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HUGO BUREL
El pasado lunes, con voz firme y sin ningún tipo de vacilación, el ministro de Economía dijo una frase histórica: "Hoy Pluna no vuela más". Sintético y desdeñando eufemismos o retórica inútil, el jerarca convirtió esas cinco palabras en una lápida que se cerró sobre lo que en el imaginario colectivo puede asimilarse a las alas de la patria.
El fin de los vuelos de Pluna plantea un tema candente que abarca varias áreas sensibles: una empresa fundida, el turismo, la imagen del país, la operativa de dos aeropuertos -Carrasco y Punta del Este- y el drama de los más de 70 mil usuarios que, con pasaje comprado, no podrán utilizarlo y quizá no sean resarcidos por la compañía. Por supuesto, incluye a los funcionarios de Pluna, que también están en problemas. Y al ente nacional de hidrocarburos, al que se le deben 25 millones de dólares por concepto de combustible.
No obstante, prefiero detenerme en un protagonista del drama que, antes que el avión imaginario que representa todo lo anterior capotase, hizo mutis por el foro o más bien se deslizó por la manga de emergencia para llegar sano y salvo a la pista y después, él sí, volar. Me refiero al señor Matías Campiani, exgerente de Pluna, que el 15 de junio se despidió del personal de la compañía con una carta que es un alegato a favor de su gestión y también una curiosa autopsia de dos carillas. Esa carta es su versión de los hechos y no voy a cuestionarla, pero se me ocurre que si se tratara de un crimen, el exgerente sería un testigo privilegiado al que habría que interrogar. Sin embargo, el testigo ha desaparecido. ¿Está todavía en el país? Me lo pregunto porque lo ignoro y porque aparentemente nadie informa sobre su paradero.
Ante el colosal descalabro de la línea aérea preguntarse dónde está el señor Campiani equivale a decir ¿Y dónde está el piloto?, inolvidable título de aquella alocada comedia de 1980, dirigida por Jim Abrahams y David Zucker, cuyo afiche mostraba un avión de pasajeros convertido en un nudo. Pero, tras bajarse del avión, algo gracioso sucedió camino del free shop y el piloto-gerente fue indemnizado por despido, circunstancia asombrosa en el contexto que se produce. La cifra que se dice recibió son tres millones de pesos, unos ciento treinta y seis mil dólares al cambio actual. Este dato fue aportado por el ministro de Economía al senador Jorge Larrañaga. También trascendió que uno de los abogados que asesoró al Estado en el proyecto de ley para la liquidación de Pluna es el mismo que asesoró al señor Campiani cuando la compañía Leadgate se desvinculó de la línea aérea. Ello me lleva a evocar otra película, El abogado del diablo, en la cual Al Pacino se lucía diabólicamente. Como sea, y más allá de la capacidad del abogado en cuestión, hay algo que no encaja con la ética y con la más elemental idea que se tenga sobre el concepto de implicancia.
Pero vuelvo al señor Campiani y, más allá de su carta que publicaron los medios con los elegantes párrafos bajo su firma, como ocasional usuario de la empresa que él gerenciaba y como contribuyente que habrá de pagar parte de la cuenta que nos deja la quiebra, me gustaría escuchar sus respuestas a muchas preguntas que alguien -por ejemplo el Parlamento- debería hacerle ya mismo. Necesariamente debe poseer información privilegiada y de primera mano sobre el proceso que culminó con su despido y con los vuelos de Pluna, Sociedad Anónima o ente autónomo, qué más da como se la nombre. Y en esto no deslizo ningún afán acusatorio o atisbo de sospecha, pero todos tenemos derecho a preguntarle qué pasó a Campiani.
El nudo del avión de ¿Y dónde está el piloto? es de una simpleza infantil en comparación con este que nos ocupa. Es un nudo marinero, por más que enlaza a aviones y no barcos. Un nudo intrincado que en la jerga de los pescadores se denomina "galleta" y que para desatarlo se necesita mucho más que una ley de liquidación, un remate de aviones y rutas y la esperanza de volver a conectarnos por los cielos con el resto del mundo.








