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El 95% de los menores de 18 años que delinquen proviene de contextos críticos. Esa sería la principal causa, según afirman los expertos. Adolescentes buscan ser parte de un sistema que los margina, y piensan que un par de championes los puede convertir "en personas".
TOMER URWICZ
El padre lo abandonó. Nunca se animó a preguntarle a su madre por el pasado. Se crió junto a seis hermanos bajo un mismo techo de chapa herrumbrada, excluido y con el alimento justo, cuando lo había. Abandonó la escuela y se las rebusca vendiendo estampitas en los ómnibus. Está desprovisto de todo, pero lo que más le falta es cariño. "Nadie lo quiere", cuenta la ex jueza de menores Graciela Berro.
Esta historia es una más de las cientos que desfilan por los juzgados. En este caso el "Morocho", como le dicen en el barrio, robó un par de championes "para sentirse parte". Lo incentivó un amigo que la semana pasada había hecho lo mismo. "Es una sociedad donde para formar parte de ella hay que vestirse con determinados championes, y si no los tenés dejás de ser persona", explica el educador social Sergio Vulcano.
Lo cierto es que el adolescente de 14 años cometió un hurto con violencia, lo que es tipificado como rapiña.
El chico es detenido en un clima de agresividad. Pasa toda la noche en una celda, solo y en condiciones inhóspitas. Llega al juzgado y "no tiene la más mínima idea de qué son las instituciones públicas", señala Berro. Lo recuerda con los ojos que vieron lo que la sociedad no quiere ver.
El "Morocho" forma parte del 95% de los menores sancionados que provienen de contextos críticos, lo que los expertos llaman situación de postergación de sus derechos. "La pobreza es la principal causa de vulnerabilidad para delinquir", afirma Vulcano, quien hace cinco años trabaja con jóvenes en conflicto con la ley. El porcentaje (95%) es alto porque "hay un proceso de selección", dice el educador. "La Justicia selecciona a algunos jóvenes y no a todos. Dentro de los delitos no todos son denunciados. De los denunciados, no todos los casos quedan demostrados. De los descubiertos, no todos son probados en los juzgados. Y de los probados, no todos ameritan sanción". Por eso, para la ex jueza Berro "los juzgados de menores son para marginales". Allí acuden quienes cometieron los delitos "más toscos", aquellos que no pudieron ser descartados en el proceso. "Y ahí influye el nivel socioeconómico", asevera Vulcano.
"El chico con necesidades roba en los lugares más insólitos. Una vez nos llegó el caso de un adolescente que intentó robar en el propio juzgado donde estaba siendo enjuiciado", recuerda. El psicólogo de familia Jorge Cohen explica que los menores de 18 años cometen un delito para satisfacer una necesidad inmediata. "Estos chicos no tienen la posibilidad de proyectarse. Viven el hoy".
Los adolescentes delictivos representan menos de 1% de los más de 80.000 chicos que están bajo la órbita del Instituto del Niño y Adolescente del Uruguay (INAU). Sin embargo, el impacto social que tiene este grupo poblacional es significativo. Según un estudio de Foco Auditoría Multimedia, desde octubre de 2010 hasta mayo de 2011 se destinaron 20.564 segundos de televisión al tema de delincuencia juvenil, un equivalente a 343 programas enteros de una hora de duración.
La exmagistrada Berro explica que "en la segunda mitad del siglo XX, las democracias sociales ingresaron en crisis y eso hizo que el Estado benefactor no pudo hacerse cargo de las ayudas y acentuó el aparato represivo. Es decir, se necesita menos plata para reprimir que para ayudar. Entonces la opinión pública solicita más represión: aumento de las penas y más medidas de seguridad".
El sociólogo Gabriel Tenenbaum coincide en que hablar de "inseguridad está de moda". Y el "Morocho", al igual que otros 868 adolescentes, es el meollo de esa moda.
prejuicios. No le dicen el "Morocho" por casualidad. "Los rasgos físicos, la forma de vestir, y otros estereotipos son indicadores que hacen que se actúe de determinada manera. Por eso la policía tiende a reprimir en determinadas poblaciones. Se trata de dos grupos antagónicos que van a estar en conflicto siempre", cuenta Tenenbaum, quien dirige el taller sobre violencia juvenil en la Facultad de Ciencias Sociales. Tensión y odio es lo que se respira en la relación entre reprimidos y represores. "En la calle los que dominan son los policías, quienes, cada vez que pueden, humillan a esos jóvenes para marcar territorio. Ahora usan la picana eléctrica, hasta en demasía, para tener el control", argumenta Vulcano.
Esta analogía no es cosa nueva. Tampoco el debate sobre los adolescentes infractores. En las actas parlamentarias de principios del siglo XX se puede observar calurosos debates sobre la delincuencia juvenil, en las que se discutían las causas: quienes argumentaban el abandono material y moral de los menores hasta quienes defendían la tesis de la predisposición biológica para infringir la ley.
