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Uno de cada diez jubilados trabaja en la ilegalidad. En su mayoría lo hacen para cubrir lo mínimo. Otros, para sentirse productivos.
No va más. No sirve más. "Mañana a las ocho nos trae todos estos papeles firmados y luego lo derivamos al BPS". Así, de la noche a la mañana, Salvador dejó de ser un joyero admirado por todo el barrio para convertirse en un jubilado. "Un don nadie", como él mismo describe.
A sus 61 años se siente con todas las ganas de trabajar y enseñar. Pero no. Ha entrado finalmente en la cárcel de su propia edad. Y es definitivo, no hay marcha atrás. Sus esperanzas de los últimos tiempos, puestas en estirar los años laborales por un tiempo más, ya no corren. La ordenanza es clara: 60 años de edad o 30 años de trabajo. Y luego, cobrar 50% del sueldo promedio de los 20 mejores años trabajados.
Sus padres le dieron el nombre de Salvador porque estaba destinado a ser el redentor de la familia que inmigró a Uruguay luego de la Segunda Guerra Mundial, escapando de la hambruna europea. Y su nombre le calzó como anillo al dedo en el trabajo de joyero. Sus manos milimétricamente diseñadas para maniobrar los metales le valieron una identidad que con la jubilación se perdió. "Entró en la categoría del desecho", como dice el psicólogo Daniel Garat.
"El primer día sin trabajo festejé mi tiempo libre. Pero después no supe cómo llenar el vacío", cuenta. "Por momentos salía de casa por ocho horas, iba a hacer tiempo al bar, porque me daba vergüenza decir que ya no sirvo". Nadie lo preparó para la nueva etapa. Ni él se propuso encontrar un proyecto de vida. "No hay recetas mágicas de qué hacer. La mejor idea es seguir haciendo algo. Porque seguimos siendo lo mismo, pero en una categoría diferente: de más conocimiento", asegura el psicólogo, quien dictó un curso piloto de preparación para la jubilación en el Sindicato Médico del Uruguay (SMU).
Salvador está en la cola del BPS y se siente diferente. Mira a un costado, al otro, y sólo ve la miseria. Él quiere trabajar "por trabajar y no para comer", se queja. Pero es uno más de los 391.000 jubilados que hay en Uruguay. Uno de los 204.500 que han aportado a la caja de Industria y Comercio y que ahora no pueden ejercer.
"El BPS mantiene el sistema jubilatorio de cajas. Un jubilado de la caja del Estado puede pasar a trabajar en la órbita privada. Pero difícilmente un jubilado del ramo Industria y Comercio sea tomado en la Policía o en el Estado con 60 años. Es decir, en los hechos se transforma en una prohibición para los jubilados de Industria y Comercio", explica Waldemar González, secretario general de la Organización Nacional de Jubilados y Pensionistas (Onajpu).
Cada día Salvador se tambalea más. Su médico le prohibió la renovación del carné de conducir. Terco y caprichoso, él adjudica sus males a las ganas de trabajar. Y así es que, sin importarle las consecuencias que pueda tener, desde hace tres meses se dedica a la carpintería, oficio que encuentra inspirador. Los reflejos no son los mismos que en su juventud, la fuerza y estabilidad mental tampoco, pero él insiste en que "construir una mesa y barnizarla no puede ser tan peligroso".
No es una excepción. Un 10% de los jubilados en Uruguay está empleado en negro. "La mayoría lo hace para redondear lo que les falta, aunque existen unos pocos que son fanáticos del trabajo", indica González. Quizás el ahora carpintero es uno de estos casos aislados. Un ejemplo de aquellos uruguayos que no tuvieron una preparación para su nueva etapa y libraron su suerte a jugar contra la ley.
Más de la mitad de los médicos jubilados que fueron encuestados por el SMU, siente que la jubilación le significó un cambio positivo. A 32% no le modificó su conducta. Pero a 15% los perjudicó. Si esta tendencia se mantiene en otros rubros, es de esperar que Salvador forme parte de esta minoría. Un nicho que, por falta de voluntad o de asesoramiento, no se ha amoldado a los talleres para la tercera edad, los paseos gratuitos, los estudios en la Universidad para adultos mayores, o bien para tener su espacio de reflexión por fuera de la vorágine de las ocho horas.
