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Fernán R. Cisnero
ES EL ERMITAÑO más exhibicionista de la historia. Para haber vivido los últimos 50 años en la intemperie que da la fama, es tirando a poco lo que se sabe de Bob Dylan. No es que falte voluntad por conocer, al punto de que tiene esa clase de fanáticos con tal fervor que los ha llevado a ser reconocidos con un neologismo: dylanólogos. Pocos artistas han llegado al extremo de volverse una disciplina cuasi científica. Hasta para esos académicos sin diploma -que llegan a hurgar en su basura o se aferran a pequeños detalles que creen esclarecedores para llegar a entender algo-, Dylan es un rompecabezas al que siempre le van a faltar piezas.
Esa es una certeza que no consigue desanimar a apólogos y detractores. Y sobre la que está construida su estatura de leyenda. Alguna de esas piezas del puzzle están desarrolladas en este especial de El País Cultural pero faltan miles. Ni un documental autorizado firmado por Martin Scorsese (No Direction Home), ni una película homenaje (I`m Not There, de Todd Haynes), ni sus propias memorias (Crónicas, de las que por ahora se conoce el primer volumen) han pretendido abarcarlo en su totalidad. Tampoco lo han conseguido las incontables biografías y los estudios de su obra. Saber que es una tarea imposible no amedrenta a nadie. Quizás porque, aun aislados, algunos de esos retazos de vida tienen su atractivo propio.
Poco se sabe de los motivos reales que hay detrás de una vida y una obra que, a pesar de todo lo chúcaro que parece, abarca cerca de 40 discos oficiales (desde 1962, hasta el último, Tempest, que acaba de salir) e innumerables presentaciones en vivo, principalmente desde que se embarcó en su Never Ending Tour, una agotadora sucesión de recitales que lo transformaron de cantautor en hombre con una misión: la de los antiguos trovadores obligados a alertar al mundo sobre sus males y, de paso, entretenerlos. Dylan es del tipo de los misioneros con tesón, sí, pero principalmente un entertainer.
Lo que se sabe de él es a grandes rasgos. Como todas las estrellas que han conseguido sobrevivir en el podio del reconocimiento mayor, Bob Dylan construyó su propio personaje, un monstruo hecho con materiales tan resistentes como la egolatría, el talento, el trabajo, la hosquedad y el convencimiento de ser el mejor de su generación (y probablemente de la anterior y de las siguientes). Las estrellas se muestran en general como tienen que mostrarse, así que comparado con el destino trágico de colegas como Elvis Presley, Michael Jackson y Paul McCartney, Dylan ha conservado su personaje dentro de una dignidad que ni la década de 1980 pudo destruir. Frank Sinatra es de los pocos de su misma raza.
A grandes rasgos, entonces, se sabe que nació Robert Allen Zimmerman en Duluth, Minnesota, el 24 de mayo de 1941; que se crió no muy lejos de ahí en una ciudad minera, Hibing, donde vivió una infancia normal de niño judío; que desarrolló un precoz interés por la música folk hasta terminar en Nueva York a comienzos de la década de 1961, ocasión para la que se inventó un alias (tomado del poeta Dylan Thomas), un pasado de errante bohemio y, más que nada, un presente de vocero generacional, un papel que siempre despreció. Así calzó justo en una fugaz corriente de revival folk -surgida de los circuitos bohemios de la ciudad, heredera de la generación beat, una influencia inevitable- de la que fue el más tradicionalista (y eso era un gran mérito para el caso: lo que llamó la atención es que hacía un Woody Guthrie perfecto), el más exitoso, el mejor y el que más rápido se alejó de la moda.
Terminó convertido (y convirtiendo) al rock and roll, un destino manifiesto visto como una traición pero que hizo avanzar varios casilleros a la música popular del siglo XX, además de aportarle algunas de las canciones más emblemáticas a su cancionero. Si John Lennon fue más popular que Cristo, a Dylan le espetaron un merecido "Judas", tras lo cual la emprendió con una electrificada y desprolija versión de "Like a Rolling Stone", una instantánea clásica del rock que pinta, además, su tozudez. La asociación con el traidor bíblico se entiende. Con canciones como "Blowin` in the Wind" o "The Times They`re A-Changing", había creado himnos austeros en sintonía con, por ejemplo, la lucha por los derechos civiles, desde una tradición de rudimentaria artesanía. Aunque sus primeros discos -The Freewheelin` Bob Dylan, por ejemplo- no se limitaban a la protesta coyuntural, una línea más personal quedaría clara recién a partir de Another Side of Bob Dylan.
