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 Viernes 18.05.2012, 02:02 hs l Montevideo, Uruguay
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Cultural


La anexión de Uruguay al imperio alemán

El proyecto de una conspiración

Diego Lascano

DESDE QUE tenemos el poder, no necesitamos buscar ningún otro argumento". En 1911, bajo el significativo seudónimo de Otto Richard Tannenberg, el autor del libro Gross-Deutschland (La más grande Alemania) dejaba bien sentado cuál era la herramienta fundamental para extender las fronteras del Imperio: el Pangermanismo. Y ese imperio incluía, en forma expresa, a Uruguay.

El movimiento nació en la segunda mitad del siglo XIX como una corriente nacionalista que sirvió de sustento filosófico a la unificación alemana. En enero de 1871, antes de finalizar la Guerra Franco-Prusiana (1870-1871), una treintena de estados germanos, con la excepción de Austria, se unió a Prusia para formar el Imperio Alemán. Con la identidad nacional asegurada, el pangermanismo se volvió agresivo y apoyó el colonialismo para su expansión. África fue repartida entre las potencias durante la Conferencia de Berlín (1884-1886). Le seguía América Latina. En abril de 1898 el periódico Hamburger Nachrichten lo sintetizaba así: "En la actualidad, el conjunto de América Central y del Sur está en situación de ser tomado por la nación correcta. Los inmigrantes alemanes pueden, si así lo desean, crear un imperio alemán allí. No necesitamos atacar directamente a cualquiera de esos países, a menos que traten de excluir a los alemanes. Es, sin embargo, bastante seguro que ellos, uno tras otro, dejen de ser estados independientes, simplemente porque su gente no puede manejar sus propios asuntos."

En 1902, la Conferencia Colonial alemana logró que el gobierno fomentara la emigración hacia los países templados de América del Sur y extendiera el status de súbdito del Imperio hasta la tercera generación de descendientes de alemanes, residentes fuera de sus dominios. Eran casi medio millón de germanos en el Cono Sur. La mayoría de los ejércitos regionales estaban, además, adoctrinados a la prusiana. Tannenberg predecía: "mediante la reorganización de América del Sur, cuando los pueblos mestizos de indios y de latinos hayan desaparecido, la inmensa cuenca del Plata, con sus costas al oeste, al este y al sur, llegará a ser territorio alemán". En sus postulados no se descartaba el genocidio.

Por otro lado un artículo de Gross-Deutschland detallaba: "Art. 13. Alemania e Inglaterra se entienden respecto a sus esferas de influencia en la América del Sur. Alemania toma bajo su protección las Repúblicas de la Argentina, Chile, Uruguay y Paraguay, la tercera parte meridional de la Bolivia, perteneciente a la cuenca del Río de la Plata y la parte meridional del Brasil, en todas las regiones donde reina la cultura alemana (...)". Como corolario de su visión para el subcontinente concluía: "La América meridional alemana nos procurará en la zona templada un terreno de colonización, donde nuestros emigrantes podrán dedicarse a la agricultura. Chile y Argentina conservarán su lengua y su autonomía, pero exigiremos que en las escuelas el alemán sea enseñado como segunda lengua madre. El Brasil del Sur, el Paraguay y el Uruguay, son países de cultura alemana, y en ellos será el alemán la lengua nacional. La América meridional alemana nos librará de la tiranía aduanera de la América del Norte, dándonos todos los productos que antes debíamos pedir a esta parte del mundo (…)."

Estos postulados influyeron en la política exterior del Imperio.

A PUNTA DE CAÑÓN. Para llevar adelante el pangermanismo en América Latina, hacía falta una flota poderosa. En 1898, el economista político alemán von Schulze-Gaevernitz así lo sostenía en la revista Die Nation: "Cuanto más esté condenada Alemania a una actitud de resistencia pasiva frente a los Estados Unidos, más enfáticamente deberá defender sus intereses en América Central y del Sur. (…) En ciertas circunstancias, Alemania se verá obligada a emplear medidas políticas coercitivas proporcionales al monto del capital alemán invertido (…). Para este propósito, necesitamos una flota capaz no sólo de hacer frente a las miserables fuerzas armadas de los estados sudamericanos sino también lo suficientemente poderosa, si la necesidad se presentara, para que los Estados Unidos piensen dos veces antes de hacer cualquier intento de aplicar la doctrina Monroe en América del Sur."

Sin embargo, las armadas sudamericanas ya no eran "miserables", dada la adquisición de poderosos buques de guerra para los potenciales conflictos entre Argentina y Chile, y entre Argentina y Brasil. Recién en 1915 finalizaría esta carrera armamentista con la firma de las tres naciones en el Pacto ABC.

