|
||||||||
Con 87 años, el actor que encarnó a Galileo Galilei y los últimos días de Leonardo Da Vinci, es el único sobreviviente de la fundación del teatro independiente montevideano.
TOMER URWICZ
Roberto Fontana no es realmente Roberto Fontana. Al menos no se llama así en su cédula de identidad. En la emisión de un radioteatro, con apenas 17 años, decidió elegir otro nombre para que su familia no se enterase de su vocación. Lo dejó librado al azar. Su profesora Irma Abirad abrió dos veces la guía sin mirarla: en una su dedo se posó en Roberto, la otra en Fontana.
Los ladridos de Lara dan la bienvenida a su casa situada en la silenciosa calle Lugano, en el Prado. A lo lejos se asoma él, un poco tambaleante por los 87 años pero sin necesidad de utilizar un bastón. No hace falta que se acerque para reconocerlo. Es de esos rostros que pueden ser identificables con solo dibujar la silueta. La calvicie deja al descubierto una cabeza redonda que se alarga por una pronunciada barba en forma de chivita. Con una mano extendida invita a pasar y al abrir la boca deja en evidencia su otro distintivo: la voz. Habla pausado y recorre todos los tonos que le permite su caja torácica, un poco maltratada por los cigarros que guarda en el bolsillo derecho de su campera cuadriculada al estilo escocesa.
Se sienta sobre el borde de un sillón de cuero negro, de esta acogedora casa que le pertenece a sus sobrinos, y jamás deja caer su espalda sobre el respaldo. Mantiene una línea, como si un piolín le estuviese haciendo fuerza desde el techo.
El secreto para mantenerse tan bien, dice, es "vivir con una gran alegría". Desde pequeño tuvo una vocación definida y eso lo "llena profundamente". A pesar de no contar con una referencia artística en la familia, demostró un talento creativo con tan solo dos años. "Mis padres me contaban que yo sabía la lengua a medias, pero cantaba canciones enteras", rememora y con el recuerdo devienen otras historias como cuando fue el solista para entonar el himno en la escuela o cuando unos docentes lo invitaron a cantar en una misa en latín; lo hizo sin saber lo que estaba diciendo.
El teatro, al que define como buen shakespeariano como "una forma de sublimar la capacidad de ser o no ser que tiene el ser humano en el planeta", ingresa en su vida recién a los 14 años. Era un día de esos en que los adolescentes buscan matar el tiempo en compañía de un vecino. Un periodista de espectáculos (conocido de un amigo de Arroyo Seco, su barrio natal) le concedió entradas para el teatro ante la falta de boletos para el cine que le conseguía siempre. Ingresó a la sala Teatro 18 de Julio y al abrirse el telón no lo dudó. Ese sería su destino.
Tres años después ingresa a la Escuela Dramática del Sodre. Allí conoce a los compañeros con los que luego fundó el movimiento de teatro independiente. "Ahí nos dimos cuenta de que para hacer lo que nosotros queríamos debíamos ser los dueños de nuestros propios teatros, sin la intermediación de empresarios y productores", cuenta con el orgullo que le significa ser el sobreviviente de esa generación. Con los centavos que ahorraban compraban los materiales y con sus propias manos construían las salas de sus espectáculos.
La rutina era la misma. Durante las noches y los fines de semana el compromiso era con el teatro. En el día trabajaba para mantener firme su convicción: "Uno debe vivir para el teatro y no del teatro". Fue vendedor de tabaco, llevó la contabilidad de una tienda y, por último, bancario.
Confeccionó personajes ensayando en el cuarto de baño del banco. "Mis compañeros hacían de `campana` y yo practicaba. Allí engendré un personaje muy complicado de La fierecilla domada de William Shakespeare. Se necesitaba mucho espacio por la movilidad del personaje y el water no alcanzaba. Pero salió".
Y así fue sumergiéndose en el teatro cada vez con más pasión. El amor fue y es tal que jamás se casó porque, dice, su pareja es el propio teatro. No tuvo hijos y no se arrepiente. Aprendió a encariñarse con cada obra y, señala, "preferir a una en concreto es como elegir a uno de los hijos".
Los principios varelianos, de los que con voz grave rescata la "laicidad" haciendo énfasis en cada una de las letras, le permitieron representar a una gama variada de personajes. En la dictadura, en cambio, tuvo que apelar al entrelineado como mecanismo para sortear la censura. "El colmo fue cuando presentamos Galileo Galilei de Bertolt Brecht y pensamos que no nos iban a dejarla hacer", recuerda, "y no sólo la llevamos adelante sino que también tuvimos un éxito rotundo".
Entre el cúmulo de recuerdos que evoca con fluidez hace una pausa para tomar un café. Es uno de los pocos vicios que contrajo luego de largas horas de ensayo y de clases dictadas. "Soy bolichero y me gusta ir al bar para tomarme algo caliente o algún alcoholcito (whisky o vino), pero siempre sin emborracharme", confiesa. "Una vez un compañero me dijo: `¡Tenés que manejar la marihuana y la droga`. Y yo le pregunté: `¿A vos qué te produce?`. Y me respondió: `Te saca de vos mismo`. A lo que concluí que bastante trabajo me da estar en mí mismo, así que no me sirve".
En este sentido, Fontana es de los que no se arrepiente de nada. "Siempre me la jugué por lo que quise y quizás alguna vez me equivoqué pero me di cuenta después que lo había hecho", dice con naturalidad.
