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Dentro de la Tribuna Amsterdam, ahí donde la barra locataria desgrana su ira contra ellos, los aspirantes a árbitros de la AUF comienzan su camino en el fútbol.
LEONEL GARCÍA
Está tan inhóspito que duele, afuera del Estadio Centenario. Adentro, en las entrañas de la Tribuna Amsterdam, en la sala Domingo Lombardo, hay un televisor, un pizarrón con una cancha dibujada, un laptop, un proyector con su pantalla y una temperatura agradable; y también hay unos veinte jóvenes, casi todos vestidos de jogging, sentados en bancos de madera como los de cualquier liceo. Se habla de una jugada "fantástica" en la semifinal Italia-Alemania por la última Eurocopa: el segundo tanto de Balotelli. Pero no se refieren a la definición del italiano, sino a la decisión del juez asistente, quien dejó seguir el juego sin dudar pese a que el delantero recibió la pelota sospechosamente solo. "El replay mostró que el tipo estaba habilitado por dos metros", explica el instructor Carlos Velázquez. Eso, un acierto arbitral en una jugada polémica, se festeja como un gol en la Escuela de Árbitros de la Asociación Uruguaya de Fútbol (AUF).
Y están ahí, debajo de las gradas donde -parafraseando a Eduardo Galeano- las hinchadas festejan el triunfo a pesar de ellos o rumian la derrota por culpa de ellos. Todo eso sazonado con cánticos donde "botón" es la palabra más amable.
Los 25 estudiantes (dos chicas entre ellos) de esta Escuela están cursando el segundo y último año. Su director, el exárbitro internacional Ernesto Filippi, dice que lo reglamentario, la aptitud física y la actuación en las prácticas -en ligas colegiales, infantiles, barriales o de veteranos- son la clave para aprobar. En esos partidos, muchos de ellos sin seguridad policial alguna, se ve su potencialidad, crecimiento y cómo reaccionan ante el infaltable rosario de insultos. "Pero lo más importante pasa por la parte ética y moral" del aspirante, sostiene. "Con ese objetivo los acompañamos y asesoramos. Estos dos años que estamos con ellos no son en vano...".
La clase de hoy habla sobre la Regla 14: el tiro penal. Los alumnos discuten la mano "a lo Suárez" que un defensa del Corinthians cometió un segundo antes del gol de Boca en la primera final de la Libertadores. Un joven asegura que debió haber sido penal y roja. Filippi no está en desacuerdo con ese extremo, pero termina respaldando la decisión final del árbitro. "Para la justicia del fútbol, es bueno que se haya tomado un segundo para ver cómo terminaba la jugada. Y eso solo se consigue con madurez y experiencia", explica.
Enseguida, un recuadro explica qué hacer en un penal, sea gol o yerro, si se adelantan atacantes o defensores. Aun con el recuadro -muy claro- gobernando la pantalla, más de un alumno se confunde...
AUTOCONTROL. El 80% de los aspirantes se recibe, pero solo uno de cada cinco de ellos llegará a dirigir un partido de Primera División. En Uruguay, nadie vive del arbitraje; todos los profesionales -incluso los de nivel internacional- deben tener otra actividad. Es una profesión con fecha de caducidad; a los 45 años se tiene que colgar el silbato. Y a fuerza de insultos de tirios y troyanos (cuando no blanco de amenazas y agresiones directas), de ser siempre el tipo más odiado en el deporte más popular, estaría bien arriba en un inexistente ranking de las actividades más ingratas. "Esto no es para cualquiera. Te tiene que gustar el deporte. Es estrictamente vocacional. Porque, sobre todo en los primeros años, la remuneración económica a veces solo da para cubrir los gastos de esta actividad, es algo poco gratificante. En todas partes del mundo los aspirantes a estos cursos son muy pocos", señala Filippi (ver nota aparte).
Ni Velázquez ni él, que fueron internacionales, pudieron abandonar sus trabajos como docentes en liceos.
Ningún aspirante puede decir algo así como "si lo sabía no me anotaba". Tres de ellos, Nicolás Varela (25), Flavio Cordero (23) e Ignacio Bosch (25), ya han sabido qué es quedarse encerrados en el vestuario bajo una lluvia de pedradas, recibir un piñazo en una oreja luego de una final de fútbol infantil y hasta huir por un túnel para evitar las iras de una barra local.
Nicolás y Flavio cuentan que llegaron al arbitraje por herencia familiar. Ignacio jura y perjura que él, de chico, miraba al juez y no a los jugadores durante los partidos. Aún así, Filippi termina admitiendo que lo usual es que se llegue a esta profesión como rebote de los sueños futboleros primarios, siempre vinculados a correr detrás de una pelota, jamás con un silbato en la mano. "Pero podés terminar amando lo que hacés, como yo", remata el director.
