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Cees Nooteboom
(desde Baden-Württemberg, Alemania)
EL RITMO del cambio es inconcebible. Il tempo invecchia in fretta (El tiempo envejece rápido), título del último libro de Antonio Tabucchi, expresa muy bien lo que sucede alrededor, pero quizá esa velocidad también puede ser medida por los cambios del color de las chaquetas que la Canciller de Alemania viste en cada reunión cumbre, entre los trajes grises y azules de sus colegas masculinos con sus miradas alicaídas. El santo y seña consiste en disimular las turbulencias con mucho cuidado, para apaciguar los temblores en los mercados, las mentes y los partidos. Si usted, como yo, ha estado recortando notas de los diarios europeos durante el último año, puede en retrospectiva comprender esa velocidad y turbulencia, aunque seguro queda mareado. "Pensando en lo impensable" escribe un astuto Martin Wolf en el Financial Times. "Barroso teme que este sea el final del euro" dice De Volkskrant el 17 de noviembre de 2011. "Mario Monti presenta un gabinete de profesores". "Merkel y Sarkozy chocan sobre la revisión de tratados". Y de nuevo el Financial Times: "La dura directora tiene a Europa como su thrall". Según mi diccionario, un thrall es una persona esclavizada o bajo control. Esta descripción del poder de Merkel es elegante en comparación con lo que se oye hoy en Grecia, España o Italia. Opiniones que no carecen de cierta teatralidad, incluso malicia.
La portada de El País de Madrid del 12 de noviembre de 2011 ("Italia finaliza la era Berlusconi con revisiones dictadas por la Unión Europea") está ilustrada por una peculiar fotografía: tres hombres vestidos de negro, incluyendo a Venizelos, el corpulento ministro de Economía griego. Los dedos extendidos de sus manos derechas entre dos candelabros de la mesa, como realizando un juramento. En el lado opuesto hay otros tres hombres parados, todos con barba, vestidos de dorado y luciendo un extraño cubrecabeza. En la misma portada hay una noticia que usted puede creer que no tiene relación, pero está equivocado. Allí se explica que la región autónoma española de La Rioja no quiere aceptar más pacientes vascos. Como las "naciones" autónomas españolas están prácticamente en la bancarrota y sin posibilidades de pedir ayuda al gobierno central español, cada región piensa primero en sí misma, aunque los vascos sean tan españoles como los habitantes de La Rioja -y son estrechos vecinos. La atmósfera se está enrareciendo, porque la crisis es real, y su presencia se siente en todas partes, no sólo en las predicciones pesimistas, sino en todas las áreas de la vida cotidiana, algunas más aparentes que otras. Parece que la miseria de algunos hogares en los últimos peldaños de la sociedad es menos evidente que la cancelación de los cursos en francés y en alemán en la Universidad de Leiden o los anuncios de cierre de una biblioteca o un coro de cámara.
IMÁGENES. Una cosa es cierta: esta crisis tiene su propia iconografía, tanto en fotos como en caricaturas. Merkel con casco prusiano, Cruz de Hierro, bigotito estilo Hitler y otros símbolos viles que los alemanes preferirían olvidar; Merkel con un gigantesco toro europeo sobre sus hombros; Merkel junto a los tramposos caballeros de su complicada coalición, para mostrar que no sólo está peleando una batalla externa, sino también una interna; Merkel junto a políticos de otros partidos rodeando a Joachim Gauck, el ahora Presidente alemán cuando todavía no era Presidente y que parece, así rodeado, el prisionero de Zenda; Merkel volando con Sarkozy; y Merkel sola de nuevo, de negro, dando el pésame a las familias de los ciudadanos alemanes de origen turco asesinados por neonazis.
Resulta sorprendente cómo algunos íconos han caído en desuso: como sellos de correo que ya no sirven para nada; el suprimido Berlusconi, el borrado Zapatero, el disuelto Papandreou -tres reyes que no pueden encontrar el camino de vuelta al establo, con toda la apariencia de meros actores sin rol asignado en el siguiente acto. Y Merkel que aparece de nuevo, casi clavando su dedo índice en el estómago de Cameron, y Sarkozy, tomando prestado el vocabulario de la derecha belicosa en su intento por derrotar a Hollande, apareciendo en las caricaturas cada vez más gálico y con aspecto de gallo, el contratenor de La Grande Nation, cacareando en un estrado grande, vacío, barrido por una brisa molesta.