Tampoco tiene miedos y cada obstáculo se lo plantea como un desafío. Hay tres sabidurías que le enseñaron lo que es vivir: el zen, el yoga y el tao. "¡No se trata de religiones!", aclara sin que se le pregunte nada, con un tanto de desconfianza de los prejuicios. Por eso las etiquetas no van con él y hasta le da trabajo responder si cree o no en un dios. "Creo en la maravilla de vivir y respeto el pensamiento ajeno, pero más bien rechazo las religiones", aunque tampoco ingresa en la categoría de "ateo" de la que dice estar en la vereda de enfrente.
Su pensamiento fue cultivado con horas de lectura. La televisión la deja relegada a un segundo plano y lo hace más bien como un espectador curioso. Mira el canal de cable Film & Arts y, a pesar de ver poca producción nacional, rescata el programa Esta boca es mía, con la conducción de Victoria Rodríguez.
A las computadoras las admira y cree que "hoy es mejor que ayer y mañana será mejor que hoy", pero no las dejó entrar en su vida por falta de tiempo. "Cuanto lo intenté vi que me quitaba tiempo del teatro que es lo que me interesa", dice.
Es la misma situación ambigua que siente con la música. "Tengo una gran trancadera desde Elvis Presley en adelante y el rock no me entra. Adoro toda la música, me gusta el canto popular y tengo discos hasta de Los Beatles, pero el concepto de rockero no me llega", indica.
Pero con los libros es diferente. Lee de todo y su biblioteca es parte de los sitios más preciados. Se encuentra en un sótano desde el que se puede acceder solo por la parte trasera de la casa. En el centro de la sala una mesa de madera oficia de soporte para unos repartidos de química de unos de los jóvenes parientes que viven con él. Sobre unas estanterías se distribuyen unos 500 o 700 libros. Cada uno se encuentra agrupado por su origen. Los de autores italianos conviven con los franceses. Los alemanes lo hacen con algún ruso y a lo lejos están los uruguayos. Está Vargas Llosa, está Sándor Márai y está Cervantes. También están las carpetas con varios de los libretos que estudió en más de 70 años de carrera.
En esta biblioteca cabe todo. En algunos apartados del estante central reposan los trofeos que recibió. Está el Morosoli, los Florencio, uno que le otorgó ADM y un tabaco cubano que contrasta con las pantuflas con diseño de Estados Unidos que viste Fontana para combatir el frío de entrecasa.
Este recinto de papeles con olor a sabiduría, en el que también hay un rostro de mármol de cuando el actor tenía 24 años (con pelos y sin barba) y una mesa de pool, es el lugar donde dicta clases de foniatría a sus alumnos (ver recuadro aparte).
Cuando no está en este encierro disfruta de la naturaleza, como lo hizo durante años en la playa Honda. Es su forma de recargarse, porque "la vitalidad que me queda la volcaré sobre el escenario".
Roberto Fontana es en realidad Pedro Elbio Bertolini, aunque para todos sea Roberto Fontana y un sinfín de personajes que encarnó con clase.
El rol de actor es el que más satisfacciones le ha dado a Roberto Fontana. Su voz engalanando libretos nacionales y extranjeros se convirtió en un distintivo del teatro y sirvió para las más diversas locuciones en radio y televisión. La calidad de su potente vozarrón es el resultado de un trabajo que comenzó con el propio teatro independiente. "En esos tiempos recibíamos becas para estudiar en Europa y todos los compañeros se dedicaban al trabajo físico de la actuación; y a mí me interesó el sonido", dice. La crisis europea previo al estallido de la Segunda Guerra Mundial permitió la llegada al país de grandes figuras internacionales que encontraban en Uruguay un buen puerto para volcar sus conocimientos. Así conoció a Inx Bayerthal, con quien trabajó durante 18 años. Como quien transporta el alimento a su nido, Fontana adaptó el sistema de "gimnasia consciente" creado por esta docente alemana, a un método que publicó en su libro Fonética práctica (Proyección, 1992). Cientos de alumnos pasaron, y pasan, por sus clases para mejorar las técnicas del habla. Concurren periodistas, actores y políticos de renombre, aunque a estos últimos prefiere mantener en el anonimato "para no comprometerlos".
Para Roberto Fontana cada rama del arte sublima una capacidad humana. La música sublima la audición; la literatura, el silencio; la danza, el movimiento; el teatro, la capacidad de ser o no ser; y la pintura, la visión. Al respecto, el pintor Yuyo Goitiño le regaló un cuadro que conserva con aprecio en su living.
Unos 70 años sobre las tablas lleva Roberto Fontana y a esta altura parece difícil que alguien quiera bajarlo. En 2006 recibió el Premio Florencio por su trayectoria y con él devino un sinfín de reconocimientos en vida. Al respecto discrepa con Horacio Buscaglia, quien sobre Mateo dijo que "la muerte es el mejor auspiciante". Para Fontana, "Mateo eligió morir su vida".
En 2009 Roberto Fontana fue declarado Ciudadano Ilustre. La distinción fue por motivo de "su aporte a la cultura" y por su condición de montevideano de pura cepa. Si bien tuvo ofertas para trabajar en el exterior, él prefirió quedarse en su país. De chico vivió en General Luna, luego en avenida Millán y hace un año se mudó a la calle Lugano.