Genética. La sociología y el sistema judicial de menores tienden a aplacar las teorías genetistas que explicaban la delincuencia de adolescentes desde la óptica biológica. "A principios del siglo XX los médicos medían el tamaño de los cráneos de los infractores en búsqueda de posibles causas", expresa Tenenbaum. Berro asevera: "¡Eso es un disparate!". Vulcano cree que "no se trata de una población enferma y los que estamos fallando somos los adultos al no poder dar las posibilidades adecuadas". Cohen asevera que "los jóvenes se construyen, no están determinados".
No todo es consenso entre los académicos. La doctora Laura Viola, grado 5 en Psiquiatría Infantil, entiende que "los patrones de conductas delictivas se corresponden a un trastorno". No se trata de una patología cuando es un caso aislado, pero sí cuando "la presencia de antecedentes familiares con trastornos de conductas disociales vuelven al niño vulnerable frente a las situaciones de estrés sostenido". En esos casos, como en el resto de los trastornos psiquiátricos, "se puede trabajar con medicación".
La relación entre la vulnerabilidad genética y el delito, no es de causa y efecto. "Un padre con conducta disocial no necesariamente dará un niño con este tipo de trastorno. Median otros factores. En aquellas familias provenientes de contextos de pobreza, el niño está más expuesto a una situación de estrés. Este escenario se da por el grado de violencia y por la exclusión social", indica la psiquiatra.
Esta explicación justifica que el "Morocho", cuyo padre lo abandonó, esté en ese 95% proveniente de contextos desfavorables. "En las familias en las cuales se considera las necesidades del niño, difícilmente vayan a tener problemas de conducta disocial, porque el ambiente permitió que el chico sea respetado como persona. Igualmente, hay posibilidades de que se tenga el trastorno, porque responde a lo biológico".
Los otros profesionales consultados tienden a reducir los factores genéticos a casos aislados, como los psicópatas. El psicólogo Cohen afirma que "esta patología no es una causa directa del delito. Sí hay personas que tienden a encerrarse como forma de protección y hacen que no conciban el lugar del otro. Estos niños cometen delitos sin remordimiento de lo que pueda sentir el otro". Otras veces no comprenden el hecho, o al menos no son conscientes. "El niño entiende lo irreversible de la muerte a los 11 o 12 años. Si comete un homicidio a los nueve años no se lo puede condenar de por vida", explica Viola.
El "Morocho" no es un psicópata y tampoco mató. Sólo robó los championes. La jueza le toma declaraciones a la madre del victimario y ésta dice: "¡Quiero que lo interne! ¡La droga lo está matando!"
Drogas. Hoy es la pasta base. Ayer fue la cocaína o la marihuana. Antes, el alcohol. Legales o no, las drogas siempre han sido objeto de estudio de la criminología. "Hay infracciones que son realizadas por el consumo problemático de drogas, pero no hay una relación directa que determine que la adicción lleve al delito", dice Vulcano.
La resaca de la cocaína, conocida como pasta base, ingresó a Uruguay en 2002. Se vende a bajo precio y su toxicidad es muy alta. Por eso la consumen en los barrios periféricos. Igual, "había delito antes de la pasta base y seguirá habiendo aunque ésta desaparezca", aclara Cohen, quien hace más de 23 años trabaja en el INAU.
El "Morocho", al igual que todos los niños, "necesita de un referente, sin importar cómo esté conformada su familia, que le dé protección, afecto, comprensión y puesta de límites", señala Tenenbaum.
El "Morocho" quiere ser. Que lo dejen ser. En el libro Engarronados, un menor cuando fue interrogado sobre el delito cometido, dijo: "Quiero decir que hacer justicia es fácil para los que juzgan. Se trata de aplicar la ley. Pero, ¿alguien se pone en el lugar de los juzgados?"
De cada diez delitos que cometen los menores de 18 años, sólo uno es efectuado por una mujer. A ellos se los asocia con las rapiñas, mientras que a ellas con los homicidios por amor. "Los hombres y las mujeres socializan de forma diferente. Ellas están más limitadas en las salidas a la calle para resguardar el hogar y hacerse cargo de los hermanos más chicos. El entorno suele protegerlas y sino son víctimas de la violencia más que victimarias. Ellos están en la calle. El estar desprotegido implica conocer los circuitos delictivos, un acceso más fácil a las armas y genera lazos de confianza con delincuentes", señala el psicólogo de familia Jorge Cohen.
Ellos y ellas tienen mecanismos diferentes para obtener lo que desean. "La mujer es vulnerable al sexo a cambio de dinero, a que sea el novio quien subvenciona las necesidades. El hombre, por aspectos culturales, es el responsable de conseguir el dinero; como sea", comenta el educador social Sergio Vulcano.
Si bien, como explica el educador, "los homicidios cometidos por adolescente son algo muy esporádico, aún cuando sea lo que tenga mayor impacto social", Cohen señala que la mujer tiende a "matar por celos" y utiliza el arma de la víctima.








