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LA POLÍTICA EN LOS BORDES DEL LIBERALISMO. Diferencia, populismo, revolución, emancipación, de Benjamín Arditi. Gedisa Editorial, 2011. Barcelona, 243 págs. Distribuye Océano.
EN LA LENGUA guaraní existen dos palabras diferentes para decir "nosotros". Si se procura definir un colectivo que excluye a otros, se dice oré. Pero si se desea sugerir algo inclusivo o general, se dice ñandé. Por eso el paraguayo Benjamín Arditi, autor de La política en los bordes del liberalismo, declara con mucha lucidez frente a las fragmentadas sociedades contemporáneas que "la política de la identidad privilegia el oré por sobre el ñandé ciudadano". Es decir, que los reclamos particularistas radicales, pueden generar consecuencias menos auspiciosas que las esperadas cuando se busca un mundo cosmopolita que respete la diversidad.
Por otra parte, en esta páginas Arditi hace gala de una enorme capacidad para moverse en los límites difusos de las cosas, o en su contradictorio núcleo interior, más allá de las etiquetas explícitas, engañosamente claras y redondas: "La hibridez reina por donde uno mire, desde el socialismo liberal, propugnado por Bobbio, a la economía capitalista celebrada como el camino hacia delante por el Partido Comunista Chino". Porque en un mismo lodo, todos embarrados, ve Arditi a los liberales y a los populistas: cada bando tiene siempre en mente las objeciones del otro, aunque nunca logre digerirlas del todo.
Por ejemplo, los populismos tienden a generar líderes autoritarios o en tensión con la legalidad. Sin embargo, sus plebiscitos, cuando son realizados en condiciones limpias, les genera una legitimidad que muchos demócratas liberales reconocen. Por su parte, algunos liberales se han vuelto más sensibles (sin abandonar ciertas proclamas universalistas) a las particularidades de ciertos grupos y al derecho de ser diferentes. Eso los ha vuelto más pluralistas y tolerantes. Pero cuando los "derechos especiales para grupos especiales" pueden convertirse en una cacofonía entre grupos intransigentes, empieza a sentirse nostalgia de la concepción liberal clásica: un Estado neutral frente a las distintas concepciones del bien. Ciertamente, todo el estupendo libro de Arditi está lleno de sutilezas semejantes. Pero hay algo que no termina de cerrar.
Ello no surge de que los distintos capítulos provienen de artículos ya publicados en revistas de prestigio: sabiamente reunidos, configuran un elegante volumen al que no se le notan las suturas. Por otra parte, la bibliografía (Deleuze, Derrida, Foucault, Agamben, Badiou, Laclau, Vattimo, Žižek, entre otros) es impecable. Tampoco esta ahí el problema. Por último, el autor es Doctor en Ciencia Política (Universidad de Essex) y profesor en la UNAM. Credenciales académicas le sobran.
Pero hay algo desproporcionado, en declarar desde esos lugares confortables, junto a Žižek, que "había una chispa utópica [en Lenin] que vale la pena rescatar", o que "la violencia física permanece como una posibilidad que se inscribe en todo acto político, sea revolucionario o de otro tipo."
A. C.
LA PLAZA DEL ÁNGELUS, de Andrés Echevarría. Yaugurú, 2011. Montevideo, 64 págs.
EL ÁNGELUS ES una oración católica en homenaje a la Virgen, en especial a su actitud de aceptación del anuncio del Arcángel Gabriel. Se reza tres veces por día, con gran unción y recogimiento, como lo capta el bello cuadro de Millet (arriba) sobre el tema.
Un acufeno o acúfeno (también tinnitus), motivo recurrente en estos poemas, es una serie de golpes que se sienten en el oído, no provenientes de estímulo externo y a menudo asociados al vértigo. Así, las campanadas de estos versos conjugan lo que el hablante lírico percibe en el paisaje externo y las resonancias internas que esa percepción provoca.
Es una poesía a medio camino entre la llaneza y el hermetismo, una apuesta a una moderada opacidad de las palabras, que velando el sentido invita a develar sugerencias. En cuanto a la sonoridad, hay un sabio uso del metro endecasílabo, quebrado de vez en cuando en rupturas métricas, sea por partición del verso, sea por intercalación de metros diferentes. Alterna el verso libre con las asonancias, siendo interesantes los varios sonetos asonantados que el libro incluye. Hay algunos textos con un dejo de erotismo muy bien logrado.
Es una poesía serena con un aura triste ("viene a mí una tristeza mineral/…/ viene a mí una tristeza de madera"), como compadecido, en la que sin embargo hay símbolos esperanzadores, como la luz, las palomas o los niños que se ven en la plaza, esos niños "que juegan a ser pájaros".
La presentación del libro está a tono con el texto. Las ilustraciones de Enrique Alzugaray, todas en claroscuro, son bellas y sugerentes. Los poemas están impresos sobre fotos de papel arrugado, en varias de las cuales casi logran leerse las sombras de versos impresos de otros poemas, a tono con ese aire de sugerencia velada de esta poesía.
En la contratapa, Enrique Estrázulas elogia, con razón: "Libro musical, sensitivo, erótico, algo encantado, admirable para el breve país de los buenos lectores.".
J. de M.
LA DELICADEZA de David Foenkinos. Seix Barral, 2011. Barcelona, 218 págs. Distribuye Planeta.
NATHALIE ES BELLA, de una hipersensibilidad fatigosa, y, según reza la contratapa del libro, afortunada. También es nostálgica, pero esa cualidad proviene de su nombre, dado que en una nota en la primera página de la novela se afirma con convicción apostólica: "Las Nathalies demuestran una clara tendencia a la nostalgia." Vivir es aprender, se sabe. Nathalie se casa con Francois, que es atlético, buen mozo y emprendedor; de hecho aborda a Nathalie en las calles de París y la conquista. París bien vale una misa, se sabe. Un domingo, la afortunada Nathalie está leyendo una novela enorme de un ruso -que no es Tolstoi ni Dostoievski como se señala a texto expreso- mientras toma té y se cubre, friolenta y sensual, con una manta por si le viene sueño, que le viene. Francois se despide porque es atlético y debe salir a correr. La gimnasia lo pierde: un automóvil se lo lleva puesto y lo mata, mientras Nathalie duerme el sueño sensual de las bellas afortunadas.
De allí en más, toda la novela es un enorme ripio de tonterías, histerismo femenino y masculino -quiero sexo pero no quiero que se note porque el libro debe ser delicado y al parecer el sexo no lo es-; de personajes insustanciales -en especial Markus, el sueco, nuevo amor de Nathalie que ameritaría una protesta diplomática desde Estocolmo-; y más notas a pie de página a cual más ñoña. La obra es presentada como "la novela de los diez premios" porque ganó diez premios de relativo prestigio, aunque patinó en el Premio Goncourt, afortunadamente.
Y por aquí asoma la matriz de la desgracia: la mezcla de arte literario y consumo exitoso. Foenkinos (París, 1974) sabe como tocar a un público que está dispuesto a verse en un espejo que lo refleje hasta el infinito. Nada de reflexión compleja, de densidad en los personajes; apenas una suerte de verosimilitud acotada a un tipo de consumidor de entretenimiento a medio camino entre la cursilería de Corín Tellado y el porno soft de los canales de cable. Foenkinos y su hermano están rodando la versión cinematográfica de este pastiche. Negocio redondo y familiar. Una delicadeza.
Á. O.