Esa es la etapa más productiva de su carrera e incluye una seguidilla de trabajos maestros (con un nivel y una frecuencia que sólo los Beatles, los Rolling Stones, Led Zeppelin o The Clash podrían igualar): entre 1965 y 1967 publicó Bringing All Back Home, Highway 61 Revisited, Blonde on Blonde y John Wesley Harding, pilares sobre los que puede sostenerse cualquier carrera. Una discografía básica habría que completarla con Blood on the Tracks, Desire, Infidels, Oh Mercy y Time Out of Mind, que es su último gran álbum y es de 1997. Igual un canon dylaniano es un concepto elástico: a lo largo del tiempo sus seguidores van encariñándose con distintos momentos; hay un Dylan para cada etapa de la vida.
Una historia más completa debería sumar algunos datos locales: tocó dos veces en Uruguay (en 1992, en el Cilindro y 2008 en el hotel Conrad) y en ambas generó material para la leyenda: en Montevideo entró al hoy desaparecido estadio caminando desde más o menos el bulevar Batlle y Ordóñez (y eso fue así) y en Punta del Este dicen que salió a pasear en bicicleta vestido de mujer, pero ninguna fuente confiable pudo confirmarlo. Pudo haberlo hecho porque Dylan es un excéntrico. Una cosa es segura: pocos recitales sonaron tan mal como el que dio en el Cilindro.
Con alguna ayuda del propio interesado, se ha descifrado que detrás de algunas de sus obras más personales está, por ejemplo, el fin de una relación amorosa (Blood on the Tracks es el "break up album" más importante de la historia), la conversión al cristianismo (New Morning, gran disco) o el propio convencimiento de que su tarea en esta vida es revisitar a su manera la música americana del siglo XX a la que ha dedicado el último tramo de su carrera con discos que se han vuelto un personal catálogo de la música con la que creció. Algo de eso también hizo en su programa de radio, Theme Time Radio Hour, que, aunque es un poco monótono de escuchar en su conjunto, funciona como tutorial de los bluegrass, blues, baladas, rocanroles de estos años. Sus últimos discos (Love and Theft o Modern Times, por ejemplo) suelen ser un catálogo de esos géneros añejos que esconden alguna sorpresa pero terminan resultando previsibles.
A juzgar por el simple adelanto, su disco más reciente, Tempest, es más de lo que ha venido haciendo en el siglo XXI: un blues de manual, que, para peor, es parte de la banda de sonido de una serie para televisión que transcurre en la guerra de Irak. El último tramo de su carrera está cargado de esa clase de ironías, incluyendo canciones e imagen cedidas a la publicidad, un show para Juan Pablo II, un Oscar y una figura pública ermitaña dada a la autocomplacencia de la leyenda. Siempre dejó claro que su principio activo es la traición.
Nunca nadie es el mismo dos veces, y esperar un mismo Dylan en 50 años de carrera es exagerar un poco. Está muy lejos de su etapa más creativa y en una carrera tan larga tiene cosas que en otros serían una invitación al escarnio. Tampoco es aquel muchacho de ojos vivaces que se quería llevar el mundo en los hombros; a esa alegría la ha ido apagando la madurez. Hoy, por lo poco que deja ver en público, es un anciano tirando a hosco y con tendencia al aislamiento con modales de niño caprichoso.
Su influencia en la música popular está certificada. Cambió la manera en que el público entiende qué es "cantar bien", por ejemplo. Si Stockhausen modificó la tradición culta, la voz de Dylan revolucionó la tradición pop. Su hágalo usted mismo sería una influencia directa en el punk y en un montón de vocalistas autodidactas sin pudor que atormentaron públicos de lo más diversos; todos los pioneros son culpables de algo. A eso habría que sumarle la creación de un par de subgéneros, alguno aún vigente, que surgieron de la conjunción del rock, el folk y el country, tres ritmos estadounidenses a los que Dylan revolucionó. Sólo le dejó el jazz a Miles Davis.
