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Intrusos y sus similares son odiados y seguidos al mismo tiempo. El minuto a minuto y lo que "vende" marca y modifica la agenda. ¿Límites éticos? Bueno, eso no importa tanto.
LEONEL GARCÍA | BUENOS AIRES
La imagen gigante de Jorge Rial y su típica sonrisa, entre canchera y diabólica, ocupa el primer lugar desde la calle en la hilera de celebridades del canal porteño América. Toda una declaración de estatus. A las 13 horas, con el panel de Intrusos listo, hace su entrada triunfal al ritmo soul de Barry White. Lo esperan dos horas y media de un programa que es la Biblia y el calefón llevados al paroxismo: de un homenaje a una figura histórica de la televisión al debate por una expulsión del Bailando, de la enésima pelea entre dos vedettes al pedido por una niña desaparecida, de la crisis matrimonial de Wanda Nara a una revisión de la dictadura gracias a una sarta de disparates vomitados por Graciela Alfano. Este último fue el típico caso del pez que por la boca murió: y estos programas viven de esa clase de pesca.
Pero no es Rial, ni su brazo derecho Luis Ventura, ni sus panelistas, ni tampoco los famosos, pseudofamosos o aspirantes a serlo que, por conveniencia o estupidez, abren la boca de más, el verdadero rey del programa. Si hay un dios pagano en Intrusos, que con 11 años de trayectoria es hoy el más emblemático de los programas made in Argentina conocidos como "de chimentos", es la medición. Artículo primero, principal y único de un inexistente código para este formato: el rating manda.
Pablo Sirvén, secretario de redacción del diario La Nación y periodista especializado en televisión, califica al de chimentos como "el género periodístico más tramposo, más fantasioso y, en algunos casos, el más avieso". Lo han tildado de tevé "berreta", "chatarra" y "basura". Otro conocedor del ambiente, el periodista Jorge Novoa, escribió en 2007 en la revista Noticias que Jorge Rial y su competidora y enemiga Viviana Canosa, han "recotizado el género bastardeado de los chimentos. A fuerza de correr los umbrales del impacto, consiguieron que viejos `lobos` como Mauro Viale o Chiche Gelblung parezcan maestros de ética periodística". Duro y pico.
Aún así, venden. Los "chivos" sobran. Si América se ubica en un cómodo cuarto lugar en audiencia entre los cinco canales de aire porteños, Intrusos, con un público de unos 650 mil televidentes promedio en pleno horario laboral, le permite trepar momentáneamente al tercer o segundo puesto. Venden, repercuten en otros programas y se exportan: en Uruguay hace años que están Rial y compañía, al que se sumaron Viviana Canosa y Este es el show (este último más concebido como un satélite de ShowMatch). Cualquiera de ellos ronda los 40 mil fieles televidentes montevideanos cada tarde. "Es lo que quiere ver la gente", dice Luis Ventura, como si fuera un axioma.
claves. Café en mano, el coreógrafo Aníbal Pachano espera su turno para entrar al aire. En vivo, la periodista Cora Debarbieri lanza el primer titular: "Se está por separar Wanda Nara", hermana de Zaira y esposa del futbolista Maxi López. Se emite un clip en homenaje a Nicolás "Pipo" Mancera, fallecido el día anterior. Tres camarógrafos, un locutor, un operador de "jirafa" y cuatro o cinco tipos que no parecen hacer otra cosa que mirar, conforman el detrás de cámaras. Antes de cada corte, se transmite un pedido por la niña secuestrada Candela Rodríguez (cuyo cadáver apareció un día después de la presencia de Domingo en América). Alberto Cernicchiaro, asistente de dirección, aporta la clave del desarrollo del programa: la trilogía Ana Laura Guevara (productora ejecutiva), Martín Salinas (productor de piso), alias "El Mudo", y Rial, conectados mediante micrófonos cucaracha. "Ahí se van indicando cómo van, qué es lo que sigue, por dónde tiene que ir la cosa, hasta cuándo".
