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 Domingo 05.06.2011, 18:04 hs l Montevideo, Uruguay
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Robert y Dayna Baer trabajaron para la CIA durante años; se conocieron en plena acción y cuentan ahora secretos de su trabajo y su pareja en un libro.

Los espías también se aman

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Los espías también se aman

Plumas de pollo. Se despluma al animal para la cena. Se tiran a la basura. ¿Y qué sucede? Averiguas el paradero de Bin Laden. ¿Por qué? Siga leyendo.

Con este tipo de detalles, insignificantes para el común de los mortales, mucho entrenamiento en armas, defensa personal, geopolítica, observación, olfato e improvisación se cocina el trabajo de todo buen espía. Como lo eran Robert y Dayna Baer, norteamericanos, ex de la CIA, matrimonio. Como Mr. y Mrs. Smith pero verdaderos. Como dictan las normas para entrar en la CIA: "Mantente extremadamente limpio; evita toda actividad delictiva; sé responsable, ético, fiable en el trabajo; evita los juegos de azar; y sé fiel a tu pareja y a Estados Unidos". De manual. Bien aseados por dentro y por fuera. Al menos para entrar. Al salir... El libro que han escrito, La vida en (la) compañía (editorial Crítica), es un emocionante cuaderno de operaciones, desplazamientos y viajes. Su vida como un puzzle en el que sus carreras se desarrollan paralelas y acaban unidas en los Balcanes.

Un buen día se encuentran en un Sarajevo herido, la ciudad donde nadie habla, muchos lloran y un profesor les alquila su casa sin preguntar. Un equipo al mando de Robert instala allí su antena y vigila la mansión donde se aloja Hezbollah. ¿Con qué fin? "Vine a Sarajevo solo por una razón: para ofrecer a los iraníes y sus apoderados de Hezbollah mi disparo final, mi despedida antes de dejar la compañía", dice él, ya de vuelta de todo. Ella, aún de aprendizaje: "Eso fue lo primero que nos enseñaron: no hay que correr nunca jamás...".

Los futuros Baer van cada uno a lo suyo. Él, un agente de altura, el mejor de Cercano Oriente, decían. Dayna empezó en esa parte de la agencia funcionarial que es la más corriente: investigaba antecedentes de candidatos a espías, o "los poco apetecibles líos de la vida de otros". Y hacía más: "Impedir que los espías extranjeros se infiltren". Hasta que le ofrecen adiestrarse como guardaespaldas y tiradora. "Seis meses de ejercicios extenuantes día y noche en manejo de armas, combate cuerpo a cuerpo, conducción a altas velocidades y cómo matar a alguien clavándole un lápiz a través del paladar".

Luego, ella será Riley para los colegas. Hay detalles que no se revelan a nadie. "Mi padre piensa que trabajo para el Ejército; mi madre, en una compañía de transporte internacional. Pero no puedo evitar preguntarme cuán reales somos nosotros. ¿No somos una especie de fantasmas?"

Entre Bob y Riley no hay choque de trenes pasional al cruzarse. Todo es discreto. Ambos andan mal casados y sin razón para seguir estándolo. Viven en peligro. Comparten muchas horas de coche. Hasta que consuman. Se hacen inseparables. Las relaciones entre agentes son tabú en la CIA, pero se dan. "Como he oído decir a uno de los tipos: si no puedes mantener una relación amorosa en secreto, no vales como agente. Pero algunas parejas ni siquiera se molestan en ocultarlo... No hay nada como un abrazo apasionado para esconder una cámara oculta", cuenta Dayna.

Él, (camaleónico: habla árabe, francés, alemán, persa, ruso) desde muy joven; ella, más tardía, eligieron la acción, el peligro, los viajes y la vida difusa. Una mochila y basta. Ella está entrenada en la invisibilidad. "Nuestro objetivo es evitar meternos en líos, no lo contrario. Nada de eso de los ninjas de la CIA que van de un polvorín a otro cometiendo asesinatos e impartiendo justicia. La realidad es más anodina. En el momento en que una pistola aparece, la misión queda comprometida...".

La versión y visión de Bob es otra. Él es workaholic, imposible cualquier relación familiar normal (tres hijos que no ve). "Ingresé en la CIA en 1976, trabajé principalmente en Cercano Oriente y en algún momento me volví adicto a la agitación política: guerras civiles, revoluciones, golpes de Estado (...) No hay nada más fascinante que ver una casa derrumbarse y ser testigo de la lucha por su reconstrucción", escribe.