En este clima de "paz armada", la Marina Imperial ya no podría amedrentar sólo con sus cañoneras y pequeños cruceros, como lo había hecho desde la Guerra de la Triple Alianza (1864-1870). Por lo tanto, decidió reforzar su presencia en la región y promocionar su industria naval. En marzo de 1911, en su primer viaje de prueba, el nuevo crucero de batalla Von der Tann partió con destino a Brasil y Argentina, dejando de lado la visita a Chile, incluida en los planes originales. Hasta entonces, Uruguay había sido el único país de la región en encargar un navío de guerra en Alemania: el crucero Uruguay, puesto en servicio en 1910.

Esta tendencia se acentuó con la creación de la Detachierten Division (División independiente), destinada a las costas del oeste de África y Sudamérica. Los modernos buques de línea Kaiser y König Albert y el crucero liviano Strassburg fueron asignados al contingente naval alemán más importante fuera de aguas europeas, con la excepción de la Escuadra del Este Asiático del conde von Spee. Sobre el contralmirante Hubert von Rebeur-Paschwitz, vinculado a la inteligencia naval, recayó el comando de las naves, que debían estar en contacto telegráfico diario con Berlín para recibir instrucciones en caso de guerra.

Luego de tocar África y Santa Helena, en febrero de 1914 comenzó la visita del Von der Tann a los puertos de Brasil, Uruguay, Argentina y Chile. El marco de exaltación de la idiosincrasia germana y de promoción de la industria naval ofició de perfecta pantalla para el objetivo secreto de la escuadra: el establecimiento de las Etappen (etapas), un complejo sistema de inteligencia que entraría en pleno funcionamiento ante un eventual conflicto bélico.

Más allá de estas acciones encubiertas, se realizaron numerosas actividades protocolares y eventos sociales. En Montevideo se organizó un multitudinario almuerzo campestre con las marinerías de ambos países; los alumnos de las escuelas alemanas abordaron el crucero König Albert y las jovencitas de la sociedad asistieron al gran baile organizado por el Club Alemán en el Parque Hotel, como agasajo a la oficialidad de los buques de guerra visitantes

De este modo, se fue preparando el clima para culminar con un grand finale: la presencia del hermano del Káiser en los cuatro países del Cono Sur.

ENRIQUE DE PRUSIA. Poco antes de zarpar, Berlín informó que el viaje a América del Sur del príncipe Enrique de Prusia, hermano menor del Káiser y Gran Almirante de la Marina Imperial, se debía a motivos de salud de su esposa y no tenía fines políticos. Esta "aclaración" alertó a Washington de inmediato. En esos días, el ex presidente Roosevelt había cosechado grandes simpatías en Brasil y en la región por sus conferencias y, sobre todo, por acompañar al explorador Cándido Rondon en su expedición por la cuenca del Amazonas.

Los príncipes zarparon el 11 de marzo de 1914, a bordo del flamante y lujoso transatlántico Cap Trafalgar. Durante la ida, se experimentaron diversas modalidades de comunicación radiofónica entre el navío y la estación de radio Telefunken de Nauen. Con sus poderosos transmisores y una torre de 250 m. de altura, hacía llegar la señal a 9.000 km. de distancia, a través de media Europa y el océano. Este enlace directo, sin retransmisión, sería vital en caso de guerra.

El 26 de marzo arribaron a Río de Janeiro, y el 31 a Buenos Aires. Al día siguiente abordaron el tren hacia Chile, destino principal de la visita, que fue "coincidente" con la estadía de la gran escuadra alemana en Valparaíso. En 1911 Chile había quedado desairado con la cancelación del viaje del crucero Von der Tann, por lo que el Imperio no podía destratar a la "punta de lanza" de su penetración en América Latina. Como era esperado, la población y las autoridades chilenas demostraron sus preferencias por Alemania. Luego de presenciar el impresionante desfile militar realizado en su honor, el príncipe afirmó que los regimientos que había revistado podían formar filas perfectamente en el ejército alemán.

Luego de retornar al Plata y de visitar al presidente Batlle y Ordóñez en Montevideo, los príncipes pusieron proa a Europa el 11 de abril. Enrique de Prusia desempeñó a la perfección su rol de embajador de la expansión económica germana, recordando también a sus connacionales el lazo que aún los unía a la madre patria. Las predicciones de Tannenberg se iban cristalizando, pero los vientos de guerra estaban cercanos.

EL GRAN CONFLICTO. Días antes de estallar la conflagración, las unidades navales alemanas ya estaban en movimiento. El 14 de setiembre de 1914, el transatlántico Cap Trafalgar, convertido en crucero auxiliar con el armamento del cañonero Eber, fue hundido por su similar británico Carmania, cerca de la Isla Trinidad, en Brasil. La Escuadra del Este Asiático, al mando del conde von Spee, atravesó el Pacífico y se encontró en la Isla de Pascua con el crucero Dresden, que había bajado por la costa de Brasil hundiendo cargueros enemigos. Sumado el Leipzig, que venía de la costa pacífica de México cumpliendo su cometido, la fuerza germana se enfrentó con su par británica en la Batalla de Coronel, el 1° de noviembre, frente a Chile. Dos de los cruceros ingleses fueron hundidos con sus 1.600 tripulantes y von Spee prorrogó su supervivencia en algo más de un mes. El 8 de diciembre fue echado a pique en la Batalla de las Malvinas con casi toda su escuadra y 2.000 de sus hombres.

