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Nacen con un sentido numérico y capacidad de discriminar idiomas. Un bebé prefiere interactuar con una persona a un juguete. Y sabe cómo manipular.
Lo que más captura la atención de un recién nacido es relacionarse con terceros. Más que móviles y muñecas, prefieren interactuar con alguien. Esto porque su cerebro viene cableado para cultivar las relaciones sociales, según explica a The New York Times Elizabeth Spelke, psicóloga del Laboratorio de Estudios del Desarrollo de la Universidad de Harvard. Tiene lógica si se piensa que este impulso de buscar al otro es la raíz de un mecanismo de sobrevivencia fundamental, como es el apego de la madre con su hijo. "La relevancia del contacto piel a piel para que el niño tenga un buen desarrollo de su cerebro es uno de los conocimientos más recientes que se tienen", indica el neurólogo infantil chileno Carlos Acevedo. De allí la importancia de amamantarlos y que tengan contacto con la piel y los olores de la madre.
Pero el cerebro infantil sigue sorprendiendo a los investigadores debido a la cantidad de conocimiento que trae al momento de nacer. Más allá de cosas tan concretas como reconocer las voces de los padres, hoy se sabe que el desarrollo motor, así como habilidades aritméticas básicas y de lenguaje, también vienen preprogramadas.
Durante la gestación, entre las semanas 10 y 26, se dispara el crecimiento en la cantidad de neuronas del niño, a razón de unas 250 mil por minuto. Gracias a esto se forman millones de circuitos nerviosos que le permitirán contar con varias habilidades desde los primeros días.
"Los recién nacidos son capaces de discriminar todos los sonidos de todas las lenguas humanas", explica Patricia Kuhl, del Instituto para el Aprendizaje y las Ciencias del Cerebro de la Universidad de Washington. Al quinto día, ya reaccionan a la entonación y el ritmo con que se les habla. A las pocas semanas, empiezan a tener preferencia por los sonidos de su lengua materna y dedican más atención visual a quienes hablan así y no a quien utiliza un idioma extranjero. Poco a poco, inmersos en su lengua materna, hay sonidos que no es relevante distinguir. Y lo que no se usa se pierde. A los 7 meses de vida, el cerebro sufre una "poda" y elimina los circuitos neuronales de los sonidos que no existen en la lengua propia, iniciándose la dificultad para aprender otro idioma. Con el tiempo, el niño llega a la sutileza de distinguir el tono o el acento regional, y prefiere el acento de su lugar, sin tomar en cuenta a quienes usan otras entonaciones en su hablar.
La capacidad numérica, en tanto, fue algo que hasta hace poco se subestimó. Hoy se sabe que hay dos núcleos cerebrales numéricos en los recién nacidos. Uno que les permite distinguir los conceptos de "uno", "dos" y "tres" y el otro que es de cantidades aproximadas, aunque con la suficiente diferencia. Por ejemplo, distinguen bien entre 8 y 16, pero no entre 8 y 9. Con estas capacidades que trae, sumadas al ambiente en que crece, el niño se transforma en una máquina de aprender.
En el primer año, dice Acevedo, la madre nota que su hijo tiene respuestas complejas y sabe manipular y obtener lo que quiere. El Mercurio/GDA









