a esa condición de total autodominio, de la lucidez frente al peligro. Como diría Borges, ante el peligro uno sabe por fin quién es.

Georges Bataille afirma que sin la intensidad de la pasión, la vida es sin duda una celda cuyo límite es la comodidad y cuya verdad es el miedo a ir demasiado lejos. En el final de su vida, Hemingway ya no encontraba riesgos, ni causas que apoyar y la escritura -al igual que el amor- se le había secado y negado para siempre. Era un hombre acabado que sufría de paranoia y depresión aguda y es probable que el domingo 2 de julio de 1961 saliera de cacería por última vez y se plantase una vez más ante el peligro con esa exigencia de elegancia con la que debía enfrentarse el sufrimiento. Como Harry, el escritor moribundo de Las nieves del Kilimanjaro, "había amado demasiado, perdido muchísimo y acabado con todo".

El poeta mexicano Francisco Hernández imaginó la escena final del drama en un hermoso poema en el cual Hemingway, con los ojos cerrados y los caños de la Boss sobre la frente, ve venir un león.

"Hemingway dijo que el coraje es la elegancia bajo presión, una frase que merece estar entre las más inteligentes que escribió"

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