"Dicen que somos masoquistas. ¿Qué contesto? ¡Que tienen razón!". Flavio, de Piedras Blancas, se ríe y sus compañeros asienten. Bajo un aspecto tranquilo y hasta tímido se esconde un boxeador amateur. Cuando termine este curso comenzará otro de peluquería. "Siempre hará falta otra entrada", añade resignado. Ignacio, duraznense y trabajador en la construcción vial, se siente "renovado" cada vez que arbitra. "Las puteadas hacen que me agrande más. Siempre hay que mostrar respeto, estar. ¡Y si te pegan, te vas a tener que defender!", resume. Nicolás, de Parque Solymar y funcionario de una empresa de extintores, dice una verdad simple en la retórica y muy difícil de mantener en las situaciones más tensas, cuando no hay más que un veedor (y ningún policía) para auxiliarlos. "Mantener la calma y la seguridad en sí mismo es fundamental. Tenés que tener en cuenta tu futuro. Un hincha te pega y queda contento, Vos pegás y capaz que no dirigís más".
"Trabajamos mucho en el autocontrol", afirma el director. El lenguaje corporal es fundamental: nunca agachar la cabeza, siempre mirar a los ojos, voz siempre firme y pausada. Puede dudar, pero jamás demostrarlo. Pero por más charlas, sugerencias y videos que muestren en la Escuela, la mayoría de las respuestas solo la obtendrán con la experiencia.
SER Y PARECER. Todos están afines a sumar experiencia. Al principio de la clase, se pide por "disponibilidades" para el fin de semana: sábado de mañana o de tarde, o domingo. Son partidos "intensos" por una Liga de Pre-Veteranos en las canchas de Santa Rita y por el Torneo Sub-15 de fútbol femenino. Hay prácticas remuneradas: para uno de estos torneos se paga $ 2.400 para el árbitro y sus asistentes. La mayoría de los alumnos está a la orden.
A Filippi le gusta resaltar el énfasis en la ética y la moral del aspirante. Hay un departamento psicológico que trabaja con ellos; también hay un monitoreo a la situación familiar, laboral, escolar y social de cada interesado. "En una época, era obligación tener un trabajo. Los estudiantes teníamos que justificar un medio de vida. Hoy lo que hacemos es un seguimiento". Lo que no hay es un "honestómetro".
Aún así, la Escuela presta especial atención a algunas señales. "Aquel alumno que falta reiteradamente sin justificación, que no va a los entrenamientos, nunca está disponible, que no es puntual o tenía asignado un partido y no va, el que se olvida de renovar la ficha médica... esos son indicadores de que no está apto para arbitrar en la AUF, así sepa mucho de reglas, o dirija bien un partido o tenga un gran estado físico. Un árbitro no solo tiene que ser (honesto), sino que tiene que parecerlo. Es más importante cómo es una persona de lunes a viernes que en los partidos". Filippi sonríe, con la expresión típica de: ¿te quedó claro? Pero, ¿a qué situaciones se refiere, qué han visto? "Intereses que no van por lo deportivo, sino por otra cosa. A veces tenemos la suerte de darnos cuenta... ". Los llamados códigos futboleros, esos que obligan al silencio y a la discreción, parecen no permitirle ir más allá.
El llamado a cursos no se hace cada año; depende de las necesidades del cuerpo arbitral del país. No atrae multitudes. Aún así, Ernesto Filippi precisa: "El Estado de México tiene 20 millones de habitantes, hicieron un llamado y, ¿sabés cuántos fueron? ¡Veinte! Acá, con dos millones de personas en la zona metropolitana, tenemos 25 alumnos". No hay sueldos sino viáticos por partido. La remuneración en Uruguay, afirma Filippi, está entre las más bajas de América. Según la última actualización del Consejo de Salarios, un partido de Primera División representa $ 8.421 para un árbitro y $ 4.210 para cada asistente (solo aquellos de "primera categoría" están aptos para estos encuentros).
En caso de dirigir todos los fines de semana, sería un "sueldo" (solo en temporada) de unos US$ 1.600 para un árbitro principal y US$ 800 para un línea.
Requisitos: Una vez realizado el llamado, se exige tener entre 17 y 25 años, y ciclo básico completo. Los varones deben tener una altura mínima de 1,70 metros y las mujeres 1,60. A cada aspirante se le realiza un examen médico, físico y una entrevista personal. La mayoría de los estudiantes, según Filippi, "viene de Avenida Italia hacia el Norte". El curso dura dos años y cuesta 15 UR ($ 8.770). La mayoría apela a las pagas recibidas en las prácticas para financiarlo.
El entrenamiento físico es dos veces por semana en el Campo del Ejército. También hay dos clases teóricas a la semana, en la Escuela de Árbitros en el Estadio Centenario. Hay dos pruebas de aptitud física anuales.
Se egresa como árbitro de cuarta categoría (habilitado para fútbol femenino, sub-15 o sub-14). De tener una actuación destacada, en un lapso mínimo de un año se puede ascender sucesivamente a tercera categoría (sub-16, sub-17), a segunda categoría (Liga Metropolitana Amateur, sub-19, Tercera División) y a primera categoría (Segunda División Profesional y Primera División). Para ser Internacional, hacen falta dos años más. Por un partido de fútbol femenino, un árbitro cobra $ 848 pesos; por un partido internacional entre selecciones, $ 25.262.
Al llegar a segunda, ya tienen que optar entre árbitro principal o asistente (ya no se habla de línea). El primero gana el doble, pero tiene la mitad de las chances de llegar.








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