Hace más de veinte años, cuando no teníamos idea de que todo esto iba a ocurrir y el euro estaba en los albores prenatales, yo le dije adiós a Berlín y a Alemania por un tiempo. Había sido invitado por el Instituto Getty para las Humanidades de Los Ángeles, donde iba a trabajar durante un año en mi libro El día de todas las almas, una novela sobre la gente de Berlín que, como yo, vivieron en carne propia la Wende, el gran cambio que jaquearía en forma dramática el equilibro europeo impuesto en Yalta en forma tan dolorosa. Bien lejos de todo eso, en la luminosa y distante California, escribí un libro sobre un duro invierno berlinés en la nieve, un libro que todavía existe en Alemania pero que se hundió como una piedra en Inglaterra. Fue una despedida melancólica, y no sin retórica. Yo llegué a amar a ese país, hice amigos allí, seguí muy de cerca los eventos turbulentos, creando mi propia crónica diaria.
En uno de los últimos días antes de mi partida, me fui a una larga caminata por los sombríos jardines de Sanssouci en Potsdam, en medio del decadente esplendor de Federico el Grande, que de golpe también se convirtió en la gloria decadente de la Alemania Oriental, y eso me dio mucho que pensar. Las tropas rusas se retiraban a casa, Europa de pronto se enfrentaba a una nueva realidad y, como yo, mucha gente en diferentes capitales se preguntaba qué iba a hacer Alemania una vez que estuviera reunida. Una pregunta legítima, producto de tres guerras y millones de víctimas. Por enésima vez en ese siglo, Europa se vio forzada a mirar en el espejo de su historia, en el tipo de rol que una Alemania grande siempre jugó en ella, y en el rol que volvería a jugar. En palabras del momento yo lo formulé de esta manera: "¿Pero conocemos a Alemania? ¿Alemania se conoce a sí misma? ¿Este país sabe lo que quiere ser una vez que es grande?"
EUROPERIFERIA. ¿Y que pasa ahora, veintidós años más tarde? ¿Hay una respuesta satisfactoria a esa pregunta? Sí, dicen algunos griegos, italianos y portugueses. Pero, ¿que piensan los finlandeses, los polacos y los checos?
¿Acaso los líderes de los partidos populistas de derecha en Finlandia y los Países Bajos saben con exactitud lo que esta nueva Alemania va a significar para ellos? ¿Los va a ayudar o los va a estorbar? Y más importante, ¿saben los propios alemanes? Si hay una palabra que ha estado en la vuelta en los últimos tiempos es Steuerzahler, el contribuyente, una figura ya mítica, ese ciudadano bajo extrema presión que va a tener que pagar por todo lo que los políticos ya han cocinado y todo lo que tramarán en el futuro. El término resuena en los medios; nadie conoce a este contribuyente, pero a todos los asusta. ¿Acaso él entiende lo que la idea de unidad europea significa para Alemania? ¿Acaso está advertido de que en la medida que eso sea posible, significa que un pasado perverso ahora se puede enterrar en una suerte de desmemoria? ¿Eso además traerá la paz? Entonces, si el contribuyente no aprecia del todo los valores detrás de esos ideales europeos, ¿estaría yendo en contra de sus propios intereses? Para poner énfasis en esto, se anuncia el apocalipsis en todos lados. De una cumbre a otra, la hora de la verdad queda postergada. ¿Qué altura deberá tener la muralla financiera para ser suficiente? ¿Y en qué momento el contribuyente, con el temor presente de Versalles y de una devaluación humillante que dejó huellas profundas en su amarga memoria, y que nunca olvidó del todo, se opondrá a levantar más esa muralla? ¿Qué sucederá entonces? Es simplemente una forma elevada del póker; ¿acaso Schauble, el ministro de economía alemán, y Merkel saben exactamente qué están haciendo, incluso si Obama y Christine Lagarde (FMI) tienen sus propias ideas al respecto? ¿Acaso los que mandan en Alemania, mientras imponen su diktat en el caótico e indisciplinado sur, siguen mirando por sobre sus hombros para asegurarse de que sus tropas los siguen? En el diario Frankfurter Allgemeine del 28 de marzo del 2012 se refieren a ese sur como "die Europeriferie", la Europeriferia. Usted no necesita ser un filólogo para captar el desprecio en dicha expresión.