Y la electrificación de su sonido coincidió con la electrificación de su poesía. De aquellos himnos primitivos voceados en una plaza pública, se pasó a un monólogo interior a menudo hermético, siempre laberíntico. Sin ese aporte no existiría algo que se llamó poesía rock, ni nombres como Leonard Cohen, Patti Smith, Elliott Murphy o John Cale. Es una especie en extinción y eso no quiere decir necesariamente nada malo. La rutinaria mención como candidato al Nobel de Literatura es un poco cansadora pero esconde su justicia.
Alfonso Carbone
1. Highway 61 Revisited (1965). El primer trabajo completamente eléctrico de Dylan podría clasificarse como el "primer álbum pop serio" de la historia. Comienza en grande con el clásico "Like a Rolling Stone", y no desciende jamás su nivel. Cuenta con el apoyo invalorable de Al Kooper y Mike Bloomfield, una banda exquisita que acompaña a Dylan a través de un viaje monumental por nueve canciones. Poco le importó a Dylan que fuera denostado por el mundo folk: encontró en el rock su verdadero vehículo para expresar sus visiones, a través de un grupo de personajes extraídos de la vida real y de su propia imaginación, que pasean en su poesía marcadamente influenciada por la generación beat. Con obras maestras como "Ballad of a Thin Man", "Highway 61 Revisited" o la apocalíptica "Desolation Row", el álbum barrió para siempre las fronteras de la música popular y sigue tan vigente como en el momento de publicado.
2. Planet Waves (1974). Uno de los álbumes más subvalorados de Dylan, marca el alejamiento temporal de Columbia en favor de Asylum. Es el puente perfecto entre su predecesor, New Morning, y la obra maestra que le seguiría, Blood on the Tracks. Acompañado por sus viejos amigos de The Band, Dylan retorna a un estilo de grabación espontáneo que lo conduce a un disco fresco, lejos de los psicodélicos y agitados días de Highway 61 o Blonde on Blonde. Grabado poco antes de su gira de 1974, contiene parte de su material más accesible. Probablemente el punto más alto sea el clásico "Forever Young", pero desde el rock de garage de "Tough Mama" hasta baladas como "Hazel" o "Wedding Song", pasando por las profundidades de "Going, Going, Gone" o "Dirge" o la alegría de "On a Night Like This", Dylan mezcla declaraciones de compromiso marital y familiar con severas críticas. Un álbum fundamental.
3. Blood on the Tracks (1975). Para muchos su obra máxima, es una colección atormentada, agridulce, de canciones arregladas con tremendo cuidado e interpretadas con emotividad y sentimiento. En uno de sus momentos personales más turbulentos y conflictivos, Dylan pone su corazón sobre la mesa y lo expone por única vez sin reparos en composiciones que conmueven hasta lo profundo. Una obra madura que confronta la incertidumbre de la vida y sus conflictos con tal generosidad que lo vuelven el trabajo más intenso de toda su carrera. Supuestamente inspirado en su separación de Sara, su esposa y la madre de 5 de sus hijos, la obra es un canto desesperado al amor perdido que muestra a un Dylan en tal estado de confusión y desesperanza que la música y la poesía son la única forma de poner su alma en orden. Mencionar alguna canción es superficial, pero "Simple Twist of Tate" y "Tangled Up in Blue" son diamantes que brillarán hasta el final de los tiempos. Insuperable.
