El placer no puede hablar, no tiene representación en palabras, por eso necesita códigos que puedan ser utilizados para expresar lo que es permitido, aceptado, valorado y apreciado. Muchas veces el placer encuentra críticas, censuras, límites. Eso lo conduce, en algunos casos, a la necesidad de ocultarse como si fuese pecaminoso; por eso no es libre, no se puede manifestar en cualquier lugar ni de cualquier manera. Debe encontrar otras formas de mostrarse sin provocar los ataques, los repudios, los cuestionamientos".
De esta manera, la profesora de filosofía y psicóloga Laura Pietrafesa introduce al lector a su obra Los lenguajes del placer (Fin de Siglo), un libro que ella prefiere calificar como investigación y no ensayo, basada en la eterna búsqueda del equilibrio entre el placer y el dolor -los dos ejes del trabajo- surgida en base a su experiencia personal, académica y en su consultorio.
Vale la aclaración: el "placer" al que refiere el libro excede mucho al sexual. La propia ilustración de la portada, con un cerebro en forma de granada de mano, refleja mucho mejor por dónde vienen los tiros. La búsqueda del placer equivale a la lucha en pos del bienestar. "Así como el amor y el odio permanecen juntos y sólo se manifiestan aislados en forma alternada, el placer y el dolor muestran el mismo destino, como también las pulsiones de vida y muerte", se indica en la página 11.
defensas. El ser humano busca placer, pero en innumerables ocasiones encuentra dolor. En los primeros y últimos momentos de la vida, cuando se es niño o anciano, es que esa búsqueda es más patente. En los primeros porque "las conductas infantiles nos permiten redescubrir la búsqueda de la satisfacción en nosotros, los adultos, y los indicios de insatisfacción, pues esta se manifiesta de distintas formas" (pág. 16). En los segundos, porque, como señaló la autora a Domingo, "vuelven a ser niños, hay una regresión, y hay una demanda (de atenciones) similar a la de los bebés".
Son distintos los lenguajes que se utilizan para ese fin. Y a medida que se crece, las obligaciones llevan a que se apele a mecanismos de defensa (como represión, negación o regresión) para ocultar esa persecución del placer, traducida en atenciones y satisfacciones.
El sentido de culpa y de lo pecaminoso también están presente. El colocarse una "máscara" es una de las herramientas más comunes. En algunos casos, la pérdida del equilibrio llega a somatizarse en enfermedades, como psoriasis, erupciones cutáneas, gastritis o dolores de garganta. Esto último funciona como un reclamo de atención, cuando pasa por ser la última carta para satisfacer la necesidad de ser aceptado por su entorno.
Hay conceptos que pueden resultar asombrosos. Los mecanismos de defensa no tienen, necesariamente, que ser negativos. "Es gracias a ellos que podemos seguir viviendo", señala Pietrafesa a este suplemento. La represión, pese a sus connotaciones negativas, es necesaria como dique de contención "para vivir en un marco social determinado" (pág. 45).
Pero cuando dejan de fungir como diques de contención, "esos mecanismos pueden llevarnos a sufrir alucinaciones, a la locura, a perder la conciencia de la realidad", agrega la autora. El apelar a máscaras entra más dentro de lo cotidiano. "El disfraz es el medio que encuentra el individuo de ser mirado, reconocido, aceptado, al sentir que ocupa un lugar, aunque no sea el originalmente deseado", indica el texto en la página 73.
"Lo cotidiano es que nos pongamos máscaras para que no tengamos que sufrir por las cosas que no podemos expresar. Escudarnos o ver que no necesitamos de los otros. Las utilizan personas que tienden a mostrarse omnipotentes, que todo lo pueden y saben, pero que suelen llevar el dolor por debajo", dice la autora a Domingo.
equilibrio. La gran pregunta, entonces, es ¿cómo lograr el equilibrio entre el placer y el dolor? ¿Cómo emplear correctamente los lenguajes del placer? Para Pietrafesa, la respuesta "pasa por apuntar al mayor grado posible de conciencia sobre las conductas, las reacciones, lo que se siente y saber anticipar lo que uno puede llegar a sentir. Cuando uno logra eso, se llega a impedir las enfermedades y el dolor".
Decirlo es más fácil que llevarlo a cabo. Pietrafesa indica que generalmente se necesita ayuda profesional. Lo sabe por propia experiencia: la docente y psicóloga pasó por cuatro terapias.
La autora dice que su investigación está pensada "para todo aquél que quiera aprender" lo que le puede estar ocurriendo. "Padres, adolescentes, jóvenes que sufran de algún dolor anímico que pueda estar somatizado o no. A veces no lo expresan de esa manera porque son más conscientes de lo que les pasa".
A través de ejemplos de consultorio, la autora ofrece pistas para que el lector que se sienta identificado, sea cual sea la etapa de su vida, pueda entender más lo que le pasa y actuar en consecuencia.
¿Cuál sería para Pietrafesa el principal mensaje de la obra? "Que la gente no se quede con el sufrimiento, que no lo tome como algo natural o normal, como muchas veces pasa, al estilo `bueno, se puede soportar vivir así`. No. Yo creo que las personas deben aspirar siempre a estar bien, a sentirse satisfechas; en definitiva, sentir que se puede sentir el placer".