MUCHAS SORPRESAS. He pasado los últimos tres meses en lo que los franceses califican con el bello nombre de l`Allemagne profonde, una aislada zona campestre entre bosque y praderas al sur de Baden-Württemberg. Durante mi estadía en Alemania pasé una semana en Munich y otra en Berlín, y cada vez que volvía al silencio de aquí quedaba anonadado por la cantidad de países diferentes que componen Alemania. Diferentes acentos, diferentes tempos, diferentes naturalezas. Desde ese lugar en medio del silencio podía percibir mejor la conmoción distante. Por un momento pareció que la tormenta europea había amainado, el dinero dormía, la primavera había llegado a las Bolsas de Valores, el gran depredador parecía que había escondido sus garras, al menos por un momento, y quizá se podía hallar una solución, iban a hallar una solución, pero nadie podía tener la certeza. Mientras, en casa, dentro de los límites del propio país, dramas tremendos se estaban revelando, que al menos han logrado distraer al contribuyente, por ahora. El impredecible mundo fuera de Alemania, con su monumental, siempre creciente deuda, una deuda que se suponía que el contribuyente alemán iba a detener, dejó de existir por un instante. El gran país donde la desigualdad creció en forma constante en los últimos diez años ahora mira hacia adentro, con la intención de representar un gran ritual de culpa y expiación, para demostrarle a todos los países corruptos allende fronteras el significado preciso del término integridad. A un Presidente como Christian Wulff, que en sus 500 días de ejercicio dijo unas pocas palabras bienvenidas ("Islam es parte de Alemania") lo hicieron desaparecer por razones que sólo habrían provocado algún daño a presidentes de otros países, pero que los medios en Alemania utilizaron para montar una caza de brujas, creando la sensación de que la indignación moral había levantado a una nación entera. En apariencia se esperaba algún milagro entre líneas de esta Inmaculada Concepción, que el Presidente Wulff y su esposa fueron incapaces de aportar. Debates en televisión, columnistas, editoriales, un completo arsenal de santidad e hipocresía orquestado y repetido hasta el cansancio de Todos contra Uno terminó en la expulsión del hombre y su esposa fuera de palacio. Días antes, junto a su contraparte italiano, un ex comunista, se le permitió pasar revista a la guardia de honor en Roma, el lugar de donde hacía poco habían echado a Berlusconi por razones infinitamente más justificadas.
Entonces, ¿era Wulff inocente? Sólo Dios sabe, pero quizá sus acciones no eran totalmente correctas. El procedimiento judicial en su contra todavía no llegó a una conclusión, pero la mera sospecha fue suficiente para privar a este hombre sin poder real de su cargo simbólico. Con los presidentes alemanes, hay que aclarar, la cuestión no es sobre el poder sino sobre algo más, algo con lo que el nuevo Presidente deberá convivir; es sobre la Palabra misma. Esto es algo que un pastor luterano que se mantuvo firme bajo la dictadura de Alemania Oriental comprende perfectamente. Falta saber en qué medida los mismos políticos seguirán igual de contentos con la situación dentro de un tiempo.
SUSTANTIVOS. ¿Cómo es este contribuyente que pronto decidirá el destino de Europa, y ayudará a responder las preguntas que hice allá por 1991? Es un misterio; es invisible. En este momento está en huelga. Los sindicatos piden un 6,5% y los empleadores ofrecen un 3,3%. No hay nada nuevo sobre este asunto. Si recibe más, también aportará más impuestos, pero eso también es parte de la normalidad; el gran secreto de los tiempos de paz es la normalidad, el mismo estado que extrañamos cuando no hay paz.
Cuando cayó el Muro y las tropas rusas se retiraron de Alemania Oriental algunos años más tarde, parecía que hacíamos Historia. Los sustantivos en Alemania siempre comienzan con mayúscula, pero siento que no tengo necesidad de utilizarlo aquí en español ni en mi propio idioma, para darle más peso a la siguiente pregunta: ¿Por qué estas continuas negociaciones no están haciendo Historia? ¿Quiere decir que no lo son? ¿No son tan importantes como los eventos históricos "reales"? ¿No van a influir en las elecciones que se vienen, lo que resultará en una nueva coalición que determinará el destino de Europa como bien lo sabe Merkel? ¿O quizá en los hechos ella no lo sabe porque todo, realizado o no realizado, lleva la marca de lo fluctuante, mientras ella baila sus complicados dúos con Lagarde. ¿Es todo parte del juego de póker, con el colapso financiero de Grecia y el correspondiente caos incluido en él? ¿O es un juego de aguante, una forma de flotar en la corriente del tiempo que "envejece rápido" al que luego nos referiremos como historia? En el pasado teníamos filosofías como el marxismo o el conservadurismo de Edmund Burke para obtener respuestas claras, pero ahora todo lo que tenemos es política.
