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Un estudio científico demostró que se colabora o no con vecinos o compañeros de acuerdo al estado emocional y las experiencias previas.
DÉBORAH FRIEDMANN
A diario las personas deciden si cooperan con quienes no tienen una relación afectiva, como vecinos o compañeros de trabajo. Eligen, por ejemplo, entre tirar la basura en el lugar indicado en el edificio o dejarla en un pasillo o entre dejar la mesa limpia o sucia después de almorzar en el comedor común de la empresa en la que trabajan. Incluso, resuelven si en determinadas situaciones vale la pena aprovecharse del resto. ¿Qué es lo que pesa para tomar uno u otro camino? Esa fue la inquietud central de un grupo de investigadores de la Universidad Carlos III de Madrid y de la Universidad de Zaragoza, que decidieron investigar estos mecanismos y desarrollaron el mayor estudio efectuado hasta el momento sobre el tema. Los resultados, afirman, fueron sorprendentes: las personas cooperan en función de su estado emocional y no actúan pensando en el beneficio propio. Además, contra varias teorías anteriores, la forma de organización social en la que estén inmersos es irrelevante y estar en red no cambia las decisiones.
La investigación fue publicada a principios de julio en Proceedings of the National Academy of Sciences, una de las revistas científicas más prestigiosas del mundo. El estudio se desarrolló en diciembre pasado. "No se comprende totalmente por qué cooperamos con desconocidos a diario. En un mundo cada vez más globalizado, donde las redes de interacción y las relaciones entre los individuos se están volviendo más complejas, diferentes hipótesis han sido planteadas para explicar los fundamentos de la cooperación humana a gran escala y para responder sobre cuáles son las verdaderas motivaciones que están detrás de estos fenómenos", señalaron a modo de introducción los autores del trabajo pertenecientes al Grupo Interdisciplinar de Sistemas Complejos de la Universidad Carlos III y del Instituto de Biocomputación y Física de Sistemas de la Universidad de Zaragoza.
En el estudio participaron más de 1.200 alumnos de bachillerato de Aragón, quienes interactuaron en tiempo real y de forma virtual a través de un prototipo de conflicto social denominado "Dilema del prisionero". Tenían compañeros de juego asignados por una computadora que no eran sus vecinos físicamente. En cada ronda, cada uno decidía si quería cooperar o no y en función de eso obtenía un pago.
"Si la decisión era cooperar, obtenía una unidad de pago por cada vecino que hubiera cooperado y nada por cada vecino que no hubiera cooperado. Si la decisión era no cooperar, obtenía 1,4 unidades de pago por cada vecino que hubiera cooperado y nada por cada vecino que no hubiera cooperado. De esta manera, claramente es tentador no cooperar, porque entonces uno se aprovecha de todos los que cooperan a su alrededor, pero si todo el mundo piensa lo mismo y nadie coopera, nadie gana nada. Por eso es un `Dilema del prisionero`, pero en versión multijugador, porque si se supera la tentación y todos cooperan, todos ganarían una unidad por cada compañero", explica a Domingo Anxo Sánchez, uno de los autores de la investigación.
Para el científico el hallazgo más importante del estudio es que la existencia de una red de contactos no influye en la cooperación. "Veinte años de trabajos teóricos habían dado lugar a la creencia de que el interaccionar con otros a través de una red podría fomentar el que la gente cooperara más, ya que entonces los cooperadores podrían estar juntos y beneficiarse mutuamente. Ahora sabemos que no es así", agrega el experto.
La explicación que encontraron es que a la gente le importan las acciones que tomen los demás -cuántos han cooperado con ellos- y su estado de ánimo, más allá de los beneficios que obtengan. Es decir, se coopera cuando buena parte de los vecinos coopera, y en cuanto no es así, la gente deja de hacerlo.
Aunque pueda llamar la atención que las personas no cooperen según el beneficio que crean que vayan a lograr, para Sánchez esa reacción se origina en la Prehistoria con los cazadores-recolectores. "Lo que importaba es que otros me ayudaran y no cuánto íbamos a ganar cada uno. Lo que puede ocurrir es que este comportamiento no ha cambiado mucho porque la escala evolutiva es más lenta que la de la transformación de la sociedad en los 8.000 años de historia que llevamos". Otra de las hipótesis es que en muchos contextos lo único que las personas saben de sus compañeros es si ellos los han ayudado o no, y no cuánto se beneficiaron por eso. "Estamos acostumbrados a fijarnos en la información disponible e ignoramos el beneficio", resume el experto.
A su vez, que las personas involucradas estén organizadas según una estructura social u otra es irrelevante. Esto puede aplicarse al diseño de organizaciones. Es que al menos en este tipo de dilema social donde existe la posibilidad de aprovecharse de los otros, poner a los interlocutores en una red no previene la falta de cooperación, sino que hay que buscar incentivos para evitar que la gente se enfade al ver que otros no contribuyen y también dejen de hacerlo.
Los autores de la investigación prevén que estos resultados ayuden a comprender cómo toman decisiones las personas, en especial cuando hay que decidir entre colaborar o aprovecharse de los otros, y a partir de allí puedan elaborarse estrategias que induzcan a la gente a cooperar.










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