4. Infidels (1983). Con Slow Train Coming comenzó una trilogía de trabajos impregnados de rabioso gospel y su recién adoptada fe cristiana que hicieron que su figura fuera rechazada en muchos círculos. Esa fe comenzó a desvanecerse a medida que avanzaban los 80, y fue así que, acompañado nuevamente por una banda de apoyo excepcional -Mark Knopfler y Mick Taylor en guitarras y la base rítmica de Sly & Robbie-, reapareció con un álbum lleno de indignación. "Jokerman" es tal vez la canción más emblemática, en la que el artista parece un predicador callejero disparando con poesía de alto vuelo contra los tiempos que corrían. Repasa el conflicto del Medio Oriente ("Neighborhood Bully), dispara contra Reagan ("Man of Peace"), critica el estado de los sindicatos y su fracaso ("Union Sundown") e incluso dialoga consigo mismo y sus musas ("I and I"). Su búsqueda religiosa no estaba terminada, de todos modos, y Dylan parece comenzar a reexplorar sus raíces judías. Publicado en un momento de tensión en el que la Unión Soviética era entonces el "eje del mal", el músico vuelve a recapturar el espíritu de los tiempos a través de esta nueva serie de canciones que, como comentó en su momento el New York Times, son "incendiarias diatribas políticas, casi bíblicas historias y surreales canciones de amor que capturan el apocalíptico sentimiento del momento con adecuada inmediatez".
5. Time Out of Mind (1997). Con el productor Daniel Lanois en la consola, la atmósfera del álbum recuerda al brillante Oh Mercy, grabado casi una década antes, con la diferencia de que aquí aparece un artista más maduro, cuya narrativa parece tener a la muerte como omnipresente compañía, afectado aún por una afección coronaria. Su interpretación de esta agridulce colección de grandes canciones tiene un dejo de angustia que marca el tono del álbum; el incansable viajero se confiesa en su jornada hacia un destino ya no tan claro ni preciso. "Estoy tratando de llegar al Paraíso antes de que cierren la puerta", declara en "Trying to Get to Heaven", y "no está oscuro todavía, pero está llegando", en "Not Dark Yet", dos de las piezas claves de un disco que también tiene su cuota de humor autobiográfico ("Highlands") y canciones que se han convertido en favoritas de sus shows ("Love sick", "Cold Irons Bound"). El peregrino en su viaje final no parece demasiado interesado en lo que vendrá más adelante, revisando su vida. Pero en el final, más allá de lo sombrío del espíritu, hay pasajes de humor que nos muestran un camino para luego tomar otro muy diferente.
Hugo Burel
NO SOY UN FAN de Dylan ni lo he escuchado en su totalidad. Pero siempre lo he admirado como músico y en especial como poeta. Pude ver su actuación en el Hotel Conrad, que mostró al mito y a un artista casi sin voz. No obstante, pude apreciar su grandeza y la banda que trajo era perfecta. Mis temas preferidos son:
1. "Like a Rolling Stone" (1965): Me transporta de modo instantáneo a la época en que la escuché por primera vez. Su guitarra eléctrica, el órgano y la voz de Dylan sonaban distinto a todo lo conocido. Décadas después, hizo una espectacular versión con los Stones.
2. "Mr. Tambourine Man" (1965): La escuché primero en la versión de los Byrds y me atrapó enseguida. Los Byrds captaron lo que Dylan componía y lo trasladaron a su estilo, con David Crosby liderando las voces, la fenomenal Fender de 12 cuerdas de Gene Clark y el contrapunto vocal de Roger Mc Guinn.
3. "Blowin` In the Wind" (1963): La quinta canción más versionada de la historia y la decimocuarta entre las mejores de todos los tiempos según la Rolling Stone. Bob la escribió en diez minutos, a los 19 años. Un himno que prefigura "Imagine" de John Lennon. Fue la gran ausente en el recital del Conrad.
4. "The Times They Are a-Changin`" (1964): Me gusta simplemente porque la escuchaba en una rocola que había en el bar Le refuge, en Eduardo Acevedo frente al IAVA. Era 1967 y en verdad los tiempos estaban cambiando, como después veríamos. Cada vez que la oigo tengo 16 años y me siento inmortal.
5. "Just Like a Woman" (1966): Dicen que es un complejo retrato de adoración y decepción, escrito como una venganza pero cantado como un remordimiento. Dylan nunca reveló una inspiración específica para la mujer acusada. La versionaron, entre otros, Joe Cocker, Van Morrison y Rod Stewart.