Las aguas de América del Sur no estaban calmas y centenares de marinos alemanes sobrevivientes quedaron internados en Salvador de Bahía, la Isla Martín García y la Isla Quiriquina, en Chile. Era personal bien entrenado que no convenía olvidar.

LA INVASIÓN DESDE BRASIL. Durante los primeros años del conflicto, naves alemanas y aliadas cometieron diversas acciones violatorias de la neutralidad de las naciones americanas sin mayores consecuencias.

No obstante, el 31 de enero de 1917, la declaración unilateral del Imperio de retomar la guerra submarina irrestricta modificó la situación. Todos los buques, incluso los de países neutrales, serían hundidos sin previo aviso. En respuesta Estados Unidos rompió con Alemania y le declaró la guerra en abril de ese año.

El 8 de setiembre, en una abierta maniobra de presión al gobierno argentino, el Secretario de Estado norteamericano Robert Lansing hizo públicos tres de los 400 telegramas enviados a Berlín por el representante diplomático imperial en Buenos Aires, conde Karl von Luxburg, entre mayo y setiembre de ese año. Los mensajes interceptados, descifrados y traducidos, provocaron un gravísimo incidente diplomático. En los tres despachos, von Luxburg opinaba sobre cómo proceder con las naves mercantes argentinas durante el bloqueo: "En referencia a los vapores argentinos, recomiendo hacerlos regresar, hundirlos sin dejar rastro o dejarlos pasar. Son muy pequeños". Dado que dos cargueros con esa bandera ya habían sido echados a pique, la reacción de la clase política y del pueblo en Buenos Aires no se hizo esperar. Las autoridades declararon a von Luxburg persona no grata. El público, pensando que esta acción equivalía a la ruptura de relaciones con el Imperio, dañó infinidad de edificios comerciales y particulares de la colonia germana en la capital. Al día siguiente, estas manifestaciones se replicaron con gran intensidad en Montevideo. Por ello, el gobierno uruguayo decidió evacuar a las tripulaciones de los ocho buques alemanes internados en el puerto y colocarlos bajo custodia militar.

Mientras se trataba esta situación en los cuerpos legislativos de ambas metrópolis del Plata, el 7 de octubre la presión rupturista en Uruguay logró que las cámaras determinaran el cese de relaciones con Alemania. Días después, la prensa argentina publicó que el canciller brasileño había reconocido que en dos cables no difundidos de von Luxburg se revelaba un complot para invadir el sur de Brasil. El diario The New York Times del 29 de octubre se hizo eco de la noticia y agregó antecedentes: "Se informó extraoficialmente en febrero pasado que bandas de alemanes armados, presumiblemente marineros internados en Argentina, habían cruzado la frontera con Brasil. Carreira de Freitas, un ex-diputado brasileño, denunció entonces las operaciones llevadas a cabo en el sur de Brasil, donde hay un gran elemento germánico en relación con la Compañía de Colonización Hamburgo. (…) En abril se informó que los alemanes se estaban concentrando en los estados brasileños del sur y que planeaban una insurrección".

Los dos mensajes traducidos de von Luxburg salieron a la luz un día más tarde. Si bien no eran explícitos, la sola mención de la "reorganización" de los estados sureños de Brasil causó la inquietud del presidente Feliciano Viera. En consecuencia, el Dr. Baltasar Brum, ministro de relaciones exteriores, consultó al presidente argentino Hipólito Yrigoyen acerca de la actitud que tomaría su gobierno en caso de que Uruguay necesitara comprarle armas para su defensa. Yrigoyen fue categórico: "Si por desgracia el Uruguay viera invadido su territorio, tenga la más absoluta seguridad el pueblo amigo de que mi gobierno no le vendería armas, sino que el Ejército Argentino cruzaría el Río de la Plata para defender la tierra uruguaya".

Poco antes Brasil había declarado la guerra con Alemania. Eso calmó los rumores en Uruguay. Por su lado, Argentina no rompió relaciones con el Imperio y mantuvo su neutralidad, a pesar de la enorme presión de Estados Unidos. Al comenzar 1918, la situación parecía haberse tranquilizado para Uruguay, con la excepción de la detención momentánea en alta mar de los miembros de la Misión Militar oriental que viajaba a Europa y que integraba el capitán Boiso Lanza (ver El País Cultural N°1142).

Nada más se volvió a mencionar. Sin embargo, en diciembre de 1939, con la llegada del acorazado Admiral Graf Spee al puerto de Montevideo, luego de la Batalla del Río de la Plata, comenzaría a germinar una nueva conspiración.

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