CONOCER AL OTRO. "El Goliat vacilante de Europa esconde su verdadero vigor" escribió The Guardian el 18 de marzo, y ese mismo sábado el Neue Zürcher Zeitung tituló en tapa con estos términos: Zahlmeister in Zugzwang, el que paga en zugzwang, en aprietos. El término zahlmeister encubre al verbo que pone al Steuerzahler, el contribuyente, tan nervioso: zahlen, pagar, porque él o ella son los que van a hacer exactamente eso. ¿Cómo se supone que lo van a hacer cuando usted integra ese significativo sector de la población que vive debajo, en o justo por encima de la línea de pobreza? ¿Y cómo deberían reaccionar las autoridades locales respecto a sus desposeídos, cuando no lleguen a fin de mes y no le puedan pedir ayuda al Estado, en la medida que el Estado necesita reservar ese dinero para levantar el muro cortafuegos?
Aún así, de acuerdo al Frankfurter Allgemeine Zeitung (21/3/2012), el ciudadano alemán todavía cree en la idea de Europa: el 61% piensa que Europa debe estar unida, a pesar de sus problemas, y el 57% piensa que Europa es "nuestro futuro".
Semejantes opiniones no tienen cabida entre los votantes del derechista PVV, el partido holandés de Geert Wilders, ni por cierto en Gran Bretaña, y quizá por eso muchos europeos consideran a Inglaterra como cosa aparte porque, hasta cierto punto, Gran Bretaña ha dejado la producción de cosas a los alemanes, viviendo a su vez de la alquimia que transforma la espuma de los mercados en oro. En el último número de Lettre, Marcel Hénaff se refiere a los conjuros que dedican devotamente sus vidas a esta misión llamándolos "Los dandies del Apocalipsis".
Cualquiera que haya viajado bastante por los tres "grandes" países de Europa en los últimos 50 años no puede dejar de aceptar que no se conocen entre ellos. Esto no incluye por supuesto a la minoría que viaja, lee diarios extranjeros y habla diferentes lenguas, pero para la mayoría de los británicos es un misterio cómo viven los locales en la parte de Alemania donde estoy ahora, y viceversa. Para medir esto, solo hay que leer lo que la prensa popular en Gran Bretaña tiene para decir tanto sobre alemanes como sobre franceses: viejos prejuicios, insultos tradicionales imposibles de reproducir, ignorancia deliberada o fingida, y una aversión fundamental hacia todo lo europeo que se extiende hasta las altas esferas, basada sobre todo en la transparente y poco realista relación especial que tienen con Estados Unidos, que a su vez mira cada vez más hacia el Pacífico.
¿Y que pasa con Francia? Cuando las fanfarrias de La Grande Nation resuenan en los discursos electorales, no es más que gimnasia electoral; detrás siempre subyace el mismo temor, un temor que oscila no sólo en Francia, el temor de perder soberanía, que en los hechos es la causa de la crisis que hoy está asolando a Europa. Cuando llegó el momento nadie se quiso someter a un poder extranjero que unificara en términos fiscales y financieros a Europa bajo un mismo techo. ¿Dónde quedarían esos políticos nacionalistas si dejaran en otras manos no sólo su poder aparente, sino también el control sobre las arcas nacionales, una entidad como Bruselas, por ejemplo? La respuesta a esto puede hallarse en un pequeño lugar como los Países Bajos; la gente se entusiasma al hablar de ello, pero no les gusta pensar que eso está sucediendo realmente. Si yo fuera el líder de infinita paciencia de más de 1.500 millones de chinos, que sigo una política de consolidación de la hegemonía, ¿cómo me sentiría ante la fragmentación de Europa, con una gran población envejecida que, en un futuro bastante previsible, no podrá autosostenerse? Mientras Europa se concentra en sí misma y cada país mira hacia adentro, y Estados Unidos se desgasta con guerras caóticas y distantes, China escarba la tierra en busca de materias primas.