Se aprende mucho a través de sus vidas. De geografía y políticas. De disciplina de espía. Y sobre todo, de la manera de hacer (y mandar hacer) de EE.UU. por el mundo. Aun así, no vieron las plumas. Lo cuenta él: "Antes de dejar Pakistán, le pregunto a nuestro intermediario pastún por qué somos incapaces de encontrar a Bin Laden. `Es muy sencillo`, me dice, `nunca se molestaron en prestar atención a las plumas de pollo`. Mi confusión le hace sonreír y se explica: los árabes de Al Qaeda comen pollo, mientras que los pastún, que viven en las montañas entre Afganistán y Pakistán, comen cordero. La cuestión era recorrer esas montañas buscando plumas de pollo fuera de las casas. `En una semana lo habrían encontrado`, dijo". Con espías más atentos, la historia hoy sería otra.

"Te acostumbras a vivir conociendo pequeños trozos de la verdad"

EL PAÍS DE MADRID I LOLA HUETE MACHADO

Los Baer son seres terrenales sobre todo ahora, pasados los años, retirados, maduros, dedicados a otros menesteres. Dayna se ha hecho abogada de Estado, y tienen una niña, Khyber, adoptada en Pakistán.

Desandar el camino hacia una vida corriente es lo que intentan desde el inicio del siglo XXI. Él se dedicó a la agencia de 1976 a 1997. "Tres lustros ya fuera y aún hoy, si alguien frena bruscamente su coche delante del nuestro, te pones en guardia esperando el ataque", dice Bob, ahora autor, realizador de documentales, columnista de Time. Los reflejos nunca mueren. Tampoco los mitos sobre su oficio. "Espiar es como llevar un libro de contabilidad gigante", confiesa Dayna en un momento en que anda tras los terroristas del 17-N que en 1975 mataron a Richard Welch, famoso agente. ¿Se enteran los espías de lo que están haciendo? "Pronto te acostumbras a vivir conociendo solo pequeños trozos de la verdad... Consigues un dato aquí, un nombre allá, pedazos... Cuando tienes bastantes... los juntas e intentas ordenarlos; si hay suerte, la recompensa es grande; si no... has de tener fe en que Washington sabe lo que hace".

Si ella la tiene o no, no lo dice. Él sí. Más de una vez. Exhibicionista, un tanto indignado tras ser investigado por intento de asesinato contra Sadam Hussein en una operación de apoyo a generales golpistas iraquíes (luego retiraron la investigación y hasta recibió medalla), bromea hasta con venganzas jugosas ante la organización: "Al abordar el Falcon rumbo a Londres, le digo a Garth, mi jefe, que deberíamos haber invitado a las chicas a venir. Me gusta la idea de ser expulsado de la CIA por llevar a dos putas en el avión del director...". Bob se retira escéptico. Y tras intentar hacer negocios con el petróleo, se pone a trabajar para la ABC y a escribir sobre lo mucho vivido: tantas personas conocidas, tantos contactos, tantos desaparecidos... Como su amigo el jeque de la tribu Dulaym, Malik, que le ayuda a entrar en Irak antes que las tropas aliadas y acaba muerto junto a 16 miembros de su familia por seis misiles de crucero estadounidenses.

Los acontecimientos guerreros de los años 80 y 90 desfilan: Balcanes, Siria, Tayiskistán, Líbano, Afganistán, Pakistán, Marruecos. En uno se trata de controlar las rutas del hachís; en otro, de frenar el fundamentalismo; más allá de vigilar a terroristas o de introducirse en el círculo de un presidente que interesa a EE.UU. Muchas escenas. Una cualquiera: Bob en Siria, junto a Alí, exgeneral mutado en empresario que le ayuda a cruzar las montañas a Líbano para desmontar las ansias guerreras de otro general. "Es extraño. En este negocio todo el tiempo estamos mintiendo y viviendo bajo identidades falsas. Le chupamos el alma a nuestras fuentes, saqueamos a nuestros contactos. Todo arreglo tiene una vuelta de tuerca; todo favor lleva su pagaré. Pero al final todo se reduce a lo que dice Alí: relaciones, lealtad, confianza. En el espionaje tienes que prestar atención al aspecto humano. Sin ello, no tienes nada".

etiquetasEtiquetas: vida - pakistán - espías - baer - dayna - 
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