Ana Guevara es sorprendente. Tiene una hiperactividad que uno no asociaría con una mujer embarazada de cinco meses y medio. Está en el control, un piso arriba del estudio, en la primera línea de combate. Frente a ella hay 19 televisores con el programa que se está realizando abajo y la competencia. Está rodeada de una decena de monitores y gente a su cargo. Es capaz de mantener varios diálogos a la vez -con Salinas, con Rial, con el director Pablo del Pozo, con los productores cercanos, con las chicas encargadas del videograph y con este periodista- sin perder el hilo de ninguno ni el buen trato. Y su palabra es sagrada: en una pantalla a su costado brilla el minuto a minuto, el faro que guía el rumbo.
"¿Podemos cambiar `separación` por `crisis`? Porque esta gente ya se está cagando…", le dice Guevara a las del videograph con algo de fastidio. En el estudio, el tópico Wanda Nara (ayudado por una tapa suya de Caras con el título "Maxi me desilusionó") baja decibeles. El rating también. Hace falta reaccionar rápido. "Después retomamos, poné a Pachanín", le habla la productora a la cucaracha. Segundos después, Rial arremete: "Y ahora volvemos con Aníbal Pachano, con el tema de Alfano…"
Lo que sigue es el fuerte del programa del día. De boca de Pachano, Rial y Ventura, Alfano se convierte en un punching ball, gracias a su presunto romance con el represor Emilio Massera y sus desgraciadas declaraciones. El coreógrafo (amigo de la casa) ataca a su compañera de jurado del Bailando (enemiga) por ese tema y otros rencores anteriores. También hace una advertencia: "Dejen de amenazar". Ni él ni Rial lo nombran, el destinatario es Ricardo Fort (aliado de Alfano; ergo, enemigo de la casa). Ventura aprovecha para decir que tiene información sobre "una zona oscura en la formación de Alfano". Eso incluye el suicidio de su padre y las cartas que dejó. "Algún día lo voy a publicar", desliza.
El Masseragate, que ocupa casi una hora, significa el momento de gloria del día: casi ocho puntos de rating cuando el promedio del programa fue de 6,4.
atractivo. "Los chimentos son los `cuentitos` de los grandes. Los famosos ocupan el lugar de los príncipes y doncellas de la infancia. El fisgoneo, el asomarse a un ámbito supuestamente prohibido que es develado involuntariamente también atrae mucho". Para Sirvén, esa es la clave de su atractivo. Claro, la materia prima es una realeza muy particular. Ya lo había dicho Jorge Rial a fines de 2000, al portal Terra Lycos, antes que Intrusos tuviera su primera emisión: "Hoy vende más el embarazo de Yanina Zilly que Alfredo Alcón haciendo Hamlet". Toda una declaración de principios. Once años después Alcón se lleva todos los elogios en la recientemente estrenada obra Filosofía de vida; y Zilly, bueno... hace mucho que está fuera de las marquesinas.
Se va Pachano. La información se sucede. Tras un contacto con su abogada, Wanda desmiente la crisis. Juanita Viale "estaría" (Rial enfatiza el condicional, salvoconducto periodístico contra las embarradas si los hay) embarazada de nuevo. "Chivo" y nuevo tema: un "complot" contra la Mole Moli en el Bailando. Hay tape. La voz autorizada es la de la vedette Rocío Marengo, una de las primeras eliminadas de ese show.
Pero el público no se conmueve. Canal 9 y Telefé se alejan. "¿No tendríamos que cambiar de tema con Marengo, Mudo?" La sugerencia de Guevara tiene forma de orden. "Y... lo de (Mónica) Farro". La triangulación funciona de maravillas. Rial: "Rocío, ¿qué pasó con la Farro?"
La gimnasia es la misma que la de todos los días. Video con la vedette uruguaya "atendiendo" a Marengo; Marengo respondiendo con sorna: "¿Vi mal o pusieron la voz de Farro con la cara de (el payaso) Piñón Fijo?" Carcajadas generalizadas. Algo levanta la medición: rozan los seis puntos. Están terceros.
