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Felipe Polleri
Partamos de la hipótesis, para mí certeza, de que el terraja de Roberto Arlt fue el mejor escritor argentino del siglo XX. Sus contemporáneos, aunque hayan vivido mucho más que los 42 años de Arlt, y hayan concitado mucha más atención internacional, fueron la otra cara de la moneda: exquisitos, civilizadísimos, borgísimos, europeístas y antisépticos. Borges, el ejemplo ineludible, fue un gran escritor disfrazado de heladera. Nada de perder la cabeza porque las altas temperaturas son cosa de negros y terrajas. Y así la generación siguiente. Piglia es la heladera de última generación, sin Borges adentro. Claro que también andan por ahí la magia de Aira y sus novelas de prestidigitador chino y la fuerza indomable de Fogwill, ese querido loco impresentable que decidió no presentarse más. Y Nielsen y, aunque sea pecado nombrar a los amigos en este país donde el enemiguismo y el amiguismo y el fraude han sido exitosamente desterrados, mi amigo Gandolfo y otros que no leí y otros y Puig.
Manuel Puig era capaz de metamorfosear el radioteatro más ordinario y sensiblero en una nueva obra maestra de la literatura argentina. Admiro, sobre todo, sus novelas dialogadas. Don Manuel o Doña Manuela, porque nunca ocultó su homosexualidad, podía delirar con el vestido de Rita Hollywood o con la más cursi de las películas yanquis y, al mismo tiempo, ver todas las berretadas desde un afuera no por objetivo y hasta socarrón menos cómplice y emocionado. Así, sus personajes (el marica y el preso político de El beso de la mujer araña, las dos viejitas de Cae la noche tropical) expresan sus sentimientos con el lenguaje alienado de las revistas de chismes, los radioteatros, los teleteatros, las películas más ridículas y los lugares comunes de la clase media baja argentina (¡qué oído el de Puig!), mientras el gran artista maneja los hilos para que toda esa colección de lacrimógenas tonterías se transforme en poesía y veamos los auténticos corazones (heridos por la traición o el desamor, o la vejez o la muerte) de sus agonistas, para que ese gran ripio nos emocione y comprometa. Esa capacidad de comprometernos, esa profundidad emocional, hace de Puig un genio. Genio, aclaro, pre-Almodóvar, que hubiera preferido ser cineasta o, mejor, una sufrida ama de casa. Las heladeras miraron para otro lado, claro está. Y el pobre santo se murió de un operación mal hecha y de amor no correspondido en México… porque la vida es tan triste, Cocó. Tan tan triste, Chichí. Tan pero tan tan triste, Nené.






