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Hugo Fontana
EN SUS COMIENZOS, fuertemente influenciado por el gótico sureño y, en particular, por William Faulkner, el estadounidense Cormac McCarthy (Rhode Island, 1933) ha dado cuerpo a una obra formidable que se adentra en muchas de las claves de su país, desde su imaginario histórico (Meridiano de sangre, una novela enmarcada en el simple y más despiadado western), la problemática permanente de su frontera con México (Todos los hermosos caballos, En la frontera, Ciudades de la llanura), y la violencia cotidiana (de corte noir en No es país para viejos, y de corte distópico y apocalíptico en La carretera). Su primera novela, El guardián del vergel, fue publicada en 1965 y su editor, desde entonces y a lo largo de veinte años, fue Albert Erskine, quien también había estado a cargo de los textos de Faulkner.
Perteneciente a la estirpe de los escritores yanquis renuentes a toda clase de exposición pública, al modo de J. D. Salinger o Thomas Pynchon, con mayúscula lentitud y sin ofrecer prácticamente entrevistas a lo largo de toda su vida, se ha ido tejiendo en su derredor una fama sustentada en la indiscutible calidad de su narrativa (el crítico Harold Bloom lo considera el mejor escritor vivo de su país), y potenciada ahora gracias a las varias y recientes adaptaciones cinematográficas de algunos de sus títulos. Empecinado por mantenerse al margen de los mundillos literarios, debió padecer la pobreza durante buena parte de su vida, y aún hoy vive apartado en una pequeña localidad de Nuevo México junto a su tercera esposa y a un hijo que tuvo al cumplir 65 años, y que, según sus palabras, le sirvió de inspiración para escribir La carretera.
UNA COLECCIÓN DE CERRADURAS. Tiempo atrás McCarthy había dado a conocer su primera obra de teatro, The Stonemason, escrita en los 70 pero publicada veinte años después, y en 2006 escribió El Sunset Limited, pieza que este año fue adaptada para una película en televisión dirigida por Tommy Lee Jones, con las actuaciones del propio Jones y Samuel Jackson.
En la habitación de un pequeño apartamento ubicado en "un bloque de pisos de un gueto negro de Nueva York", dos individuos, Blanco y Negro (Blanco es blanco, Negro es negro), están sentados a una mesa pobre. Poca cosa más hay en el lugar, a no ser una Biblia y la puerta que da al corredor del edificio "provista de una extravagante colección de cerraduras y barras de seguridad". Blanco es un profesor universitario que ha leído más de cuatro mil libros a lo largo de su vida, en tanto Negro ha leído solo uno, justamente esa Biblia. Blanco es un ateo convencido, decepcionado de la vida, escéptico y pesimista ("...Yo anhelo la oscuridad"). Negro es un devoto que confiesa escuchar a Jesús con frecuencia. Negro acaba de salvarle la vida a Blanco, que en la estación de trenes intentó arrojarse al paso del Sunset Limited.
En la desnudez de ese escenario, dos hombres absolutamente despojados de todo ropaje eufemístico, debaten sobre la vida y la muerte. Negro, quien debió pasar largos años en la cárcel por homicidio, y estuvo a punto de matar a otro preso, celebra la presencia de Dios en su vida: sabe, y así lo manifiesta, que sin ella habría caído en el peor de los tormentos, y sabe también que es la única forma de conectarse con las cosas del mundo. Blanco, por su parte, no sólo considera que la vida es una sucesión de desgracias sino que además está convencido de ser un hombre que ama la muerte. Sabe con minucioso detalle que las únicas razones que lo ligaban a la vida eran endebles, falsas o vanas, y que se han derrumbado definitivamente.
Blanco quiere irse de la habitación y Negro hace lo posible por retenerlo, tratando inútilmente de convencerlo de lo valioso que es vivir. Le habla, intenta infundirle confianza, le da de comer. "Blanco y Negro", sostiene el escritor y crítico español Ricardo Menéndez Salmón, "son paradigmas, arquetipos, sublimaciones estrictas y severas. Blanco personifica el pesimismo de la inteligencia, la derrota de un mundo en el que la cultura cada vez tiene menos valor, el ateísmo filosófico. Blanco es la Razón, que ha descubierto que si uno lleva hasta sus últimas consecuencias el ejercicio de la inteligencia, debe aceptar que la vida carece de sentido y que, como tal, no merece ser vivida. (...) Negro personifica el optimismo de la voluntad, la confianza en un principio salvador, encarnado sincrónica y diacrónicamente en la figura de Jesús, el dios que se hizo hombre para redimir los pecados del mundo. Negro es la Fe, que ha asumido que no sólo vivimos en el mejor de los mundos posibles, sino que todo (la felicidad, la alegría, el altruismo: el sentido de la vida, en definitiva) está ahí, al alcance del corazón, y que basta con quererlos para merecer esos dones."
UNA SOLA TRISTEZA. McCarthy maneja con férrea mano el discurrir de la conversación: son mínimos los desplazamientos, imposible otra acción que la de la propia palabra. Y, en ello, el autor se mueve con entera destreza. El disímil agobio de cada uno de los dos protagonistas termina por amalgamarse, con distintas reacciones, en la misma y abrumadora tristeza que finalmente los habrá de separar.
Es difícil ubicar esta pieza en el fastuoso panorama del teatro estadounidense, pero hay evidentemente una buena carga del mundo de Arthur Miller, incluso de Edward Albee, en esos dos individuos encerrados con un solo juguete, cada uno con el peso de su propio y quizás inmerecido destino, presos de una vanidad contrapuesta que no los deja admitir al otro. Blanco haría las delicias de un E. M. Cioran, y Negro sería capaz de poner en duda ciertas fortalezas imprescindibles a la hora de cualquier celebración.
Esta primera edición de El Sunset Limited consta de seis mil ejemplares impresos en Argentina, que bien podrían haberle ahorrado al lector de estas vecindades una temible traducción madrileña. Una y otra vez uno se tropieza con "tíos", "trenas", "badanas", "chuminadas" e "ir cagando leches". Insoportable.
EL SUNSET LIMITED, de Cormac McCarthy. Mondadori, 2012. Buenos Aires, 96 págs. Distribuye Random House Mondadori.
Cormac McCarthy
BLANCO (secamente): Yo no creo en Dios. ¿Tan difícil es de entender? Mire a su alrededor, hombre. ¿Es que no lo ve? El griterío de los que sufren lo indecible debe de ser para él el más agradable de los sonidos. Y detesto estas discusiones. Lo del ateo de la aldea cuya sola pasión es vilipendiar sin descanso aquello cuya existencia niega de entrada. Ese compañerismo, esa hermandad que usted defiende es una hermandad de dolor y punto. Y si ese dolor fuese colectivo de verdad y no meramente reiterativo, su propio peso arrancaría el mundo de los muros del universo y lo lanzaría en llamas a través de la noche que aún pueda ser capaz de engendrar hasta que no quedase de él ni ceniza siquiera. ¿La justicia? ¿La fraternidad? ¿La vida eterna? No me fastidie, hombre. Dígame una religión que prepare al hombre para la muerte. Para la nada. A esa secta quizá sí me apuntaría...