¿verdades? El cambalache entra en su recta final: alusiones risueñas a presuntos episodios de violencia doméstica sufridos por Farro, la sorpresiva aparición del actor Juan Acosta (aquél de Gasalla) promocionando una muestra artística (está vestido con una remera que tiene la frase "Agítese antes de usar" y una flecha que apunta hacia abajo), una eventual reconciliación entre Moria Casán y Carmen Barbieri. The end.
"Quien más, quien menos, todos estamos expuestos a los chimentos", retoma el secretario de redacción de La Nación. "En la `sociedad del espectáculo` en la que estamos inmersos, los chimentos funcionan de maravillas y se potencian en las redes sociales". Ventura coincide por separado: "El Twitter es un gran desnudador de espíritus y sentimientos". Ahí estuvo el origen del escándalo con Alfano y de la crisis matrimonial de la hermana de Zaira. Llama la atención lo atentos que están productores y panelistas a sus celulares. Los dedos vuelan sobre los pequeños teclados (¿sms? ¿twitter? ¿búsqueda de la primicia de último momento?). Lo hacen delante de cámara y detrás, al aire y en los cortes.
"Toda la información es chequeada, nosotros en producción (unas 15 personas) confirmamos todo", cuenta la productora ejecutiva en pleno vértigo comunicacional a varias puntas. Metros abajo de ella y al aire, Marengo había admitido que muchas peleas entre vedettes pueden ser armadas (y se sugiere que la empresaria Carmen Barbieri es la instigadora). Aunque defiende a capa y espada la veracidad de la información que él maneja, Ventura dice que "todo el tiempo hay puestas en escena". Pablo Sirvén sostiene que "nadie cree a pie juntillas" lo que se dice en estos programas: "Esa es otra parte de su atractivo, su dualidad, el que pueda ser y no ser al mismo tiempo".
Entre escándalos, verdades dudosas, chismografía pura, peleas, amiguismos, enemistades y -en ocasiones- reales miserias humanas, ¿hay algo así como un límite periodístico o ético? ¿Un "hasta acá llegué"? "Algunos límites hay, depende de lo que está pasando... mirá... no vamos a poner una cámara en un hospital... pero sí vamos a decir que alguien se está muriendo", dice Guevara, tratando de escoger bien las palabras. La panelista Marcela Tauro es escueta: "Las enfermedades". Su colega Daniel Ambrosino es más ambiguo: "Hoy los tiempos son distintos. En Internet hoy se publica todo, a veces de forma anónima... y vos lo terminás dando". Ventura, directamente, no se plantea esa cuestión (ver nota aparte). Ante cualquier duda, remitirse al artículo primero y único, inexistente pero omnipresente.
Aún para el más ajeno a este tipo de programas, llama la atención que el trato dispensado a un personaje en cuestión (presente o ausente en los estudios) depende directamente del vínculo o la fidelidad que tenga con sus responsables.
Luis Ventura niega lo primero, aunque aclara que habla solo por él. La productora Ana Guevara matiza: "Si es un amigo de Luis, por ejemplo, puede ser más cuidadoso a la hora de hablar, pero tiene pocos amigos…" Un integrante del staff, en tono confidente, es tajante: "Es así, desde ya, ni lo dudes".
Y aún hay más: llevarse bien o mal con la competencia también puede tener relación directa en el vínculo. Ejemplos: si Gerardo Sofovich y Ricardo Fort son bienvenidos en Viviana Canosa, difícilmente les tiren la alfombra roja en Intrusos. O estás conmigo, o estás contra mí.
Y también hay un código no escrito sobre las fidelidades. Por caso, Ventura dice que el surgimiento mediático de Wanda Nara fue "plenamente" una creación de Intrusos. Entonces, fallarles en una nota, o en una foto, se paga. Puede ser con el ostracismo (lo peor que le puede pasar a cualquier integrante de la farándula que se precie) o dispensarle el trato de enemiga. "Yo me enojo con la gente a la que yo le fui leal, a la que yo colaboré a construir un personaje. Entonces, que esa gente quede conmigo en determinada cosa -en este caso, darme las primeras fotos de su hijo para una tapa de la revista- y no me cumpla... yo no lo perdono", explica el brazo derecho de Jorge Rial.