EN EL CENTRO DE PODER. Hace 18 meses la canciller Angela Merkel se fue de gira a China, siguió en Rusia y pasó por Kazajistán. La vi en televisión con Hu Jintao, y luego con Medvedev y también con el riquísimo líder petrolero de los kazakos. El día después del regreso de este viaje agotador, fui invitado junto a otras personas, sobre todo autores y agentes literarios alemanes, al Bundeskanzleramt, el edificio que hasta ese momento yo había percibido en la lejanía como una fata morgana, con una sola excepción, cuando el Canciller Schröder invitó a cierto número de autores y ensayistas de Europa del Este para preguntarnos sobre qué piensa la gente en otros países sobre la reunificación alemana. Él sabía que yo había pasado parte del año en España y quería saber qué pensaban los españoles respecto al traslado del centro de Europa más hacia el Este. Ahora era Merkel, y lo que más me impactó fue su frescura luego de semejante viaje, y qué distinta es la sensación cuando uno se encuentra con una persona que conoce de la televisión y que de pronto está a un metro de distancia. Había buen tiempo, algunos conversaban en los balcones, y luego entramos a comer. Estaba claro desde el comienzo que no se hablaría de política. Ella quería hablar sobre agentes literarios, sobre el precio fijado de los libros, sobre el VAT, los e-books, y los derechos vendidos en el extranjero; en breve, todo aquello que interesa a los escritores a no ser que ellos piensen que pueden darle una mirada curiosa al centro de poder, desde cerca. Pero ella había hecho sus deberes, estaba muy bien informada, como una buena académica, casi como un sindicalista literario, y seguía haciendo preguntas. Sentado a su derecha, yo quería preguntarle con cautela sobre cómo le había ido en China y en forma cauta comencé a preguntarle sobre sus intérpretes, cómo se siente cuando las lenguas son intrínsecamente incompatibles, y las conversaciones nunca pueden ser directas, siempre deben viajar intercambiadas entre uno o más traductores. No recuerdo la respuesta, que por supuesto no revelaba absolutamente nada de la esencia de esas conversaciones, pero recuerdo que ella mencionó que sintió detrás de ella un "murmullo" en chino y luego en alemán, a veces visible, a veces no, como un zumbido de sonidos incomprensibles y, de pronto, tu propia lengua, expresando una verdad política, o al menos un mensaje. Lo que recuerdo de ella es un tipo de calma, y también su persistencia para mantener la temática en lo literario, como un acercamiento académico focalizado en los problemas del otro; en concreto, un genuino profesionalismo. Pero la pregunta sigue presente: ¿son los cambios de política movimientos calculados, o un dejarse llevar por la corriente del clima político coyuntural?
¿Y ahora? De nuevo estoy abandonando Alemania. En veinte años desde mi primera partida muchas cosas han cambiado. Este país, cuya relativa densidad pesa tanto en los vecinos cercanos y lejanos, tiene fronteras con otros nueve países. Es rico y poderoso, y aún así sigue implementando políticas con cautela como resultado de su complicado y cada vez más distante pasado, pero cuando alguien está tratando de adivinar tu próxima movida, ¿con qué delicadeza vas a esgrimir el poder que tienes a tu disposición?
En el sector de Alemania donde me encuentro ahora la gente es calma y cautelosa. Bavaria, Austria y Suiza no están lejos. El gobierno regional está en manos de los verdes, y el pacífico paisaje es pura naturaleza, lleno de grandes granjas. Junto al camino hay crucifijos y capillas dedicadas a la Virgen María, mientras que en los pequeños pubs campestres los hombres beben en forma lenta y calma grandes vasos de cerveza. Escucho sus conversaciones en su dialecto suabo; rara vez aparece el tema de la crisis financiera. ¿Entienden los ingleses a este país? ¿Cuánto saben en Francia, en España y otros países europeos sobre este país que tan determinante es en su futuro? El problema de Europa es la ignorancia mutua entre países, hecho agravado por la falta de habilidades en diferentes lenguas. Yo escribí este artículo el 16 de abril. Desde entonces, las cartas se han barajado de nuevo: Sarkozy se dirige al purgatorio del olvido político, el gobierno griego se evaporó, el gobierno holandés, mientras espera las elecciones, no se sabe si está vivo o muerto, en Francia un nuevo protagonista se ha sumado al juego, y todos están alertas. Los anti europeos afilan sus cuchillos mientras Europa espera a ver si los griegos puede encerrar de vuelta al genio en la lámpara o deciden suicidarse en el ágora pública. Cuando dije adiós por primera vez, hace mucho tiempo, no sabía lo que iba a suceder, y todavía no lo sé. A ambos lados del muro cortafuegos, el gran juego de póker continúa, a veces visible, a veces detrás de escena, mientras el tiempo envejece en forma rápida y lenta y, junto a él, la historia.
(Traducción de László Erdélyi)
AP/Petros Giannakouris






