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Felipe Polleri
Pero ¿quién no admira a Molière o a Aristófanes o al así llamado Shakespeare? Después están esos dramaturgos que casi no nombramos, que guardamos en un altar escondido como la foto de un hermano que se fue muy lejos. John M. Synge (1871-1909), uno de mis grandes secretos, es el autor que suelo releer cuando demasiados libros horribles están por estropearme el gusto.
Este irlandés tímido y solitario no encontraba su camino hasta que Yeats le aconsejó ir a las Islas Arán. Allí, gracias al lenguaje fabuloso de los pescadores y los campesinos, lenguaje extraordinariamente vívido y expresivo, siempre en lucha a muerte porque esa tierra pedregosa y ese mar salvaje te dan poco y te quitan todo, Synge encontró el dramatismo y las felices ocurrencias que dieron origen a las tragedias y a sus comedias.
La charla de las sirvientas, de los hojalateros, de los profetas, la exaltada fantasía de esa gente intocada por la "civilización", recreadas por el genio poético de Synge, multiplicadas e inventadas por ese genio al que rindo culto, produjeron Jinetes hacia el mar, El botarate del Oeste, La boda del hojalatero, El manantial de los santos, etc.
Naturalmente, los irlandeses odiaron la "jerga bárbara" de las islas de Arán, aunque, como escribió Yeats, se trataba de "una raza apasionada y simple/ como su propio corazón". Además, Synge tuvo la suerte de morirse a los 37 años, por si algunos irlandeses rezagados venían a buscarlo con la cruz recién hecha y los clavos en la boca.