La tardía entrada en la vejez que percibió Salvador fue un obstáculo para que su familia entendiese el problema. "Por el avance de la medicina a los veteranos se los ve muy bien", afirma el secretario de Onajpu. Y por eso "les cuesta ingresar en una etapa fundamental de la vida", agrega Garat.
El mix entre trabajo desenfrenado y amor por quebrantar las reglas es su motor. La vida de Salvador estaría vacía sin ellos. No tiene padres, ni sueños, ni ambiciones más allá de la próxima mesita a construir. Mueble que soporta la falta de identidad y cuida de sus necesidades menos básicas. A Salvador podía haberlo ayudado una buena preparación para su jubilación.
Los amigos se van muriendo, los padres ya no están y la profesión quedó en el olvido. "Me queda esperar la despedida". Eso es lo que piensa gran parte de los jubilados, señala el psicólogo Daniel Garat.
El miedo a la muerte se despierta con furia en el último tramo de la vida, pero, a pesar de lo que se cree, no es la mayor preocupación de quienes pasan a ser un pasivo. "Dejar el narcisismo del trabajo y no ser reconocido por el otro" es el gran trauma, indica el especialista.
Por eso "la profesión de médico es de las más difíciles para dejar el trabajo. Es un oficio en el cual el profesional es asimilado a la figura de un dios que cura todos los males, tiene cierta posición social, muchos años estudiando y muchos otros trabajando con el reconocimiento de la gente. Hasta que un día ya no lo llaman más doctor", cuenta Garat, quien acompañó a médicos previo a su jubilación.
El vacío de la nueva rutina puede generar depresiones si no se proyectan nuevos desafíos. "El trabajo es una forma de evadir otros problemas. Saltan esos conflictos que se acarrean de antes y eran tapados. Hay personas que antes no estaban en casa y ahora se pasan todo el día adentro", dice el psicólogo. "El adulto mayor no consulta por sus problemas a un psicólogo, y, en todo caso, a la persona mayor hay que tratar de preservarla para no destruirla", agrega. Para hacer una transición más efectiva y llevadera, en otros países existen programas de preparación para la jubilación y un sistema de retiro gradual, en el que el horario laboral se baja en cuentagotas.
"Los nietos son una ayuda. Los chicos entienden que sus abuelos están más allá de la tecnología y optan por otros intereses", explica Garat. Y concluye: "Otra forma es pensar en positivo y vivir esta etapa muy importante" con otro espíritu.
Jubilados con manos a la obra
Les prometieron el doble, les pagaron la mitad. Igual, los 23 jubilados que fueron incorporados como instructores en la construcción aceptaron el desafío de ser ellos los que capaciten a nuevos obreros. Lo hicieron para sentirse productivos y, sobre todo, "por volcar sus conocimientos para que otros puedan ingresar a la industria", sostiene el excapataz Juan Carlos Costa Martínez. Y así fue. Egresaron en agosto de 2011 y unos 15 ya han dictado al menos un curso.
Juan Carlos es un educador nato. Sus palabras son sensatas y los conceptos claros. Ya lleva formados a 26 aspirantes; 50% del alumnado ya cuenta con un empleo. Y él está feliz. Reconoce que la promesa económica era muy superior a los $ 6.600 nominales por mes que percibe, pero no lo hace por dinero.
El llamado para jubilados aspirantes a ser instructores se realizó en marzo del año pasado. Los cursos se dictan en UTU y el programa depende del Instituto Nacional de Empleo y Formación Profesional (Inefop).
Pero por más capacitación, a la construcción le están faltando unos 10.000 trabajadores, según declaró el presidente de la Cámara de la Construcción, José Ignacio Otegui. Así es que el jerarca planteó a fines de enero la posibilidad de que los jubilados y los adolescentes de 16 a 18 años puedan emplearse. En el caso de los pasivos, deberían renunciar a su jubilación para ser recontratados con "todos los aportes de seguridad social correspondientes", aclaró Otegui. El presidente José Mujica ve favorable la iniciativa. Distinta es la visión en las asociaciones de jubilados: "Nos preocupa el trabajo en la construcción, porque ingresar en una obra ya implica peligro", aseveró Waldemar González, secretario general de Onajpu.









