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Alfredo Alzugarat
CONTADA de manera lineal y muy por extenso, de acuerdo al actual estándar en materia de narraciones, esta biografía novelada del emperador Pedro I fluctúa entre el nudo de sucesos históricos desatados a partir de la expansión de las Nuevas Ideas, la invasión napoleónica a la península Ibérica y el fin del imperio portugués, y las intimidades de una corte barroca y exótica, de "un cerrilismo rancio y vulgar", situada en "un país de negros y monos".
Todo sucede y se alterna entre estos dos ejes o territorios: la historia por un lado, la alcoba por otro. Entre la huida o el traslado del rey don Juan de Braganza, con su multitudinario séquito, de Lisboa a Río de Janeiro, y la conflictiva relación con su esposa Carlota Joaquina, hermana de Fernando VII de España, fabricante de intrigas, enceguecida por su sed de poder. Entre el destino de Pedro, el hijo de ambos, partidario primero de un gobierno constitucional y luego de la independencia de Brasil, y su vida doméstica, compartida con su esposa Leopoldina de Austria y su amante, la fogosa nativa Domitila de Castro. Entre la pérdida del trono en la ex colonia y la conquista del reino de Portugal, usurpado por su hermano Miguel, y el nuevo matrimonio con la princesa Amelia de Beauharnais, matizado de nuevas y ocasionales amantes.
Del abigarrado embrollo de acontecimientos surgirá la compleja personalidad de Pedro I, al mismo tiempo heroica y voluble, liberal y despótica. La historia de un hombre tan aferrado a principios ideológicos como débil a sus instintos, acostumbrado por su origen a una libertad sin límites y a la vez empeñado en todo momento en imponer un orden. Alguien que parece estar siempre a la defensiva, empujado por las circunstancias, pero que sabe responder con decisiones trascendentales como el célebre Grito de Ypiranga, el "día de Fico", o el retorno a su país natal en defensa de su sucesión. Un ser contradictorio, cuya meta es construir en función del bien público en tanto se doblega a un ardor pasional que lo lleva al abismo y la corrupción.
El telón de fondo no es menos denso y atribulado. A las vicisitudes del exilio de una corte trasplantada a un espacio inédito, cuyo barniz tropical no logra acallar la nostalgia por Europa, seguirá la lucha interior por gobernar un Brasil independiente siendo portugués de nacimiento, los estigmas familiares, las retrógradas presiones absolutistas y el auge de las ideas republicanas, el desconcierto de las concepciones liberales ante el mayor mercado de esclavos en América.
HAGIOGRAFÍA DE LEOPOLDINA. La explícita admiración del narrador por el protagonista, adoptando la mayoría de las veces su punto de vista, lleva implícita una adhesión a la monarquía parlamentaria o constitucional considerada como el régimen ideal, la causa más justa. Los republicanos son siempre enemigos, gente de baja estofa y de la que hay que desconfiar, con sus "discursos incendiarios", "bien regados del vino que les proporcionan taberneros simpatizantes".
Solo se cuestiona a Pedro I por sus excesivas faltas al matrimonio, por su irrefrenable lujuria. Acorde con ello, Leopoldina de Austria es presentada como la mujer virtuosa por excelencia, cuyo mayor consuelo serán las cartas que escribe a su familia. Paciente, tolerante, se resignará a perder para siempre los añorados paisajes de su infancia, por devoción a su marido sacrificará las ideas absolutistas con que ha sido formada entre los Habsburgo y estará dispuesta a perdonarlo una y otra vez. Ella será la víctima fatal de los excesos de Pedro, humillada por la ostentación que éste hace de su amante, Domitila, para quien mandara construir un palacete junto al suyo tras convertirla en Marquesa de Santos y otorgar títulos nobiliarios a todos sus familiares. Tras haberle dado siete hijos, Leopoldina morirá a los veintinueve años de edad. "Sus bellos ojos se cerraron para siempre", dice el narrador, en un arrebato de cursilería. Con su desaparición, la emperatriz alcanzará una enorme simpatía popular al punto que el pueblo mismo, según la novela, reprochará a Pedro su crueldad e indiferencia.
LA INDEPENDENCIA DE LA CISPLATINA. La consigna que rigió el reinado de don Juan y que dejó como legado a su hijo fue la de mantener a cualquier precio la unidad del Imperio. El viento de la historia arrasó con esa premisa inicial y para Pedro lo más importante fue mantener la unidad física de Brasil, la inmensa ex colonia que administraba. Por tal motivo aplastó sucesivas rebeliones en Bahía y en Maranhao valiéndose de los servicios del marino británico lord Cochrane. El único territorio que corrió otra suerte, separándose triunfalmente del gran país norteño, fue la llamada Provincia Cisplatina. Es allí donde, según la novela, combatían "los uruguayos".
Si bien se esgrime, como al pasar, que, contra la voluntad de Pedro I, los diputados se negaron a aumentar el presupuesto del ejército porque no había interés en esas tierras más vinculadas a la cultura española, donde no había plantaciones de caña de azúcar y café y tampoco esclavos negros, se pone de relieve que la principal razón de la derrota fue el problema de faldas que acosaba al emperador. Solo una vez se nombra a Juan Antonio Lavalleja y poco se sabe de los gauchos del sur o de "allá abajo". Pedro I llegó hasta Porto Alegre para dirigir personalmente sus tropas de mercenarios europeos, pero debió regresar de inmediato a causa de la salud de su esposa y de los conflictos con Domitila y su afán de poder. Poco después firmaría a regañadientes la Convención Preliminar de Paz de 1828 por la que, por mediación de Inglaterra, se reconoció la independencia de esa región con el nombre de Estado Oriental del Uruguay.
UNA BIBLIOGRAFÍA HETEROGÉNEA. El autor, Javier Moro (Madrid, 1955), expone al final de la obra una bibliografía en la que señala que A vida de Dom Pedro I, de Tarquinio de Sousa, en tres volúmenes, se encuentra entre las principales fuentes de inspiración. Como textos de consulta de su "investigación exhaustiva" indica, junto a crónicas y libros de historia, a novelas de Isabel Allende, Jorge Amado, Benito Pérez Galdós, Marguerite Yourcenar y El asedio, de Arturo Pérez-Reverte.
Añade también una nota donde aclara que los acontecimientos narrados son reales y que ha "dramatizado escenas y recreado diálogos sobre la base de [su] propia interpretación para contar desde adentro lo que los historiadores han contado desde fuera". Más novela que biografía, El imperio eres tú cuenta con todos los condimentos indispensables para que la Historia, con mayúscula, sea disfrutada cual si se tratara de un libro de aventuras.
EL IMPERIO ERES TÚ, de Javier Moro. Planeta, 2011. Barcelona, 553 págs. Distribuye Planeta.





