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Paul Tabori
EN EL INSPECTOR GENERAL, Gogol erigió inmortal monumento a la estupidez de los burócratas. El joven y hábil aventurero que engaña a toda la ciudad tiene éxito no por la falta de honradez sino por la imbecilidad de los distintos funcionarios. Y son funcionarios gubernamentales precisamente porque son estúpidos, afirma Gogol; y si en definitiva resultan más lamentables que ridículos, ello se debe también a la desusada profundidad de la estupidez que padecen.
El burocratismo es ciertamente peligroso cuando está aislado en los límites de una oficina del gobierno; lo es aún más cuando toma contacto con la vida real. Los impuestos, los derechos aduaneros, la agricultura, las reglamentaciones industriales y comerciales, son todas esferas que han dado materia para innumerables bromas e infinitas dificultades en nuestras vidas agobiadas por el peso de la burocracia. (...)
El recaudador de impuestos y su mentalidad burocrática pueden inmovilizar y arruinar muchas industrias y negocios. Ocurrió en la región de los Midlands que uno de estos caballeros visitó una fábrica con el fin de fijar el impuesto a las ventas de los artículos producidos en el establecimiento. El inspector fijó la vista en un llavero de cuero de chancho. Durante más de un año se había vendido con sólo el 33% de impuesto sobre la venta. Pero en esa ocasión el inspector advirtió un hecho inquietante y perturbador. El llavero tenía una aplicación de cuero de dos pulgadas de largo. Lo cual significaba que debía pagar el impuesto; lo cual, a su vez, elevaba el precio de fábrica de 2 chelines 2 peniques a 3 chelines 8 peniques.
El inspector se marchó para reflexionar sobre el caso, y más tarde telefoneó a la fábrica. Media pulgada, dijo, permitiría la venta del llavero libre de impuestos. El director de la compañía entendió que debía quitar media pulgada de la lengüeta de cuero. Pero a vuelta de correo le llegó una carta del inspector: "No he dicho reducir media pulgada... sino a media pulgada". Después de esta decisión final la fábrica interrumpió la producción de los llaveros. Pues con una lengüeta de sólo media pulgada las llaves corrían peligro de caerse.
Hay ejemplos más notables aún de las actitudes peculiares de los inspectores británicos del impuesto sobre las ventas. Una jarra de metal es objeto de adorno, y tiene un impuesto del 33%; si puede ser utilizada para contener agua caliente, está libre de impuestos. Una campanilla de forma normal sufre el 33% de impuesto; si la campanilla tiene la forma de una mujer vestida de crinolina, el impuesto se eleva al 100%, porque se trata "de una figura animada". No hay impuesto sobre los barómetros, pero el que tenga forma de rueda de timón, con agarraderas salientes, tiene el 100% de impuesto. Un juego de cubiertos sufre un impuesto del 66%; pero si los cubiertos están no sólo en la caja sino también en la tapa, se reduce el impuesto a la mitad. Una valija de cuero tiene el 100%... si cierra. En caso contrario, se la clasifica como bolsón para compras y no tiene impuestos, aunque lleve un cierre relámpago lateral. El impuesto sobre los cepillos y los peines, si no se venden en una caja, es del 33%; sobre los espejos, del 100%. Si los cepillos, el peine y el espejo se venden en una caja, soportan un impuesto del 100%.
En Gran Bretaña había al fin de la última guerra 22.000 decretos y normas que afectaban a la actividad comercial, reunidos en 28 sólidos volúmenes, cuyo precio era de 65 libras. Desde la introducción del impuesto sobre las ventas, se vende un promedio de ocho ejemplares diarios. Y todo fabricante que infrinja una sola cláusula se hace pasible de acción legal inmediata y posiblemente de una multa sustancial.
A veces el inspector de impuestos se convierte en personaje de una historia de Kafka, completamente divorciada de la realidad. Cierto ciudadano norteamericano descubrió, en el acto de llenar su planilla de impuestos, que el año anterior había pagado setenta y dos dólares de más, y pidió que se le acreditaran sobre el impuesto del año en curso. Pocas semanas después recibió un cheque de setenta y dos dólares, reembolsados por el gobierno. Ignorante de que la augusta Oficina de Impuestos Internos nada sabía del asunto, ingresó el cheque y gastó el dinero. El 15 de junio, con la factura de la segunda cuota del impuesto anual, recibió un aviso en el sentido de que se le habían acreditado setenta y dos dólares del pago efectuado el año anterior, de acuerdo con el pedido formulado por el propio interesado.
Consciente de que llevaba al gobierno setenta y dos dólares de ventaja (y de que posiblemente era culpable de algo) escribió a su recaudador de impuestos internos, explicando detalladamente todo el asunto. Y pocos días después recibió la siguiente respuesta: "Estimado señor: Cuando se considere su declaración, su pedido de que se le acrediten setenta y dos dólares a su cuenta de este año por el exceso pagado el año anterior será casi seguramente rechazado".
PAUL TABORI (1908-1974) fue un escritor y periodista nacido en Budapest (Hungría). Se graduó en Economía y realizó estudios de posgrado en Alemania. En 1937 se estableció en Londres, donde fue periodista, crítico cinematográfico y locutor radial. Entre 1943 y 1948 fue contratado como guionista por Alexandar Korda, de London Films, y entre 1950 y 1951 trabajó para Hollywood, escribiendo más de treinta guiones para el cine y más de un centenar para la televisión. Publicó más de cuarenta libros, entre novelas y ensayos. El presente texto es un fragmento de Historia de la estupidez humana (1959), su libro más popular





