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Mercedes Estramil
De ella puede decirse, y se ha dicho, que no escribe como Hemingway (algo común a la mayoría de los escritores, por otra parte), en el sentido de que lo suyo no pasa por la economía narrativa. Esto es: Alice Munro no parece aplicar la codiciada fórmula "menos es más", no es maestra de la elipsis, no participa de la teoría del "iceberg", no es concisa y mucho menos breve. En lugar de eso, se prodiga en palabras. Con picardía se podría añadir "femeninamente se prodiga" pero el adverbio la llevaría a un lugar tópico a donde esta canadiense -literariamente hablando- nunca ha ido.
Nacida en 1931 en una familia de granjeros procedentes de Escocia, cuatro veces madre y casada en segundas nupcias con un geógrafo, Alice Ann Laidlaw (que tomó del primer marido su apellido famoso) vive en Clinton, un pueblo menor de la provincia más poblada del país, Ontario. Fue la típica escritora que debió robarle tiempo a sus tareas de ama de casa para dedicarse a la literatura, con resultados que la ubican entre lo mejor de la narrativa en lengua inglesa, a la par de autores por ella misma admirados como las estadounidenses sureñas Eudora Welty, Flannery O`Connor o Katherine Anne Porter, la neozelandesa Katherine Mansfield, o el propio Anton Chéjov, punto imperioso de comparación en la narrativa corta y realista del siglo veinte.
TÉCNICA MIXTA. Munro sustenta su prestigio en un puñado de relatos con espíritu de novela y un par de novelas que podrían pasar por un conjunto de relatos. Ambas categorías transcurren en zonas de la periferia canadiense, pequeños pueblos o ciudades, pequeña gente a la que, desde luego y desde su subjetiva, le ocurren las cosas más importantes del mundo. Para contarlas, Munro adopta un enfoque coral y envolvente: cada historia sobrenada en un mar de historias, va y viene en el tiempo de una o varias vidas, se dilata o se contrae, se ilumina por momentos y en otros se oscurece hasta desaparecer. Y todo eso constreñido en pocas decenas de páginas. No es un estilo fácil de ejecutar y exige calma lectora para no perderse entre tanto personaje, cambios temporales y multiplicidad de anécdotas que a veces concluyen de manera redonda y otras no. Hay personajes abandonados y secundarios que emergen. A veces una reflexión nos trae de vuelta, como situando al fin el punto crucial, eso que Munro nunca hará evidente de manera ostentosa, pero señalará de modo que no queden dudas sobre su existencia.
La vida de las mujeres ha sido considerada tanto novela como conjunto de relatos unidos por una protagonista narradora. No es que la clasificación modifique en algo su esencia, pero la forma y el contenido se ajustan bastante a lo que sería una novela de iniciación. Publicada en 1971, pertenece a esa época bisagra en que Munro aún no había cortado del todo las ataduras de ser un ama de casa que escribe para convertirse en una escritora que además tiene vida familiar, y cuando todavía jugaba con la idea luego abandonada de ser novelista.
Es la historia de Del Jordan, una niña del pueblo de Jubilee, contada por ella misma en un in crescendo que va desde anécdotas infantiles -con un ácido registro del mundo de los adultos- a los primeros contactos amorosos, pasando por toda una gama de experiencias que tocan lo religioso, la conflictiva relación con una madre de ideas propias y genio fuerte, la casi ausente figura paterna, las complejas amistades femeninas, el desempeño escolar, la vocación literaria. Si bien Munro tuvo y tiene una prosa formidable, sin tachas, y un ojo clínico para construir personajes y diálogos, La vida de las mujeres se sostiene en un cable de medianía superado con creces en muchos de sus cuentos. Hay atisbos de su brillantez en algún personaje y en la propia Del, en particular cuando se coloca en situaciones eróticas (destacan por contraposición el episodio del señor Chamberlain y el de su iniciación sexual), así como en la permanente composición visual. La narrativa de Munro se ve pasar como una cinta fílmica, se viaja en sus palabras. Historias como la del "tío Benny", una especie de tonto bueno del pueblo que consigue una esposa respondiendo a un anuncio, o la del libidinoso Chamberlain, constituirían en sí mismas buenos relatos.
Por otra parte, sus mejores cuentos tienen espesor y generosidad de novelas. Hay unos más logrados que otros y esto tiene menos que ver con su procedimiento (similar en todos) o con su escritura (difícil topar con una frase suya que "suene mal", pierda el ritmo o desentone), que con el hallazgo temático o anecdótico y con el hecho de saber colocar a sus personajes en encrucijadas que se resuelven de modos no convencionales. Algunos son imposibles de olvidar. Por ejemplo, "Dimensiones" (Demasiada felicidad, 2009) donde la narración de un crimen familiar y sus efectos escapa a cualquier comportamiento previsible y coloca al lector frente a otra interpretación de la vida, vista desde lugares en los que nadie en su sano juicio quisiera estar.
En el mismo libro, en "Radicales libres" narra cómo una anciana inventa una historia para zafar de un criminal y deriva la tensión del presente hacia la no menos pesada de su historia. Se habla de su creación de personajes femeninos, pero en los masculinos no se queda corta. En realidad, es buena creando parejas, combinaciones que estallan y a menudo se disuelven, pero quedan flotando en la memoria con un efecto de liberación prolongada. En "Ataques" (El progreso del amor, 1986) una mujer no reacciona del modo en que su esposo espera frente a la escena de un probable crimen pasional; en "Líquenes" otra mujer no actúa de manera previsible en su papel de ex esposa.
MUJERES QUE AMAN. Y podría añadirse: demasiado. Pero en las historias de Munro, en su mayoría, sí, de protagonismo femenino -ha dicho en entrevista con Juana Libedinsky que no puede ponerse "en la cabeza de los hombres"- la cuestión del amor es exprimida y vapuleada tanto que su naturaleza no permanece igual en dos páginas consecutivas. Para empezar, porque en dos páginas consecutivas de Munro el mundo de sus personajes se ha puesto de cabeza varias veces y sus convicciones han sido derrotadas por la realidad y sustituidas por otras. Es contundente la reflexión de Del una vez que su primera relación amorosa hace crisis: "Mientras entraba en Jubilee volví a tomar posesión del mundo. Los árboles, las casas, las vallas, las calles regresaron a mí, en sus formas sobrias y familiares. Desconectado de la vida del amor, no coloreado por él, el mundo recobra su propia importancia, natural y cruel. Esto es de entrada un golpe y luego un extraño consuelo. Y yo ya sentía cómo mi antiguo ser -mi antiguo ser aislado, irónico y taimado- empezaba a respirar de nuevo, a extenderse y a asentarse, aunque alrededor de él mi cuerpo colgara roto y desconcertado con el estúpido dolor de la pérdida".
Es Munro en su máxima expresión: una sabiduría mansa de marea que va y viene hasta tocarlo todo, obtenida en las aulas emocionales de la vida, y vertida sin directrices ni consejos, con un toque fulminante que no da cuenta de los borradores previos. Es ahí, en ese sentido profundo o al menos no exclusivamente formal, que su desconexión con la metáfora del "iceberg" debería ser revisada. Munro se prodiga a la hora del contexto, de las estructuras formales, del tinglado anecdótico. Pero en un punto, bajo toda esa superficie transitable, mullida y adornada de detalles y explicaciones, sigue habiendo siete octavos de profundidad.
LA VIDA DE LAS MUJERES, de Alice Munro. Ed. Lumen, 2011. Buenos Aires, 375 págs. Distribuye Random House Mondadori.





